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POBLACIÓN MUSULMANA EN CATALUÑA

Camilo Valverde Mudarra

España



Particular habitat y feudo

Ante la amenaza del cambio climático y la del terrorismo de distinto color, el hombre, hoy, se encuentra atenazado; el futuro se cierne sobre su cabeza lanzando su zarpa y abriendo sus negras fauces en un mordisco inexorable. A ello, únese que el moro terrorista viene con su reivindicación de la «liberación de Al-Andalus» como objetivo irrenunciable; y no se crea que Al-Andalus se concreta en Andalucía, quiere todos los territorios que una vez ocupó. La detonación del Islam por su empuje demográfico y el impulso comercial y financiero del petróleo lo impele al logro de un ideal imperio pretérito, que se presenta de fácil alcance en una Europa extenuada, replegada en sí misma y ayuna de creencias tradicionales y de valores perennes.

Las avalanchas de pateras y cayucos cargados de negritud africana, arribando a nuestras costas, no se detienen ni remiten. La política amplia de puertas totalmente abiertas está llenando todos los rincones. De modo pausado y silencioso ya lo van consiguiendo. Cataluña tiene hoy la mayor proporción de población musulmana de toda España; cuenta con más de ciento ochenta mezquitas, oratorios y centros de culto, más el reciente tanatorio islámico de Barcelona, donde los imanes pueden insuflar su mensaje de radicalidad, al servicio doctrinal de doscientos mil seguidores de Alá, marroquíes la mayoría, según datos oficiales de la Generalitad, que en enero, suponía el 19,9 por ciento de la población extrajera que asciende a 999.371, en la región catalana, uno de los puntos preferentes de la inmigración. La Policía teme que células radicales, entre ellas el colectivo paquistaní, aniden en las cuatro provincias.

La población musulmana, asegura la Guardia Civil, es muy cariñosa y acogedora con sus congéneres. Llegan, observan y se agrupan por barrios y calles que aumentan y crecen paulatina e insistentemente con nuevos aportes. Proliferan en el cinturón urbano de Barcelona y en el centro de la ciudad, cuyo barrio del Raval se ha ido constituyendo en su particular habitat y su feudo a modo de gueto exclusivo. Los responsables políticos confiados, siguen en sus diatribas y, al pronunciarse, expresan, con calma, que la capacidad de acogida es positiva, «queremos un país donde todos tengan cabida»; pero, ajenos al peligro, no captan que ese agrupamiento puede ser problemático, los musulmanes no se integran ni lo desean, no se adhieren a nuestros hábitos y cultura y son el fermento de células y movimientos fundamentalistas.

Poco antes del fatídico 11-S, el terrorista islámico, Mohamed Atta, mantuvo contactos en Tarragona. De ahí, que la Policía, con preocupación, está en vigilia, sobre la captación por los grupos salafistas, de sujetos dispuestos al reclutamiento y adiestramiento, para acciones en zonas conflictivas. Fuentes policiales aseguran que resulta difícil señalar la potencialidad peligrosa del que ha llegado de forma ilegal y vive, in oculto, entre los suyos, en un piso patera. «Hemos detectado, dicen, y desarticulado células islamistas que normalmente se reunían en un piso y leían el Corán y analizaban vídeos de atentados; no cesa el proselitismo, principalmente, en las mezquitas»; «y es en ellas, donde se recaudan las limosnas, así como en locutorios y carnicerías musulmanas», que abundan en Cataluña y crece, lenta y discretamente, el entramado integrista. En el Raval, se hallan calles enteras copadas por establecimientos musulmanes, que abarcan bazares, colmados, exóticos restaurantes y pintorescas tiendas de vestimentos, de modo que, en cuanto se cierra el de al lado, inmediatamente lo compran»; preguntándose la gente, «de dónde sale tanto dinero como para comprar o alquilar tantos locales».

La propensión a la yihat y el ánimo de conquista son el peligro latente que tiende su amenaza. El terrorismo islámico, desde el 11-S vinculado a Al Qaeda, ha suscitado el «auge de la tensión entre culturas». La alianza de civilizaciones es una ilusoria utopía; no buscan alianzas ni concordias, sino guerra; no integración, sino ocupación. No intentan el acuerdo y la convivencia, no se proponen la construcción de una sociedad diversa y cohesionada.

C. Mudarra y Carrillo

Este artículo tiene © del autor.

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