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ESPAÑA ES DE ELLOS

César Rubio Aracil

España



También la bandera. Y la calle, no lo olvidemos. Yo no tengo patria, ni símbolo que represente las virtudes y defectos de España. Porque a mí solo me han dejado el derecho a votar sí a las propuestas de la canalla parlamentaria; esa que, si pudiese, ahora mismo haría estallar una nueva guerra civil. Sin buena ni mala conciencia; porque no la tienen ni en positivo ni en negativo. No la han mamado. Trataré de argumentar mis acusaciones.


España es de ellos porque siempre ha estado en sus manos y en el pensamiento de banqueros y resto de poderes fácticos que no es preciso nombrar. Ni siquiera la Transición pudo redactar una Carta Magna que pusiera fin a las tropelías que hoy se cometen en nombre de la libertad. Que revindiquen el derecho al respeto de la voluntad del pueblo quienes están aprovechándose de los presupuestos políticos de VOX, no dice nada en favor de la emancipación de tiránicas soluciones. España es de ellos porque se han adueñado del símbolo patrio, convertido en trapo protector de sus felonías. Yo no tengo derecho a honrar mi bandera con voluntad de unificación del país que me dio cobijo cuando vine al mundo. Tampoco puedo lucirla en la solapa sin antes jurar ante Satanás que defenderé la España de ellos, los sin patria, los indignos precursores del presente que hoy nos humilla ante el mundo.


También la calle es de ellos en unos momentos de grave peligro para la salud pública. Por eso la abarrotan, ordenen lo que quieran decretos, recomendaciones sanitarias o legalismos gubernamentales. Lo suyo es servirse de la ignorancia popular. Todo en beneficio de usufructos propios, de engaños a los infelices votantes que aún confían –¡pobres masas desdichadas! – en quienes, día tras día, les conceden el derecho a no morir de hambre gracias a ONGs e instituciones camufladas entre la miseria generada por el egoísmo.


De ellos es también el vituperio a la gobernanza de unos dirigentes que, incluso con los naturales defectos de la complejidad gubernamental, están intentando sacar a flote una situación, más que crítica, de desconocidas, graves, dimensiones. ¿A qué juegan estos desalmados? ¿A derrumbar el Gobierno? ¿Creemos que ellos lo iban a hacer mejor? ¿Cuántos años llevan prometiéndonos trabajo para todos y todas? Sus armas: la cacerolada, la invasión callejera arropados con la bandera de la que se han adueñado, la amenaza del peligro que corren las pensiones… Solo les queda por conseguir el derecho de pernada.


Hablar sobre España me conmueve; escribir en favor de mi país me irrita, tal vez debido a que contemplo un panorama desolador, creado por los señoritos de la calle Núñez de Balboa en el Madrid secuestrado por una derecha cada vez más inclinada al suicidio. No la de ellos, eso está claro, que nos supondría un alivio, sino el de los miles de seguidores que, de aquí y de allá del territorio peninsular, difunden creencias perniciosas.


Hoy he visto una fotografía en un periódico de gran tirada que ha convulsionado todo mi ser. Miles de españoles invadiendo las calles de Madrid para ofrendar al país con el peor de sus atuendos. Envueltos con la bandera de todos y de todas, poniendo en peligro la salud de la ciudadanía, en clara afrenta al Gobierno de la nación. Sin el mínimo pudor, con alevosía, con la chulería de los sin Dios y sin Patria. En definitiva, siempre los auténticos enemigos de España. ¿Hemos de ser tan viles como ellos para no levantar la voz en contra de tanto miserable? Yo, no. Porque rechazo mi hermanamiento con los indeseables que están buscando con afán un enfrentamiento peligroso que refuerce la memoria de una dictadura bestial que se llevó por delante a más de un millón de vidas.


Al menos, quiero cruzar hasta la otra orilla sintiéndome español de verdad, y no un subproducto de tantísimo sinvergüenza enarbolando bandera y estandartes de la nación más vilipendiada. España no está en el Parlamento, sino ante las mismas puertas del infierno. Que sigan cubriendo sus miserias con la bandera de todos y de todas. Porque, en definitiva, España es de ellos. ¡Por cojones, vaya que sí!


César Rubio Aracil

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