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EL TULPA

Marie Rojas Tamayo

Cuba




Tu condena será
Cuando yo aprenda a olvidar.
Pensamientos nocturnos

Ray Respall Rojas


El vendedor ambulante, vestido con una túnica color naranja, mostraba una amplia gama de campanitas, inciensos, colgantes, velas, libros para colorear mandalas, pequeños cuencos... Le llamó la atención un pergamino atado con una cinta, bajo un cartelito que anunciaba: “Instrucciones para crear un tulpa” e indagó su precio, solo por preguntar algo. Apenas traía el vuelto de la compra, bien escaso.
—Este, en particular, no tiene precio –le dijo.
Ya se imaginaba que era un timo, por eso nada tenía etiqueta. Seguro quería regatear hasta sacarle cuanto pudiera.
—¿Entonces por qué lo ha puesto a la venta?
—Disculpe si no me he dado a entender –le respondió-, quise decir que si le interesa es porque el manuscrito la ha elegido a usted.
—Vaya –esta estratagema no la esperaba-, ¿y…?
—Y es suyo –se lo extendió-. Si quiere, puede darme algo a cambio, es para la restauración del templo.
Le dejó lo que llevaba. No le preguntó siquiera a qué templo se refería, ¡hay tantos que necesitan reconstrucciones externas o internas!
El hombre inclinó su cabeza rapada en una reverencia, bastante profunda para tan poco aporte monetario.
—Agradecido, siempre. Léalo solamente cuando esté bien segura de que está preparada para asimilarlo… Crear un tulpa no es cosa de juegos.
Ella le agradeció con gesto indiferente, se echó el rollo en el bolsillo de la chaqueta y reanudó el camino a casa, la bolsa de víveres pesaba.
Le había molestado el consejo. No era tan inculta como él creía, había leído un artículo sobre la vida de Alexandra David-Néel en una revista Más allá, y sabía que en Lhasa le habían enseñado a fabricar mediante secretos procedimientos una suerte de asistente invisible, un tulpa, algo así como un duende que hacía tareas bajo sus órdenes.
Tampoco era tan ingenua como para creérselo, ni siquiera había terminado de leer aquel artículo. Mas, al reconocer la palabra, había sentido el picor de la curiosidad. Rió mientras giraba la llave en la cerradura, ¡bien que le vendría un duende que la ayudara a barrer, ordenar, quitar el polvo, escoger los frijoles, planchar, fregar… las mil tareas diarias de toda ama de casa, así fuera una loba solitaria como ella!
Tiró el manuscrito en el revistero y se fue a colocar lo comprado en los estantes o la nevera. Solo al atardecer, tras fregar la loza de la cena, recordó su presencia. Se sentó en su sillón favorito, desató el pequeño lazo, lo dejó desenrollarse y comenzó su lectura.
¡Era interesante! Menos mal, no había desperdiciado sus monedas. Y al parecer, era muy sencillo, casi elemental… Lástima que fuera una patraña. Feliz de tener algo entretenido para leer –la pensión de jubilada no le alcanzaba para comprarse buenos libros, y en las revistas costaba separar el oro de la paja–, se lo llevó a la cama. No cerró los ojos hasta terminarlo.
“Sería genial que el arroz se escogiera solo”, pensó antes de caer rendida, “y que los garbanzos estuvieran en remojo por cuenta propia, así me regalaba una horita más bajo las sábanas”.
Al despertar encontró el arroz escogido y los garbanzos remojándose en la olla. Llegó a pensar en cierta posibilidad de sonambulismo, pero no hay sonámbulo con tan buena vista y sus espejuelos de ver de cerca no salieron de su estuche -tampoco era tan ordenada como para volverlos a guardar una vez que los necesitaba-. No quiso pensar dos veces en el asunto, desatinado para su mente pragmática… además, ¿de qué quejarse? ¡Había salido ganando!
Esa noche, antes de acostarse, la tentación fue demasiado fuerte: deseó que la casa estuviera limpia, ventanas y rejas incluidas… Así la encontró. Todo fue de maravillas en los días siguientes –era demasiado irreal para contárselo a nadie-, caminó entre nubes, disfrutando de su holganza, hasta que un día amaneció con los muebles cambiados de lugar…
Eso ella no lo había pedido.
