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LA PALABRA (16)

Pedro Fuentes-Guío

España



 Comencemos por decir, sin miedo ni reservas, que la palabra hace funciones de estilete, puñal, dardo o cualquier instrumento punzante, capaz de clavarse en el velo del sentir amoroso. Además de la palabra dejémoslo sentado de antemano- son otros los sendero o motivaciones que inducen, impulsan o gestionan el amor, como es la buena administración de todos y cada uno de los sentidos. La vista es el primer vehículo, pues ¡ por ella entre la imagen que nos puede, rompe las vallas o nos empuja al deseo de acercamiento, primero, y de posesión después, del bello objeto del amor, la mujer o el hombre, que abre su abanico de posibilidades ante nuestros ojos asombrados.
 
No es menos efectivo el olfato, pues a veces somos capaces de recordar mejor el perfume de una mujer, el que llevaba al iniciar nuestros encuentros, que el primer beso robado que le dimos. Los efectos que el sentido del olfato puede protagonizar en el amor, que de ningún modo deben ser desdeñables, quedan bien patentes en la novela "El perfume”, de Patrik Suskin, que ha vuelto a editarse estos días, y en la que el protagonista se obsesiona tanto con el perfume de una mujer que termina cometiendo un crimen por tal causa. Y el tacto, por ser el último sentido que interviene en la consumación del amor, es definitivo, pues ya decía un humorista que "el amor es ciego, por, eso se sirve del tacto".
 
La palabra, cuando entra en ejercicio su función en pro del amor, se sirve del oído, que es el vehículo por el que inyecta su miel o su veneno en el cerebro y la sensibilidad del oponente. A esto, los castizos madrileños lo llaman "castigar el oído". Pero no sólo es la palabra la que ejerce su fuerza a través de tal sentido, ya que éste lo utilizan también la música, el rumor del mar y hasta el silencio del campo y las catedrales, que terminan siendo levadura del amor. Todos hemos gozado alguna vez, o hemos imaginado gozar, con una melodía a la luz de la luna junto al ser amado, instantes en los que el alma se esponja, rompe el aire sus violines y terminan saliéndonos aquellas palabras de Rafael Alberti: "salid a los miradores a comprar amor, que pasa la luna vendiendo amores". Y, en esa embriaguez que sentimos, la palabra está dormida, enfundada en el silencio, como pugnando por salir, aunque sin atreverse, porque en ese instante, “el amor es un rayo de luna", que decía Gustavo Adolfo Bécquer.
 
La palabra, si queremos que haga su función en pro del amor a través del oído, ha de ser algo distinto, llevar una carga de emotividad, o de insensatez, o de absurdo, un mensaje heridor, tonto y sublime, pues en caso contrario esa palabra, u otra mal elegida, pueda dar al traste con los sentimientos. Además, será preciso que al hablar con la persona objeto de nuestro amor, o ambición amorosa, le quitemos a la palabra, a todas las palabras que usemos, los posibles rebordes inanes, estúpidos y ofensivos, para después hablar con profunda fe en sus efectos positivos, pues hemos de saber que "el amor halla sus caminos, aunque sea a través de senderos por donde ni los lobos se atreverían a seguir a sus presas", que nos dijo Lord Byron.
 
(Continuará)

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