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LEYENDA NEGRA

Camilo Valverde Mudarra

España



La leyenda antihispánica, saludable papel de válvula de escape

Hay uno en estas páginas de MUNDO CULTURAL HISPÁNICO, que suele escribir, lo ha hecho ya alguna otra vez, al pairo de artículos que publicamos, -¡con la cantidad de temas que hay en el océano!-, remedando nuestros títulos, en parte, como hace hoy con el adorno de su …LEYENDA ROSA (II)", y tergiversando y oponiéndose, aunque con disimulada anuencia, a lo que expresamos. Ello, no obstante, no levantaría esta pluma. Pero, el hecho de que ose nombrarnos directamente en público, con aires de corrector y sapiente y, sobretodo, que ofenda, desde su ateísmo y materialismo, a la Iglesia, y conculque la memoria histórica de la acción española, como han hecho y hacen nuestros enemigos con insistencia, nos obliga a dar vía a estas líneas, por respeto y dignidad a la verdad, y sin más controversia ni ánimo de responder.

Hay en la viña muchos asuntos sobre los que escribir, para venir sobre los nuestros. Escriban de lo que puedan y dejen nuestro nombre en el absoluto silencio y en total indiferencia. Si no interesa nuestro escrito, déjese; tenemos miles que lo esperan y leen con deferencia.

Para hacer afirmaciones directas o retóricas, como estas: “¿Cuántos hijos de sacerdotes católicos, entroncados con indias, estarán gozando de su vida por esos mundos de Dios?”, “la influencia católica fue nefasta en los territorios de ultramar”, hay que tener pruebas documentales consistentes. En caso contrario, son calumnias y mentiras maliciosas. Claro, muy al día, hoy, que campea esta corriente de laicismo y relativismo atenazantes. Muchos, ya se sabe, pretenden borrar toda huella de Dios de la sociedad en el pasado y en el presente. Insulsamente, sin argumentos, piensan que el naturismo indígena era incruento e indoloro y beneficioso para la salvación de la posteridad. Estos muchos ¿tienen medida, en cifras, de la cantidad de sangre vertida por los cristianos y la derramada, en todas sus modalidades, mediante sacrificios humanos en aras de dioses autóctonos?

Es ingenuo, desde nuestro suelo patrio, seguir la corriente de los enemigos, que, para ocultar sus horrores, tratan de embarrarnos y destruirnos en sus fangos. Nosotros mismos, crédulos impenitentes les hacemos el juego y hablamos de “colonización injusta”, de “ambición imperialista” y de “genocidio en América”. Así nos van y nos han ido las historias; los propios españoles, tragándose las maledicencias y nefastas mentiras, denigran lo suyo y alaban y admiran lo de fuera. Muchas gentes del mundo laico y hasta españoles católicos se han creído la Leyenda Negra y, como ocurre con quien no lee y anda desinformado o actúa con maldad, ignoran que se erigen en seguidores de una afortunada campaña de los servicios de propaganda británicos y holandeses. Píerre Chaunu, historiador de hoy, fuera de toda duda por ser calvinista, escribió: «La leyenda antihispánica ha desempeñado el saludable papel de válvula de escape. La pretendida matanza de los indios por parte de los españoles en el siglo xvI encubrió la matanza norteamericana de la frontera Oeste, que tuvo lugar en el siglo xIx. La América protestante logró librarse de este modo de su crimen lanzándolo de nuevo sobre la América Católica».

Es preciso que nos libremos de ciertos moralismos actuales que son irreales. Hay que observar que toda civilización es fruto de una mezcla que nunca fue pacífica. No olvidemos, que los colonizadores de América del Norte provenían de una isla, que era de los britanos, sometidos primero por los romanos y luego por los bárbaros germanos -precisamente los anglos y los sajones- que exterminaron a buena parte de los indígenas y a la otra la hicieron huir hacia las costas de Galia, donde, después de expulsar a su vez a los habitantes originarios, crearon la que se denominó Bretaña. Las almas bondadosas que reniegan de los malvados usurpadores de las Américas olvidan, que a su llegada, aquellos europeos se encontraron a su vez con otros usurpadores. El imperio de los aztecas y el de los incas se había creado con violencia y se mantenía gracias a la sanguinaria opresión y a la esclavitud a que habían sometido a los nativos. A menudo, se finge ignorar que las increíbles victorias de un puñado de españoles contra miles de guerreros no estuvieron determinadas ni por los arcabuces ni por los escasísimos cañones (que con frecuencia resultaban inútiles en aquellos climas, porque la humedad neutralizaba la pólvora) ni por los caballos (que en la selva no podían ser lanzados a la carga). Aquellos triunfos se debieron, sobre todo, al apoyo de los indígenas oprimidos por los incas y los aztecas. En realidad, los ibéricos fueron acogidos en muchos lugares como liberadores y no como usurpadores. Y esperemos ahora, que los historiadores iluminados nos expliquen, cómo es posible, que, en más de tres siglos de dominio hispánico, no se produjesen revueltas contra los nuevos dominadores, a pesar de su número reducido y a pesar de que, por este hecho, estaban expuestos al peligro de ser eliminados de la faz del nuevo continente, al mínimo movimiento. La imagen de la invasión de América del Sur desaparece de inmediato en contacto con las cifras: en los cincuenta años que van de 1509 a 1559, es decir, en el período de la conquista desde Florida al estrecho de Magallanes, los españoles que llegaron a las Indias Occidentales fueron poco más de quinientos (¡sí, sí, quinientos!) por año. En total, 27.787 personas en ese medio siglo.

