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DE LA ALCARRIA A LA MAR

Valentín Justel Tejedor

ESPAÑA



DE LA ALCARRIA A LA MAR

La indescriptible magia de los rubescentes atardeceres conseguía despertar la inquebrantable soledad del alma, pero el verdadero deleite se producía cuando el sofocante y esplendente febo, desplegaba sus tórridos destellos alcanzando las empedradas calles de esta singular villa; penetrando con su refulgente claror, por entre las níveas y albarizas construcciones con vertiente de umbría al norte y de solana al sur; con ventanos abiertos por donde las caliginosas ráfagas de viento, en forma de llevadizas corrientes, envolvían en una continua espiral a unos exangües visillos, que eran azacaneados una y mil veces por el aflujo constante de la brisa matinal.Por la escotadura que dejaba el flámeo y empaliado velo, se vislumbraba un interior rústico, menesteroso…donde predominaba la sencillez, sin estridencias, ni ornatos fastuosos. Unos metros más abajo, bajando la costanilla del Convento de las Clarisas, aparecía una humilde iglesia con su campanario alojado en una torre de tres cuerpos con troneras, en cuyo remate una tornadiza veleta, rolaba sin cesar, unas veces a merced del Levante, otras a merced del Poniente, despuntando su afilada silueta sobre el cerúleo y límpido cielo alcarreño.

A escasos metros de allí, al traspasar el último cornijal de la calle Cimbel, las esbeltas arquerías y los elegantes soportales de la Plaza Mayor, mostraban orgullosos su estilo populachero. Sus edificios de dos alturas, con cubiertas a dos aguas, galerías adinteladas y balcones corridos de madera, otorgaban una prestancia inusitada a este ágora; centro por excelencia de la vida cultural y comercial de la localidad.Dejando atrás la magna explanada, a escasos metros de allí, bajando por la pendiente del Cristo, se divisaba rodeada de serraniegos collados una ubérrima vega, por donde discurría una caudalosa torrentera escoltada por encinares y sauces, que tendían su fronda y ramajes inopinadamente sobre el índigo curso fluvial. Los márgenes aparecían impregnados por una verdina cromática, acrecentada por la lienta humedad de los sotillos ribereños, destacando la odorante frescura de la hierba primaveral, que envolvía el lugar con un aroma fragante e intenso, que desbordaba los sentidos.

Siguiendo la cuenca fluvial, ya en su curso medio, entre alabeados y bellos meandros, el paisaje continuaba siendo verdaderamente cautivador; ya en su curso bajo, próximos a la desembocadura, se sucedían entre dorados arenales, y áureas dunas los feraces navazos, que con su sempiterno verdor hacían frente a un hostil océano sabuloso, el cual, día tras día mantenía un silente avance.A escasas decenas de metros, unas encrespadas olas exornadas con espumosas mantellinas albares, batían día y noche la superficie de unas allanadas playas, en cuyas arenas la indescriptible magia de los rubescentes atardeceres conseguía despertar la inquebrantable soledad del alma.

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