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III. ANIMADVERSIÓN A ESPAÑA. «LEYENDA NEGRA»

Camilo Valverde Mudarra

España



«Exterminio»

No es exagerado el vocablo «exterminio» y responde a la realidad concreta; por ejemplo, se ignora que la práctica de arrancar el cuero cabelludo era conocida tanto por los indios del norte como por los del sur, pero entre estos últimos desapareció pronto, prohibida por los españoles. Algo que no sucedió en el norte. Por citar un ejemplo, la entrada correspondiente en una enciclopedia nada sospechosa como la Larousse dice: «La práctica de arrancar el cuero cabelludo se difundió en el territorio de lo que hoy es Estados U. a partir del siglo XVII, cuando los colonos blancos comenzaron a ofrecer fuertes recompensas a quien presentara el cuero cabelludo de un indio fuera hombre, mujer o niño». En 1703 el gobierno de Massachusetts pagaba doce libras esterlinas por cuero cabelludo, cantidad tan atrayente que la caza de indios, organizada con caballos y jaurías de perros, no tardó en convertirse en una especie de deporte nacional muy rentable. El dicho «el mejor indio es el indio muerto», puesto en práctica en Estados Unidos, nace no sólo del hecho de que todo indio eliminado constituía una molestia menos para los nuevos propietarios, sino también del hecho de que las autoridades pagaban bien por su cuero cabelludo. Esto, en la América Católica era una práctica desconocida y de haber tratado alguien de introducirla de forma abusiva, habría provocado no sólo la indignación de los religiosos, siempre presentes al lado de los colonizadores, sino también las severas penas establecidas por los reyes para tutelar el derecho a la vida de los indios.

No obstante, se asegura que millones de indios murieron también en América Central y del Sur. Murieron, qué duda cabe, pero no como para estar al borde de la desaparición, como en el norte. Su exterminio no se debió exclusivamente a las espadas de acero de Toledo y a las armas de fuego (que casi siempre fallaban), sino a los invisibles y letales virus procedentes del Viejo Mundo; el impacto microbiano y viral que en pocos años causó la muerte de la mitad de la población autóctona de Iberoamérica fue estudiado por expertos de la universidad de Berkeley; el efecto es comparable a la peste negra que, procedente de India y China, asoló Europa en el siglo xIv. Las enfermedades que los europeos llevaron a América como la tuberculosis, la pulmonía, la gripe, el sarampión o la viruela eran desconocidas en el nicho ecológico aislado de los indios, por lo tanto, éstos carecían de las defensas inmunológicas para hacerles frente; y resulta evidente que no se puede responsabilizar de ello a los europeos, víctimas de las enfermedades tropicales a las que los indios resistían mejor.

Es justo recordar que la expansión del hombre blanco fuera de Europa asumió a menudo el aspecto trágico de una hecatombe, con una mortalidad que, en el caso de ciertos barcos, ciertos climas y ciertos autóctonos, alcanzó cifras impresionantes. No conociendo el proceso contagioso (faltaba mucho aún para Pasteur) hubo hombres como Bartolomé de las Casas que fueron víctimas del equívoco: al ver que aquellos pueblos disminuían drásticamente, sospecharon de las armas de sus compatriotas, cuando en realidad los asesinos eran los virus. Se produjo un proceso de contagio mortífero observado más recientemente entre las tribus que permanecieron aisladas en la Guayana francesa y en la región del Amazonas, en Brasil. La costumbre española de decir ¡-Jesús!, a manera de augurio a quien estomuda, nace del hecho de que un simple resfriado (del cual el estomudo es síntoma) solía ser mortal para los indígenas que lo desconocían y para el que carecían de defensas biológicas.

Se comprueba que, una vez más, las razones de la convivencia pacífica contrastan con las de la verdad. España es atacada con una virulencia rayana en la difamación, por los judíos (a los que se les revoca el derecho a residir en el país), por los musulmanes (expulsados de Granada) y por todos los protestantes y los anticatólicos en general, que desde siempre montan en cólera contra aquella vieja España cuyos soberanos tenían derecho al título oficial de Reyes Católicos. Y es que resentidos, siempre olvidan que mucho antes, los soberanos de Inglaterra, Francia y Portugal habían expulsado a los judíos y muchos otros países iban a hacerlo sin las justificaciones políticas que explican el decreto español respetuoso e indulgente.

Debemos decir que la España Musulmana no fue en absoluto el paraíso de tolerancia que se ha querido pintar y que, en aquellas tierras, tanto cristianos como judíos eran víctimas de periódicas matanzas; y está más que probado que, si había que elegir entre dos males -Cristo o Mahoma-, los judíos tomaron partido por el último, haciendo de quinta columna en perjuicio del cristianismo. De ahí, surgió el odio popular que, unido a la sospecha de que habiendo abrazado nuestra religión, continuaban practicando en secreto el judaísmo (los marranos), condujo a tensiones que con frecuencia degeneraron en sanguinarias matanzas espontáneas y continuas a las que las autoridades intentaban en vano oponerse. El Reino de Castilla y Aragón todavía no se había afianzado y no estaba en condiciones de soportar ni de controlar una situación tan explosiva, amenazado como estaba por una contraofensiva de los árabes que contaban con los musulmanes, a su vez convertidos por compromiso.

Camilo Valverde Mudarra

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