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“EL MESÍAS, A QUIEN CRUCIFICASTEIS, HA RESUCITADO”

Camilo Valverde Mudarra

España



DOMINGO DE PASCUA. T. PASCUAL. Ciclo C

Hch 10,34.37-43; Sal 117,1-2.16-17.22-23; Col 3,1-4; Jn 20,1-9

El primer día de la semana, María Magdalena, al amanecer, fue al sepulcro cuando aún estaba oscuro y vio apartada la losa del sepulcro. Echó a correr y fue a Simón Pedro y el otro discípulo, a quien quería Jesús, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».

El salmo responsorial invita: “Éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo. Aleluya. Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”. El Apóstol exhorta a los Colosenses a poner su interés en las cosas del cielo: “Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba”.

El Evangelio habla de la Magdalena. Para la tradición neotestamentaria y para los Apóstoles, Jesús y su obra no termina en la cruz, sino que inicia un nuevo camino en la Resurrección, el hecho más trascendente de nuestro cristianismo. El Mesías a quien vosotros crucificasteis (Act 2,23) ha resucitado. “La fe en la resurrección nunca puede ser una pura fe de autoridad; supone una experiencia creyente de total renovación de vida en la que se produce la afirmación personal” (J. Blank). El reencuentro con Jesús es lo que únicamente posibilita el fundamento de gracia y de fe.

Los cuatro evangelistas indican la existencia y la asistencia de María Magdalena y ninguno dice que fuese una pecadora, sino que la ponen como mujer virtuosa, un modelo de perfección. Su fama de pecadora, a nuestro parecer, se ha debido a identificarla erróneamente, con la pecadora de Lucas 7,36-50. Jesús la había curado librándola de siete demonios, que, en expresión metafórica propia del estilo literario, significa, no que fuera una pecadora, sino que su enfermedad era muy grave, expresada en el número siete que es símbolo de plenitud, de lo que está completo, abarrotado, ya que las dolencias, en especial, las psíquicas y epilépticas, eran atribuidas al diablo. Cuando se vio curada y restablecida, lo dejó todo, se hizo seguidora y discípula del Maestro y, entregando sus bienes a la misión evangélica, se dedicó a su servicio. Parece haber tenido una función destacada entre los discípulos, según distintos textos, canónicos y apócrifos, su significación y ejemplaridad se hacen notables. Es la única que citan los cuatro evangelistas en primer lugar; es a ella a la que primero se aparece Cristo Resucitado y la que lleva la noticia.

La visita de la Magdalena al sepulcro se relata en los cuatro evangelios, pero, con matices y circunstancias diferentes (Mt 28,1-8; Mc 16,1-8; Lc 24,1-12). El evangelista Juan (20,1-18) reelaboró la tradición de la Magdalena en el sentido de su “teología de la exaltación”. Al rayar el alba, María va a la sepultura; el primer día de la semana, en la terminología judía, significa nuestro domingo, es decir, el día primero es el que sigue al sábado.

Según los sinópticos la Magdalena va acompañada de otras mujeres (Lc 24,10). Antes de llegar, ya desde lejos, vieron que la piedra no estaba en su lugar. La Magdalena, sin esperar y mirar a ver qué ha ocurrido, concibiendo, a la ligera, la idea del robo del cuerpo, dejó a las otras que llevaban aromas para terminar el apresurado embalsamamiento del día anterior y salió corriendo a avisar a los Apóstoles. San Juan la presenta obsesionada por la desaparición del cadáver. Así lo repite en tres momentos sucesivos (Jn 20,2.13.15). En esta inquietud de María, late una polémica contra la maliciosa leyenda de que el hortelano, encargado de la finca, hubiera ocultado el cadáver de Jesús. Está preocupada por ver el cuerpo yacente. Únicamente la fe llevará a encontrar al Resucitado.

Varios hechos prueban la fe en la resurrección: Las apariciones a María, a los discípulos, a Tomás, a los de Emaús, el sellado de la piedra y los centinelas de vigilancia ante el sepulcro (Mt 27,62-66) que son, curiosamente, sobornados por los pontífices, soborno significativamente silenciado por muchos autores y por la historia (Mt 28,11-15). Y, en fin, el sepulcro vacío con las vendas tiradas y el sudario ordenado. Llama la atención el hecho de que estas mujeres que habían oído a Cristo decir que al tercer día resucitaría, no se les ocurriese ni, por un instante, pensar en ello: lo matarán y al tercer día resucitará (Mt 16,21; 17,23); debía resucitar de entre los muertos (Jn 20,9). Tal vez, no habían comprendido este anuncio profético del Maestro.

Los discípulos, tras cerciorarse y comprobar los hechos, volvieron a casa. María Magdalena quedó fuera, junto al sepulcro, llorando…“Mujer, ¿por qué lloras?”, “Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto” (Jn 20,11-13). Estaba en total soledad al pie del sepulcro, no lograba marcharse, era atraída como por una fuerza ignota y misteriosa. Se han llevado a “mi Señor”, que es como decir, “al dueño de mi vida”. La Magdalena está convencida del robo; se siente despojada, se tiene por expropiada; y, a la vez, se declara absoluta pertenencia de Jesús. El empleo del posesivo “mi”, en su expresión, indica que se considera propiedad y propietaria, sujeto y objeto de posesión. Mi amado es mío y yo soy suya (Cant. 2,16). Amado con amada, amada en el amado transformada, dice S. Juan de la Cruz.
Está completamente sola. Primero llora, después se asoma al monumento, y, al poco, volviéndose, allí de pie, muy cerca, tiene al mismo Jesús, que confunde con el hortelano, sin que Él portara tal apariencia y del modo más natural e ingenuo, llevada por su obsesión, le dice que, si él se lo ha llevado, le diga adónde lo ha puesto, para ella ir a recogerlo. Es entonces cuando oye pronunciar: ¡María! La emisión de su nombre evoca tono y timbre conocidos. Identifica recuerdos. Reconoce a su amigo. Hubo, en esas sílabas, resonancias dulces e íntimas, había sentimientos y añoranzas en aquella voz conocida y familiar. Ella, extasiada en la realidad triunfante, exhala su ¡Rabbuní! Es su expresión de emoción, de reconocimiento y de gozo.

