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Blancaflor

(cuento)

Carmen María Camacho Adarve

España



Había una vez un hombre, llamado gigante. Sin embargo, no era más que un hombre, un hombre, vete a saber porque, un poco raro, que daba miedo a la gente. Sus cejas eran densas como hierba de monte, el cabello, espeso como los pinos de un bosque antiguo. Se lo cortaba él mismo con unas tijeras de jardinero, ningún barbero se atrevía a hacerlo. Su cara era muy triste daba pena verlo, y nunca, nunca, pero nunca, decía una sola palabra. Por eso comenzaron a llamarlo el “Sin Palabras”. Se había hecho, en el bosque, una casa enorme, con puertas y ventanas tan altas, que su hija, la pequeña Blancaflor, para abrirlas y cerrarlas subía a un taburete. A veces, por la noche, a saber por qué, la niña lloraba y gemía: “¿por qué mi padre será tan grande, por qué nunca me dice una palabra?” Ella le regalaba del bosque perfumados ramos de flores y del colegio halagüeñas notas de sobresaliente, “Sin Palabras” no decía nada. Entonces Blancaflor empezó a llevarle del bosque ortigas y a suspender en el colegio. “Sin Palabras” seguía lo mismo. Cuando la señora, que por la mañana iba a cuidar la casa y a hacer la comida, preguntaba al gigante “¿qué pongo hoy? ¿Sopa o cocido?”, “Sin Palabras” la miraba con indiferencia y, sacudiendo los hombros, salía de casa. Un buen día preguntó Blancaflor: ¿por qué no habla nunca mi padre? ¿Es que no pudo aprender o ha gastado ya todas sus palabras?”. La señora suspiró: “¡Ay, hija! Hace tiempo tu padre hablaba mucho… y reía, e iba al baile el domingo por la tarde. El día que tú naciste y murió tu madre, se quedó mudo. Dicen los habitantes del bosque, que aquel día, puso todas sus risas y palabras en un cesto y lo arrojó al fondo del lago. Aquella tarde, en cuanto marchó a su casa la señora, Blancaflor tomó el camino del bosque, decidida a encontrar el cesto con las palabras de su padre. Como no conocía bien el bosque, preguntó a una oveja negra, atada a una estaca: “Oveja negra, ¿dónde está el lago?” La oveja negra pensó: “el lago es peligroso para los niños. Pero como es hija del gigante malo que todo el día me tiene atada aquí… ¡Peor para ella! Se lo diré”. Y respondió: “Mira, por allí, por aquel sendero”. Blancaflor se lo agradeció y tomó el sendero, cubierto de flores y de moras maduras. Cuando llegó al lago vio a un pato verde: “Dime, patito, ¿has visto un cesto de mimbre, en el lago?” El patito dijo para sus adentros: “¡Esta niña no debería meterse en las aguas oscuras del lago; podría ahogarse! Pero como es hija del gigante malo que todos los años intenta matarme cuando se levanta la veda de caza… ¡Peor para ella! Se lo diré”. Y respondió: “Sí que lo he visto, está en medio del lago”. Blancaflor le dio las gracias y empezó a nadar. El agua estaba fresca; daba gusto… Pero el lago era grande. Cuando la niña llegó al centro estaba agotada. Jadeando, preguntó a una vieja carpa de escamas grises: “¿Has visto por aquí un cesto con risas y palabras?” La carpa pensó: “Si trata de llegar al cesto, esta niña se ahoga. Pero es hija del gigante malo que pesca los peces para comérselos… Así que, ¡peor para ella! Se lo diré”. Y la carpa respondió: “El cesto está muy abajo, en el fondo del lago”. En cuanto la cabecita de Blancaflor desapareció bajo el agua, la vieja carpa se arrepintió, y, batiendo con fuerza las aletas para ir más de prisa, nado a la orilla, y gritó: “Patito, patito, la hija del gigante se está ahogando. ¡Vuela a decírselo a su padre!” También el patito estaba arrepentido. Salió del agua batiendo con fuerza las alas para volar más de prisa, y aterrizó junto a la oveja: “¡Oveja, ovejita, ve corriendo al gigante y dile que su niña se está ahogando!” La oveja mordiscó con fuerza la cuerda para quedar libre y, con gran remordimiento, fue corriendo a balar delante de "Sin Palabras": “¡Tu niña se ha ahogado, corre!” Blancaflor, rebosante de alegría por haber encontrado el cesto de su padre, comenzó a subir. Pero, con el cesto junto a su corazón, le era difícil nadar. Sólo podía mover un brazo para apartar raíces, juncos y jacintos de agua que se le trababan a las piernas. Pronto se sintió agotada y, en vez de subir, bajaba. La pobre niña iba de raíz en raíz, y decía: “¡Ay, ay, ay, ahora que tengo las palabras de mi padre, no me gustaría morir ahogada!” Pero mientras Blancaflor se hundía, el gigante "Sin Palabras" descubrió desde su barcaza a la niña. Con un movimiento desesperado lanzó su red al fondo del lago. Al tirar de ella, dentro de la red subía Blancaflor. "Sin Palabras" intentaba llevarla a bordo con todas sus fuerzas, mientras la oveja le ayudaba con los dientes, el patito con sus tarsos y la carpa, desde el fondo del agua, empujaba la red con la boca y las aletas. Cuando Blancaflor, tendida en el fondo de la barcaza, abrió sus ojos nublados, entrevió la cara de su padre que se inclinaba sobre ella. Los ojos del gigante estaban humedecidos en llanto; pero seguía sin hablar. Blancaflor reaccionó rápidamente, descubrió el cesto, e inmediatamente las palabras entraron en el gigante, que exclamó con ternura: “¡Gracias a Dios, he pescado a mi niña. Si tardo un segundo más, me quedo solo en el mundo. Y entonces, ¿con quién habría podido hablar? ¡Tengo que decirle tantas cosas!… Palabra de "Sin Palabras"".

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