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Os doy un mandamiento nuevo

Camilo Valverde Mudarra

España



Domingo V T. Pascual. Ciclo C

Hch 14,21-27; Sal 144,13-18; Ap 21,1-5; Jn 13,31-35

«Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre, y Dios en Él. Si Dios es glorificado en Él, Dios lo glorificará a Él, en sí mismo y lo glorificará muy pronto.

Hijitos míos, aún me queda un poco que estar con vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos, en que os amáis unos a otros»

El salmo responsorial proclama: «El Señor es clemente y misericordioso, lento en cólera y rico en piedad; el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas». El Apocalipsis dice: «Yo, Juan, vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra han pasado; … y Dios estará con los hombres y será su Dios. Enjugará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor. Porque «Todo lo hago nuevo».

La doctrina de Jesucristo se centra toda en el amor: “Amaos, como yo os he amado”. Exige el amor más grande, “como yo” significa captar y asimilar el amor de Jesucristo, amar en el grado sumo, el de entregar la propia vida en sacrificio oferente. Exhorta a los discípulos a una vida de amor grande y concreto, en una meta muy alta; han de amar, pero de un modo semejante al suyo. Todas sus palabras en el discurso de la úl­tima cena van dirigidas a inculcarles, con su vibrante exhortación, el amor. Jesús insta a sus discípulos a poner en práctica esta enseñanza; por eso, les da un "Man­damiento Nuevo": que os améis unos a otros. Es nuevo porque nunca se había exigido nada semejante antes de la venida de Cristo. Exige a sus discípulos el amor más grande, que se amen hasta el signo supremo de hacer donación de su propia vida, como lo hizo él (Jn 13,1 ss); pues, nadie tiene un amor más grande que el que ofrece su vida por el otro (Jn 15,13).

San Juan, en su primera carta, se hace eco de esta enseñanza de Cristo: "Éste es el mensaje que habéis oído desde el principio: que nos amemos los unos a los otros" (1Jn 3,11; cf 2 Jn 5s), hasta dar el don de la vida, siguiendo el ejemplo del Hijo de Dios (1Jn 3,16). Los cristianos deben amarse los unos a los otros, concretamente, según el mandamiento del Padre (1 Jn 3,23).

Así, con la parábola en acción del lavatorio de los pies, los alecciona en la caridad; el hecho ejemplar del lavatorio forma un dístico con la unción de Betania; historia que, según los evangelistas, sería contada “en memoria de la mujer”, así como en Lc 22,19, la Eucaristía se “repetirá “en memoria de Él”; les exhorta que, a imitación suya, realicen este acto humilde de servicio mutuo; como expresión de amor perfecto, de disposición a servir y perdonar al próximo; el lavatorio se integra en la celebración eucarística; aunque, sacramentalmente, viene a ser símbolo del bautismo, por el que se lava, se purifica el pecado y se renace a la nueva vida en el Espíritu (Jn 3,3-8). Todos los Apóstoles asimilaron su enseñanza, como vemos en sus cartas. San Pedro insta con pasión: "Amaos unos a otros entrañablemente, amad a los hermanos. Temed a Dios (1 Pe 1,22; 2,17).

Es “nuevo” en la formulación de Jesucristo, que lo carga de unas nuevas y contundentes connotaciones, que no tenía en el A.T.: "Sabéis que se dijo: ’Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo’" (Mt 5,43); no es el amor al simple y exclusivo prójimo judío, como era en Israel (Lev 19,18), sino un amor universal fundado en Dios: amor a los hombres “como Yo amé”, al ser tan arraigado el egoísmo del hombre, la caridad al prójimo indica que procede del cielo, es un don de Cristo; por la reducción de obligaciones reglamentadas en el judaísmo que se quedan en uno sólo, nuevo y único: amor a Dios y al prójimo; y porque ahora el amor tiene un referente asequible y práctico que es el propio Jesucristo: "amaos como yo os he amado"; y tal amor ha de ser el distintivo característico de sus discípulos: "Os reconocerán en que os amáis". El Maestro de Nazaret sólo exige cumplir el mandamiento del amor, aferrándose a la fe: "a todos los que creen en su nombre, les da el ser hijos de Dios" (Jn 1,12). Sólo son importantes dos cosas: la fe y el amor. La fe se activa por el amor (Gal 5,11).

