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LA VIDA PROMETIDA

Carlos Benítez Villodres

España



Esta semana he escogido como título para mi artículo el mismo que lleva en castellano el film “Est-Ouest”, 1999, del director y guionista y actor cinematográfico francés Régis Wargnier. “La vida prometida” podría ser perfectamente el encabezamiento de muchos de los artículos que se escriben en los medios de comunicación de todo el mundo, así como de un gran número de informaciones orales dadas en otras vías mediáticas. Vivimos de promesa en promesa. Estas proclamas que rezuman demagogia por todos lados son para ciertas personas cuentos que nunca terminan, tragicómicos como la propia vida, cuya trama brumosa y embaucadora se desarrolla en una galaxia desconocida para los humanos. Para otros individuos esas promesas bien hiladas acrecientan su ya de por sí voluminosa indiferencia hacia quienes hacen gala de tales argucias excelentemente argumentadas y condimentadas.
 
Hace más de treinta años unos amigos comunes me presentaron, en Tenerife, al arqueólogo y paleontólogo, Arturo Wharton del Río. Por aquellos años, además de impartir clases en la Universidad de La Laguna, apenas unas horas a la semana, realizaba trabajos de investigación sobre y bajo el suelo canario para la Universidad de Oxford. Desde que el septuagenario Arturo se jubiló, reside, por temporadas, en Tenerife, Granada y Londres, especialmente en las dos últimas ciudades, en donde posee una preciosa y acogedora casa en cada una de ellas.
 
A los pocos días de conocernos, iniciamos una amistad que ha ido creciendo y fortaleciéndose con el paso del tiempo. De padre inglés y madre granadina, este buen hombre fue, hasta hace unos quince años aproximadamente, un viajero incansable por países de distintas partes del mundo. Casado tres veces, su última esposa, Cristina, es una periodista catalana de treinta y ocho años, divorciada, y a la que conoció, precisamente, en una de sus estancias en Oxford. Cada vez que aterrizan en Granada, me llaman para que, si mis quehaceres literarios y periodísticos me lo permiten, me reúna con ellos.
 
Arturo siempre comenta que, desde su juventud, cuando comenzaba un nuevo año se preguntaba a sí mismo: “¿Qué deparará de cierto, novedoso y positivo este año a los hombres y mujeres del mundo? ¿Y a los españoles?”, - aunque estudió en una de las universidades de la City, nació y pasó largas temporadas en Granada, la quintaesencia del paraíso, en donde residían por aquellos años sus progenitores - “¿Y a los ingleses? ¿Y a mí?”. Cuando creó una familia, me refirió en una ocasión que el número de interrogantes aumentó: “¿Y a mi mujer? ¿Y a mis hijos?”. Tiene cuatro: tres de su primera mujer y uno de la segunda.
 
“¿Puedes creer, Carlos, - me cuestionó con voz tronadora y ademanes enérgicos en la última reunión que mantuvimos hace sólo un par de semanas en la terraza de su casa de Granada -, que nunca, en los años que tengo, percibí, en los regímenes democráticos de un país cualquiera, autenticidad, transparencia en las políticas y por ende en una gran parte de aquellos que las ejercen para bien de la sociedad, como ellos mismos declaran? Es normal que las democracias sean defectuosas porque están formadas por hombres y mujeres por naturaleza imperfectos, como todos los seres que pertenecemos a la raza humana, pero lo que olvidan estas personas cuando están en el poder es que ellas no son ríos ni mares, ni tierra, ni cielo, sino puentes, sólo puentes.
 