Las Instituciones se componen de hombres con sus virtudes y heroicidades y con sus defectos, ambiciones y maldades. Fueron los ambiciosos caciques, amparados en la distancia, los que transgredieron las órdenes y espíritu dictados por los Reyes. En América, la Iglesia trató de explicar el mensaje evangélico y España veló por la dignidad y derechos de los indios, a los que declaró súbditos. La Reina Isabel I de Castilla fue una "promotora de lo que hoy se conoce como derechos humanos". Acogió bajo su directa protección a los indígenas, prohibiendo cualquier abuso, de modo que hasta Colón tuvo que responder del trato dado a los indios. Precisamente estas grandezas son las que no le perdonan los pseudo intelectuales, nativos y foráneos, de esta izquierda de salón y caviar.

Quienes con mala intención duden, deberían leer el codicilo que la Reina Isabel añadió a su testamento tres días antes de morir, en noviembre de 1504 y que dice así: «recomiendo y ordeno que éste sea su fin principal y que no consientan que los nativos y los habitantes de dichas tierras conquistadas y por conquistar sufran daño alguno en sus personas o bienes, sino que hagan lo necesario para que sean tratados con justicia y humanidad y que, si sufrieren algún daño, lo repararen». Se trata de un documento extraordinario que no tiene igual en la historia colonial de ningún país. Sin embargo, no existe ninguna historia tan difamada como la que se inicia con Isabel la Católica.

El continente americano que hoy habla español, era un mosaico de más de cien familias de lenguas en 1492. Esto constituyó una enorme dificultad para los soldados y los misioneros. Militares y políticos propugnaban la imposición del español y los misioneros, contrarios a la violencia, favorecían el aprendizaje y la enseñanza de las lenguas indígenas. La corona, atenta al beneficio de sus nuevos súbditos, dictó, en un principio, instrucciones para que los Eclesiásticos aprendieran las lenguas nativas, sin descuidar la enseñanza de la nuestra; ello ha permitido que algunas hayan sobrevivido hasta ahora.

Ambas tendencias chocaron y se interfirieron largamente en los primeros tiempos de la colonización. En 1580, Felipe II, respetuoso siempre y en favor del indio, dispuso que se estableciesen cátedras de las lenguas generales indias y que no se ordenasen sacerdotes que no supieran las de sus provincias; en igual sentido, se pronunció, en 1583 la Iglesia en sus Concilios Episcopales. Los misioneros, que ya antes habían compuesto "artes" de lenguas nativas para evangelizar en ellas, intensificaron tal actividad, especialmente los jesuitas. Frente al indianismo de la Iglesia, el Consejo de Indias alegaba, en 1596, la multiplicidad de las lenguas aborígenes y la dificultad de explicar bien en ellas los misterios de la fe cristiana, por lo que "se ha deseado y procurado introducir la lengua castellana como más común y capaz". A pesar de que el Rey anota que “no parece conveniente apremiarlos a que dejen su lengua natural”, el virrey de Perú da ordenes conminatorias, para que misioneros y caciques se valgan sólo del castellano.

En 1770, tres años después de ser expulsados los jesuitas, una Real Cédula de Carlos III, impuso el empleo del Español. Pero mientras tanto, los misioneros aleccionados en las cátedras de lenguas generales indígenas habían contribuido eficazmente a que se mantuvieran y extendiesen en su dominio geográfico: así el quechua, con cuatro millones de hablantes, es cooficial en Perú y subsiste en el Sur de Colombia, en el Noroeste de Argentina, Bolivia y Ecuador; el guaraní, con dos millones, es cooficial en Paraguay; el náhuatl y el maya en México; y el aymará, en Perú y Bolivia. Ahora bien, la extensión de las "lenguas generales" no fue sólo obra de Eclesiásticos, sino consecuencia de todo el proceso de la conquista y colonización.

Se olvida que España, a diferencia de Gran Bretaña, no organizó nunca su imperio americano en colonias, sino en provincias. Y que el rey de España no se ciñó nunca la corona de emperador de las Indias, contra lo que hará, incluso a principios del siglo xx, la monarquía inglesa. El régimen de suelos explica los distintos resultados: en el sur se recurrió al sistema de la encomienda, figura jurídica de inspiración feudal, por la cual el soberano concedía a un particular un territorio con su población incluida, cuyos derechos eran tutelados por la Corona, que seguía siendo la verdadera propietaria.

Desde Chile, José Carrasco Villalobos dice: “Una cosa es la eliminación de personas por ley, y otra, los actos inmorales particulares o de grupos con ansia de poder y lucro que usan el exterminio como medio. Sabemos que existe una leyenda negra que pesa sobre la Iglesia Católica, leyenda manejada y dirigida por historiadores protestantes puritanos y masones para esconder sus horrores. El puritanismo lleva incoado el racismo en su doctrina, como un "mandato de Dios"; se creen superiores a los demás, pues han sido elegidos.Es la base del capitalismo liberal. Miremos, como los puritanos que llegaron a Norteamérica, se marginaron de la cultura nativa y a fuego y espada la exterminaron, pues los indios estaban "usurpando" algo que era de Dios y Dios estaba con ellos (puritanos). La reina Isabel de Inglaterra, creó una ley de extender los dominios dentro y fuera de Inglaterra, aprobada por la Cámara, ahí están los documentos-, de eliminar a los herejes e infieles dígase indios, españoles etc.pues no son elegidos.

La Reina Isabel de Castilla, que no tiene comparación con la de Inglaterra, pues la primera era católica, buscaba extender la doctrina cristiana a todos, pidió a Colón darle buen trato y evangelizar a los naturales de las Indias. No hay ninguna ley de exterminio, como la promovieron los ingleses puritanos y calvinistas en Norte América, África y la India”.

Y, como este, existen muchos más testimonios procedentes de nativos americanos.

Camilo Valverde Mudarra

Este artículo tiene © del autor.

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