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LA NOVELA DE NATALIA

Marie Rojas Tamayo

Cuba



Por eso la mayoría de los seres humanos vive tan irrealmente; porque cree que las imágenes exteriores son la realidad y no permiten a su propio mundo interior manifestarse.
Demián
Hermann Hesse

Era la conserje más antigua del museo. Menuda y silenciosa, nunca hubo quejas de su desempeño laboral. Por espacio de ocho horas, pasaba su bayeta de limpieza por mesas y adornos, mientras escuchaba una radio portátil que siempre llevaba en los bolsillos del delantal. Sólo a la hora del almuerzo se quitaba uno de los audífonos y lo dejaba colgando.
“Hola, Natalia, ¿qué tal estuvo la novela?”, solíamos preguntarle, dado que era el único momento en que se podía establecer comunicación con ella.
Si no era a esta pregunta, respondía con un encogimiento de hombros. Pero cuando se le tocaba el tema de la radionovela de turno, ella, tan tímida y corta de palabras en una conversación que se diría algo retardada, se transmutaba. Su rostro se iluminaba y comenzaba a hablar con fluidez, haciendo gala de un vocabulario amplio y florido.
Nos ponía al día de las desventuras de la hija del Duque, embarazada de un enmascarado al que odiaba sin sospechar siquiera su nombre, a la vez que se negaba a entregar a las monjas a su hijo recién nacido, a quien amaba pese a todo. Subíamos con una expedición a las cimas del mundo en busca de los secretos de un monasterio, curábamos a sus heridos y disfrutábamos de los blancos paisajes nevados. Nos hacíamos a la mar en una nave que cruzaba el mundo perseguida por corsarios, naufragábamos y éramos rescatados por extrañas criaturas marinas. Participábamos en el asedio a una fortaleza de otra dimensión, plagada de cíclopes, o nos embarcábamos en una aventura futurista a través de un universo ciberpunk. En cada novela –como en toda saga radial que se precie-, surgía, maduraba y florecía un romance.
Era increíble como aquella mujer, diminuta y cabizbaja cual sombra viviente, memorizaba pormenores, nombres de ciudades y de personajes. Resultaba agradable comer con la narración del capítulo del día. Esperábamos su entrada al comedor para comenzar. Ella narraba entre breves interrupciones para tomar algún sorbo de agua o ingerir un bocadillo de ensalada. Ninguno de nosotros escuchaba la radio. Entre el trabajo y los deberes del hogar, apenas teníamos tiempo de actualizarnos con los noticieros vespertinos de televisión y alquilar alguna película los fines de semana.
En esas estábamos, cuando llegó el cambio de administración. A la nueva jefa, no más hacer su aparición, le molestó el radio de Natalia… por absurdo que parezca –gracias a los audífonos no escapaba sonido alguno-, consideraba una indisciplina laboral que “estuviera conectada a esa porquería el santo día, como si esto fuera un recreo”. Comenzó por las buenas, si es que se puede llamar así a aquellas frases despectivas. Ante la negativa insistente de la conserje a dejarlo en la taquilla, la separó del centro una semana con una sanción. Cuando la vio regresar en las mismas, la amenazó con la expulsión, y al ver que sus palabras caían en el vacío, le arrebató de un tirón los audífonos.
El pequeño receptor escapó del bolsillo, siguió al cable, cayó al suelo y se abrió. Una exclamación de asombro superó a nuestra expresión original de lástima. Atónitos, comprobamos que se trataba sólo de una caja vacía, ausente de mecanismo, circuitos, o baterías. Natalia la recogió en silencio, la cerró, se colocó los audífonos y se marchó sin atreverse a cruzar nuestras miradas.
Nos quedamos sin entender… Aquel mundo interior, que dejaba aflorar con la pregunta diaria sobre el rumbo de la novela, ¿qué origen tenía? ¿De dónde sacaba la perfección del diálogo, los escenarios detallados? El vocablo límpido y la trama hilvanada que brotaban como si repitiera lo que acababa de escuchar, ya eran de por sí un prodigio de memoria... Y ahora, ¿qué?
Habíamos sido testigos de algo extraordinario, aunque fuera mejor callar que intentar reconocerlo. No podíamos creer que lo inventara, aunque pareciera una solución plausible, a falta de otra explicación. Era como si estableciera una conexión cuyo emisor no lográbamos adivinar… Las respuestas a tantas interrogantes cruzaron el umbral tras ella. Nunca más volvimos a verla, nadie tenía su dirección, ni su teléfono, tampoco dejó amigos. Su presencia, bayeta en mano, no era parte de la vida del museo, pero a la hora del almuerzo no sabemos hacer otra cosa que mirarnos en silencio.

Marié Rojas Tamayo
https://www.ecured.cu/Marié_Rojas_Tamayo
http://www.redescritoresespa.com/R/rojasTA.htm

Ilustración: Julián Alpízar Blanca
http://kodamaartstudio.cubava.cu/

Este artículo tiene © del autor.

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