Promesas y más promesas repletas de palabrería. Promesas sin alas, sin órbitas, sin miras de futuro... desde la primera a la última palabra”. Tras lo expresado, Arturo guardó silencio. Miró el cielo de Granada, ciudad que todo lo da y poco recibe, y clavó sus pupilas azules en un punto indeterminado del mismo. En la quietud reinante, mi voz sonó como un volcán en plena erupción. Comencé con una serie de preguntas dirigidas al amigo, pero Arturo continuó unos minutos absorto, sumergido en sus pensamientos. De repente, saltó su voz como un felino tras su caza: “¿Qué decías?”. “Simplemente he lanzado al aire algunas interrogantes sin ánimo de que me las respondieras”, le manifesté. “¡Dime! ¡Dime!”, exclamó expectante. Ante su espera impaciente, lo miré con fijeza, mientras expresé mi asentimiento con un discreto movimiento pendular de cabeza. “¿Saben, Arturo, los políticos de hoy lo que significa lealtad al pueblo que los votó o los castigó? ¿Y responsabilidad? ¿Y honradez? ¿Y obligaciones? ¿Y fidelidad a unas ideas o principios en pro de la colectividad, en los que no tiene cabida la ambición avarienta de unos pocos o de unos muchos que se enriquecen en extremo a costa de los trabajadores que día a día se dejan la vida, jirón a jirón? ¿Luchan con honestidad nuestros gobernantes por los intereses de la sociedad? ¿A dónde quieren llevar al pueblo con esos combates dialécticos, aireados e incluidos en la retórica más paupérrima, o con esas actividades crípticas que sólo ellos conocen?” Hice una pausa, la cual aprovechó Arturo para tomar el hilo del diálogo.
 
“En las autarquías que he conocido tanto de izquierdas como de derechas, por desgracia muchas, el pueblo nada importaba. Las riquezas para los dirigentes y sus fanáticos y la pobreza para el resto de la comunidad. En las democracias de ayer y de hoy, fundamentalmente en las que el partido en el poder tiene mayoría absoluta hay que ser muy buen demócrata para que éste no antidemocratice a quienes lo ostentan por sufragio universal.
 
La miseria sigue brillando acá y acullá. El paro sigue corneando de muerte a aquellos que lo padecen y a las personas de su entorno. La precariedad en el empleo es un problema constante que lleva años y años sin que los políticos lo resuelvan. El terrorismo de raíces distintas continúa al acecho incrustado en la maldad y en la oscuridad que genera su maldita sangre traidora. La inmigración ilegal es un hecho que ningún dirigente se atreve a coger por los cuernos para solventarla justamente. Ciertos políticos, los poderes fácticos más conocidos, los mismos que están ahí con gran capacidad de presión y autoridad, las multinacionales, las grandes empresas de todo tipo, los especuladores... aumentan diaria y escandalosamente sus riquezas, mientras nutridos grupos de mandatarios, de políticos en la oposición, de sindicalistas, etc. se hallan de vacaciones sin final en el país de las nubes.
 
Evidentemente las actuales democracias occidentales, - prosiguió mi interlocutor sin dejar ni siquiera un resquicio para mi intervención -, entre ellas la nuestra, prometen y prometen. De diez promesas..., quizás cumplan dos o tres en un plazo indefinido, en un tiempo nunca jamás previsto ¿Cuáles son las causas de estos incumplimientos? Pueden ser variadísimas, aunque las sintetizaría en una sola con palabras de W. Shakespeare: * Si pesáis promesas, pesaréis la nada*. El pueblo debe tener siempre presente que aquellas personas que mucho prometen..., cumplen mínimamente sus ofrecimientos. Suelen ser individuos que olvidan pronto. No votemos nunca al político de discurso fácil y que ofrece en demasía. Cada individuo debe dar su voto al hombre o mujer que promete sólo lo verdaderamente posible y creíble. Tales ofrendas suelen ser siempre algo de suma necesidad para la colectividad, y la persona que así habla está avalada por hechos consumados en beneficio de la propia sociedad”.
 
De nuevo el silencio hizo acto de presencia. Un minuto bastó para romperlo con mi voz al manifestar: “Nubes de viento que no tienen lluvia, dice Salomón, es el hombre fanfarrón que no cumple sus promesas”. “Buena sentencia, aseveró Arturo, del tercer rey de Israel, hijo y sucesor de David. No, no la conocía. Muy buena. Muy buena.
 

 

Por Carlos BENÍTEZ VILLODRES
Escritor, poeta, periodista, crítico literario
Cónsul en Málaga (España) del Movimiento POETAS DEL MUNDO

Este artículo tiene © del autor.

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