La novedad estriba en que Dios manifestó su amor al mundo (Jn 3,16), y en que Jesucristo es la causa eficiente, amó a los suyos hasta la muerte (Jn 13,1); el amor es signo del alma de Cristo. Sólo quien es amado y se siente amado, es capaz de amar. Es un amor de comunicación y de sacrificio. El amor mutuo debe ser manifestativo del amor que Dios tiene al hombre.

El Mandamiento nuevo es la mayor herencia y la última recomendación de Jesús a los discípulos a punto ya de pasar consciente y voluntariamente de este mundo al Padre. El amor a los demás, un amor corporativo, total y vivo que impele hasta dar la vida por los hombres hermanos será el distintivo, el emblema de los cristianos. Pero, desgraciadamente, a muchos se nos ha caído en el vaivén de estos últimos veinte siglos o nos lo ha arrebatado el bienestar institucional y el hombre del siglo veintiuno nos mira de reojo y con desdén, porque no se nos ve, no nos distingue nuestro mejor signo y señal: “El que conoce mis mandatos y los guarda, ese me ama y al que me ama lo amará mi Padre y yo lo amaré y me manifestaré a él” (Jn 14,21).

La norma, pues, es el amor. La única Ley es amar a los demás, amar al prójimo intensamente en toda ocasión, sin límites, porque Dios nos ama. Eso es lo que Jesús hace, escucha al Padre, aprende y actúa de la misma forma. El mandamiento del amor es el carnet de identidad de los verdaderos discípulos, el contrato de amor de la nueva alianza firmado en el nuevo Sinaí; su medida está marcada por el amor de Jesucristo, no por aquel con que amamos nosotros, que hemos de llevarlo sobre nuestros cuerpos, escrito en nuestros corazones, en nuestras vidas, hogares y ciudades (Dt 6,4-9). Que los hombres, siglo a siglo, hayamos complicado la orientación con fórmulas, alharacas y liturgias, cargado de afecciones y organizaciones humanas y plegado a directrices civiles, no impide que volvamos nuestro espíritu y lo sumerjamos única y exclusivamente en el Evangelio, en la doctrina y enseñanza escuetas de la palabra concreta de Jesucristo. Ser discípulo de Cristo es estar revestido del amor, expandir amor en toda acción, situación y palabra. “Mirad cómo se aman entre sí y cómo están dispuestos a morir unos por otros”, decían los paganos de los primeros cristianos jerosolimitanos, refiere Tertuliano, que “tenían un solo corazón y una sola alma” (He 4,32). Y Minucio Félix reflejando el estupor de los gentiles, añade: “Se aman aun antes de conocerse”. El cristiano ha de ser el mismo amor; ha de ser imagen auténtica de Jesucristo, que perdona siempre, que cura siempre, que acoge y ama siempre: ¿Nadie te ha condenado? Yo tampoco. Quiero, sé limpio, ve y no peques más. En esto reconocerán…

San Juan llega a afirmar que el amor a Dios y al hermano corren parejos, tienen la misma raíz. El amor auténtico al prójimo está ligado al amor a Dios. La relación religiosa con Dios está ínti­mamente vinculada al comportamien­to con el prójimo desde los textos más antiguos de la Sagrada Escritura. El amor al prójimo en la Biblia se fun­damenta en la conducta de Dios: hay que portarse con amor, porque el Se­ñor ha amado a esas personas (Dt 10,18s; Mt 5,44s.48; Lc 6,35s; 1Jn 4,10s). Por consiguiente, no es cuestión de mera solidaridad humana o de filantropía, pues la causalidad del amor al prójimo es de carácter histórico, salvífico o sobrenatural.

El amor es la gran realidad y el más hermoso regalo de la Pascua. Vivir en el amor es apostar por la Pascua. El amor hecho realidad en el día a día es energía transformadora de resurrección. El distintivo del cristiano, la identidad del cristianismo es el amor, amar a Dios y al prójimo. Es vaciar el corazón “tan humano”, tan pequeñito, del egoísmo; es dejar de pensar en el yo, para ir al tú, renunciar a mis comodidades, mis orgullos, mis gustos, pasiones y posesiones, y amar, amar a los demás, amar a la manera de Dios, sin límites y hasta el extremo en la entrega, el servicio y la humildad; vivir el buen humor, la sonrisa permanente, las muestras de afecto, la escucha, el favor, la oración por los otros y con los otros. Esta es la felicidad.

Camilo Valverde Mudarra

Este artículo tiene © del autor.

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