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SIETE PALABRAS

Pedro Fuentes-Guío

España



Hagamos un paréntesis en las palabras cotidianas, precisamente por ser Semana Santa, fiesta especial donde las haya, en la que quizá lo más profundo y trascendental sea el contenido, mensaje o significado que encierran las Siete Palabras que Jesús pronunció en la Cruz, como último aliento en su agonía.
Esas palabras tienen una traducción religiosa, de fe; tienen otra desde la vertiente humana, y una tercera como latido y barniz poético, bajo cuyo prisma voy a tratar de verlas y analizarlas.
"Padre, perdónalos que no saben lo que hacen". Se eriza la culpa de todos, desde nuestra mano sucia, con temblor de barbecho, echando luceros al trigal, o buscando destierros a los lirios del pecado, exculpando a la mariposa herida, con lamento de virginidad y muerte. Ahí están las lilas marchitas, pisadas por la ignorancia en el obrar, la palabra bordada de lutos prematuros, y el Hombre, como jilguero en lluvia, busca el humo del silencio.
“Te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso". Promesa de sangre, sin tiempo, aunque un hoy se haga ala de brisa y pise el umbral de lo eterno. La memoria rota, la lejanía se acerca en esa cascada de agonía, hecha calor y ternura, sin silla de calendarios. El Hombre promete al hombre, como premio por sus lunas blancas, por sus palabras dulces, comprensivas, pecadoras, que tornan azul el aire, camino de eternidad.
“Madre, he ahí a tu hijo; hijo, he ahí a tu madre". La palabra alada borda labios de silencio, besos de madres, ternura achicando sueños, que ya tenemos madre, a todos nos da una madre; a todas las madres, mujeres con perfil de orilla, les da un hijo, ese crujido de sangre, de vida, que llenará sus ojos, o los pondrá pestañas de viento.
"Dios mío, ¿por qué me has abandonado?". Angustia de hoguera, túnel sin salida, solo, campana tronchada, abandonado sobre espuelas de tierra. El hombre sin asideros de Dios, sólo hierro y duelo, voz que lamenta, ojos desheredados, agarrado al temblor que se torna duda de carne, y un guiño de espanto, de nardo herido, el Hombre y su miedo de hombre.
"Tengo sed". Sequedad de siglos en labios de hombre; manantial de esparto, regalo de hieles para su fuego de astilla ardiendo. Está pidiendo que le demos palabras luminosas, palabras de amor, de lago, de lluvia, palabras de corazón sangrante para calmar su sed. Es una sed de todo, sed de amor, de aleros de luz, de manantial de sonrisas, que nos pide desde la impotencia de un galope de anhelos, imaginando nubes como hombres, ríos como abrazos, lluvia de besos en oasis de luna.
"Todo está consumado". La vida hecha pulmón de líquenes, las horas perdidas, y las huellas, y el vidrio empañado de pasos, todo, palabra redonda, o abismo sin fondo, azul que habla de hondura de lápida..
"En tus manos encomiendo mi espíritu". La materia ha perdido sus jinetes, su palidez de rostro, la sangre se hace humo, y sólo queda caer de bruces al espíritu, lo único que queda, ese latido eterno, que no muere con el último suspiro.
Y después, como si la nada estrenara su reino, el silencio. Se calla el viento, los pájaros, el ruido de las norias, sólo silencio, profundo silencio en el mundo. Los hombres, mañana, seguirán inventando palabras, asideros de luz para mirar al cielo.

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