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EL QUE ME AMA, GUARDARÁ MI PALABRA Y MI PADRE LO AMARÁ

Camilo Valverde Mudarra

España



Domingo VI T. Pascual. Ciclo C

Hch 15, 1-2.22-29; Sal 66,2-8; Ap 21,10-14.22-23; Jn 14,23-29

«El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió.

La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: "Me voy y vuelvo a vuestro lado." Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, sigáis creyendo».

El Maestro consciente de la Pasión que se avecina, habla con sus discípulos, sin ninguna tristeza, lleno de dulzura y cariño. Los anima y conforta, no tienen nada que temer, su ausencia no es definitiva; lo que tienen que hacer es guardar su palabra, y el Padre los amará, de modo que ellos formarán parte de la unidad divina, con la Santísima Trinidad que vendrá y hará morada en su amor y vendremos a él. No hay nada que temer, porque el Espíritu Santo les recordará todo lo que Jesús les ha dicho

El cristiano que ama a Jesucristo, es amado por Dios Padre y jamás se sentirá ya sólo, pues ese amor vivirá en él y siempre lo tendrá por compañero; jamás andará triste, siempre gozará de la alegría de Dios, alegría tan poderosa que se comunicará, como fuente viva, a su alrededor, a los otros hermanos que formarán la comunidad feliz de Dios Padre, “la ciudad que no necesita sol ni luna que la alumbre, porque la gloria de Dios la ilumina y su lámpara es el Cordero”, dice el Apocalipsis 21,23. Todos unidos, sin marginar a nadie, sin retirarse en su egoísmo, porque somos morada de Dios con el otro. El cristianismo es la ciudad de los hijos de Dios, vivimos, moramos en unidad, en la paz de Cristo, en fraternidad, juntos y abiertos a la presencia de Dios, no podemos vivir solos, para nosotros mismos, nuestra vida está con los otros, para ellos y hacia ellos, creando la comunión con el Maestro, guardando su palabra, recordándola y llevándola a todos los hombres hasta el confín del mundo. Predicándola con amor y viviendo el amor, pues, “el que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió”.

Jesús, acercándose a la gente con amor y solicitud, enseña un amor total, absoluto, va más allá de lo que habían oído. «Yo os digo: amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen» (Mt 5,44). No se han de hacer distinciones entre próximos y enemigos, pues todos son receptores del amor de Dios y, por consiguiente, han de serlo del nuestro también. Este amor se ha de llevar a cabo siempre con un impulso firme y serio hacia el bien del otro con el deseo de que pertenezca a la familia de Dios. De este modo, “seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo” (Mt 5,45), precisamente, recuérdese que los pacíficos, los constructores de la paz serán llamados «hijos de Dios».
A través de su predicación, Jesús va exponiendo a sus oyentes el fundamento del Reino: el ideal universal; enseña que todos los pueblos y naciones han de formar parte de su Ciudad, del Reino Celestial, el Reino de Dios, que es Padre de la familia congregada por el amor del Hijo, en la casa del Padre. Dios cuida del malo igual que del bueno, del injusto como del justo, del mismo modo los hijos de Dios que se entregan y actúan, como el Siervo, intentan hacer justos a muchos (Is 53,11), reflejando la luz del Padre (Mt 5,16), aun cuando parezca que no se obtiene respuesta. El amor circunscrito a los amigos apenas viene a ser un gesto similar a aquel que conduce a la ley del talión, en tanto en cuanto, “ojo por ojo”, significa, “donde las dan las toman”, y, por ello, “favor por favor”, “obra buena por obra buena”.

Pero, el amor que predica Jesús es más profundo. Amar al prójimo, como a uno mismo, significa ir más allá del simple amor o afecto a los propios y cercanos. El amor que Él trae es total y abarca, en su comunión, a todos los hombres incluidos los desechados y excluidos (Mt 9,10). Y, sin paliativos, les pide a todos, a los suyos y a los otros: «Vosotros sed perfectos, como vuestro Padre Celestial es perfecto» (Mt 5,48). Significa que han de procurar renacer de nuevo y llevar una vida en espíritu y en verdad, a imagen y semejanza de Dios (Gn 1,27), reflejando el amor extenso e indiscriminado de Dios, Nuestro Padre.

Para que no se nos olvide envía al Espíritu. Nos ofrece su Espíritu. Es la fuerza de Dios. La alegría de Dios. Él será para nosotros Maestro, Memoria y Guía. Teniendo en nuestra vida el Espíritu de Dios, tendremos la alegría y la paz. No la paz débil y frágil del hombre, sino la eterna de Dios. “Mi paz os doy, mi paz os dejo”... La paz del mundo consiste en acallar las armas y los enfrentamientos. La paz de Cristo es el abrazo duradero, la misericordia infinita, la reconciliación del ser humano consigo mismo, el perdón sin límites, la espera amorosa del retorno del Hijo Pródigo, para introducirse en la ciudad del amor, para lanzarse desde el amor a sus habitantes y amarlos, como Jesucristo nos amó, “amaos los unos a los otros como yo os he amado”, con un amor sin reservas, sin dudas ni vacilaciones, con el amor hasta el extremo, incluso hasta la entrega de la cruz.

Camilo Valverde Mudarra

Este artículo tiene © del autor.

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