El Señor sólo pronuncia su nombre: ¡María! y ella, sólo, responde también con una palabra en arameo: ¡Rabbuní!, que significa ¡Mi maestro amado!, ¡Mi querido Rabí! Lo normal era usar rabbí, pero más respetuoso es rabbuní. Las dos palabras pronunciadas ¡María!, ¡Rabbuní! del encuentro, según J. Blank, sirven a San Juan para describir la voz del “amado que llama a la amada y ella le responde”. Ciertamente, evocan el lirismo simbólico del “Cantar de los Cantares”:

Lo busqué pero no lo encontré.

Me encontraron los centinelas,

‘¿Habéis visto al amado de mi corazón?’

Apenas los había pasado

cuando encontré al amado de mi corazón.

Lo abracé y no lo he de soltar (Cant 3,2-4).

>

Y los bellísimos versos del “Cántico Espiritual” de San Juan de la Cruz:

>

¿Adónde te escondiste,

Amado, y me dexaste con gemido?

………………

Salí tras ti clamando y eras ido.

La Magdalena, pronuncia esta palabra, y, en su sorpresa y emoción, abraza al Señor. Abrazo en el que es muy posible ver el entronque del matrimonio espiritual, la fusión mística del alma en el enlace con el amado que es el último peldaño en el camino de perfección hacia la unión con Dios. Lo encontré, lo abracé y no lo he de soltar, la Magdalena encontró a Jesús y se abrazó a él y ya ni quería ni podía soltarlo:

Entrado se ha la esposa

en el ameno huerto deseado,

y a su sabor reposa,

el cuello reclinado

sobre los dulces pechos del amado.

El mismo San Juan de la Cruz, en la glosa que hace a sus inspirados versos, añade: "El abrazo de la Magdalena con Jesús simboliza el estado espiritual más alto de que, en esta vida, se puede gozar; porque es una transformación total en el Amado en que se entregan ambas las partes por total posesión de la una a la otra con cierta consumación de amor" (C 22,3).

El ameno huerto deseado, simbolizado en el huerto, en que dieron sepultura a Jesús, es Dios mismo, “cuyo amor es tan inmenso que, como dice el libro de la Sabiduría, toca desde un fin hasta otro fin, y el alma que de Él es informada y movida, en alguna manera, lleva esa misma abundancia e ímpetu en sí”, de modo que el matrimonio espiritual con el Amado llega a sus cimas más altas. En la escena, se hallan solos. Los ángeles del sepulcro, cumplida su misión, han desaparecido, para que ninguna persona ni cosa ocasione perturbación al goce de la entrega mutua, "porque esta es la propiedad de esta unión del alma con Dios" (Ib 35,6).

El ímpetu del amor y la alegría de encontrar vivo al que creía muerto, la impele a abrazarlo y a quedar fusionada en el abrazo. Es el instante en que Jesús expresa la famosa exclamación del ¡Noli me tangere! (“No me toques”), que es una mala traducción del griego, Me aptou: “No me retengas más”, “no me entretengas más”. Y, como explicación, le brinda la causa: porque aún no he subido al Padre, esto es, seguiré aquí, tendremos ocasión de volvernos a ver. Cuando haya subido y esté con el Padre, le enviará su Espíritu y ese será el momento de disfrutar de su enlace espiritual, puesto que el Espíritu Santo actuará de “llama viva, de cauterio suave, de toque delicado que a eterna vida sabe”, dice el Santo de Ávila. Realmente, al resucitado no se le puede retener en este mundo, su contacto se realiza en otro plano, en la fe, por la palabra, en espíritu. Así pues, Jesús ha encumbrado a la Magdalena a la cima más alta de la perfección.

María Magdalena es nombrada Apóstol de los Apóstoles. La envía en función apostólica: anda y di a mis hermanos. Y obediente a la vocación recibida, dejándolo todo (Lc 5,11), fue a decir a los discípulos (Jn 20,18), a anunciarles el mensaje que Jesús le ha dado. El mensaje que ha de comunicar a los discípulos es la fundación de una comunidad escatológica de Dios por la vuelta de Jesús al Padre. El Señor la elige para que sea su mensajera y la divulgadora de la noticia, es la Elegida; y, en su persona, todas las mujeres creyentes, escogidas para altas misiones. Los cuatro evangelios coinciden en que ellas son las destinatarias de las primeras apariciones y los primeros testigos y mensajeras del hecho más trascendente y definitivo de la fe.

La mujer ha recibido del Creador hermosas facultades y potencialidades imprescindibles. El Maestro la sitúa, en su Evangelio, en un lugar de preeminencia. La mujer es elegida -el evangelio de Marcos afirma: se apareció primero resucitado a María Magdalena (Mc 16,9)- en ocasión crucial para el cristianismo y para la historia.

Camilo Valverde Mudarra

(Texto tomado de mi libro LAS MUJERES DEL EVANGELIO.

Edit. Esc. Bíblica. Málaga, 2001)

Este artículo tiene © del autor.

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