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LA PALABRA (17)

Pedro Fuentes-Guío

España



Siguiendo con el tema del artículo anterior, digamos que la palabra amor, así como las frases que con dicha palabra podamos formar, amor mío, te amo, ¿me amas?, ámame mucho, te amaré mientras vida, etc. llevan en sí la esencia misma de nuestra vida, el sentir más profundo, porque nacen del fondo recóndito del instinto de procreación, además de las entretelas del espíritu.
 
Lo que a la hora de provocar el amor en otro, o en otra, puede ser de efectos negativos es ponerse a pensar en la palabra a usar. Seamos espontáneos, pues la espontaneidad es hija de la sinceridad, y ésta también es madre del hondo sentir.
Si nos ponemos a pensar cómo abordar el amor, con qué palabras, o qué actitud sumar a dichas palabras, lo más probable es que caigamos en el inhibicionismo, en gestos y expresiones tímidas, que nunca nos llevará a buen puerto, porque la timidez es el gran pecado contra el amor.
 
La mujer que encarna en un momento determinado nuestro objetivo de amor, aunque no pensemos en ello, tiene su psicología, su sensibilidad, y le llegará o no le llegará nuestro sentimiento, o parte de él, dependiendo mucho de nuestra desenvoltura en el hablar. Ya decía miguel de Cervantes que "donde hay mucho amor no suele haber demasiada desenvoltura". Puede ser cierto, porque el sentimiento profundo nos atenaza las palabras, así como los ademanes con los que debemos acompañarlas, que suelen ser las armas y la expresión de la desenvoltura. 
 
En es lance de enamorar al otro o a la otra, según el caso, entra mucho en juego la credibilidad que le demos a nuestras palabras, gestos o actitudes, o la capacidad de captar todo ello que tenga el destinatario. Tenemos la ventaja, por lo abiertos que estamos todos a asimilar un halago, y mucho más si nos dicen un "te quiero", o nos lo demuestran, de que el destinatario o destinataria lo cree siempre. Así lo admite Honorato de Balzac al afirmar: "Cuando un hombre dice a una mujer que la ama, ella, por poco sólidas que le parezcan las bases de este sentimiento, sin razonarlo se siente impulsada a tomarlo por verdadero. Lo cree siempre". Si esto es así en el caso de la mujer, no digamos nada en el caso del hombre, cuyo sentido del ego y la vanidad están mucho más desarrollados que en la mujer, aunque procure disimularlo.
 
No es preciso que las palabras con las que expresemos nuestro sentir sean excesivamente profundas, ni extraordinarias, ni siquiera veraces y sinceras, pues lo que importa es la intención que lleven. Así nos lo sigue diciendo Balzac: "Todas las tonterías estereotipadas para uso de los enamorados, que las usan sin variar en cada caso, parecen siempre encantadoras a las mujeres, y solamente leídas con frialdad pueden parecer pobres de ingenio. El gesto, el acento, la mirada de un joven les dan valores incalculables". A este respecto, la novelista Vicky Baum se expresa en el mismo sentido, al decirnos que "eran palabras absurdas y locas. Eran una de tantas cosas no razonables y maravillosas, estúpidas y locas de que se compone el amor".
 
(Continuará)

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