A partir de entonces puso más atención en los detalles, pequeñas muestras de desobediencia al inicio, a las cuales no les dio la importancia necesaria -quizás ese fue su error- y que fueron in crescendo: Orden de los libros, nueva distribución de los adornos (encontró algunos guardados en gavetas), su perfume favorito disminuyendo, inciensos encendidos, menoscabo en su provisión de velas, víveres que desaparecían, revistas de modas y chismes de actrices echadas a la basura, la loza sin fregar, el polvo que comenzó a acumularse en las repisas al punto de hacerla retomar la bayeta…
Como si fuera poco, le parecía ver una sombra deambulando por las habitaciones, ¿no eran los tulpas invisibles? Sintió mayor alarma al ver que la sombra aumentaba de tamaño y dejaba huellas a la salida de la ducha, incluso una vez la toalla tirada en el suelo. A esas alturas, nada le parecía absurdo. El mismo resquemor que la llevó a callar al inicio, la hizo permanecer en silencio.
No obstante, nada la preparó para el amanecer en que al abrir los ojos, se encontró tendida en la cama del cuarto de huéspedes. Era evidente que el tulpa se había adueñado de su cuarto: al tratar de entrar lo encontró cerrado por dentro. Tenía el sueño pesado, mas no tanto como para no haberse despertado mientras la trasladaban. Ponderó que tal vez su creación le había echado un somnífero en la tila que tomaba siempre antes de dormir, luego sintió que estaba exagerando; tal vez fue el relajante muscular con que la acompañó la noche antes, le dolía la espalda de limpiar las escaleras…
Al recordar las escaleras mojadas y ella en vulnerables pantuflas, tras comprobar la fuerza del tulpa, sintió terror ante lo que pudiera suceder si desobedecía. Un mínimo empujoncillo hubiera bastado, dos o tres somníferos diluidos en la infusión en vez de uno... A la mañana siguiente, encontró sobre la meseta de la cocina una lista de compras –con la misma caligrafía elaborada y artística del manuscrito-, con ingredientes nada usuales en sus comidas. Comprendió que el miedo la haría obedecer. Y callar.
Así continuó el cambio de papeles, hasta que un anochecer, antes de caer casi desmayada, presa de un agotamiento superior al que solía sentir antes de comenzar esta insólita aventura –o desventura– reconoció que se había convertido en la sirviente de su sirviente…
Y no hay más que decir. La realidad es más sencilla de lo que parece. Nada podemos hacer con la verdad, sino reconocerla cuando la tenemos delante.
A saber qué la impulsó a contártelo, a pesar de sus temores. Tal vez porque las mujeres lo cuentan todo a sus peluqueros. De haberlo sabido, no le habría pedido que fuera a raparse la cabeza… Es que, ¿sabes?, luego de tantos siglos entre calvos, su cabellera hirsuta me causaba repulsión.
Tampoco entiendo por qué le creíste, con esa cara de loca que tiene… ni por qué viniste a comprobar si era cierto. Pero hombre, cambia la cara, no te vayas todavía, es bueno tener con quien conversar. Como sabes, luego de este incidente imprevisto he tenido que hacerla enmudecer, de modo definitivo e irrevocable… Recuerda esto, por si te diera por abrir la boca y dejar salir frases innecesarias en algún momento. También los peluqueros hablan de más.
Claro está, sé que no lo harías, es más, me resultas simpático, ni siquiera te borraré la mente mediante hipnosis, así puedes volver cuando quieras. En cuanto regrese con mis pantuflas y la prensa, mando a mi humana a que nos sirva un té rojo con galletas salpicadas de ajonjolí, con queso crema untado por encima… no te imaginas qué grata sorpresa me ha causado ver que en la cocina moderna aún se conserva el bueno gusto por lo antiguo.
Por suerte, ella, tan impaciente como curiosa, no leyó el final de aquel artículo. Habría aprendido que fabricar un tulpa no es un juego… Tampoco escuchó al monje, así son las occidentales, por eso tengo debilidad por ellas. Mi anterior dueña tuvo que recurrir a la ayuda de un gran maestro para lograr desmaterializarme y, como ves, solo lo logró a medias.


Marié Rojas Tamayo
https://www.ecured.cu/Marié_Rojas_Tamayo
http://www.redescritoresespa.com/R/rojasTA.htm

Ilustración: Julián Alpízar Blanca
http://kodamaartstudio.cubava.cu/

Este artículo tiene © del autor.

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