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Frankestein, Marlene y Edith Piaf

Carlos Penelas

argentina



Frankestein, Marlene y Edith Piaf

Se suele asociar la Inquisición con los muy lejanos tiempos de Torquemada. Sin embargo, la última víctima del Tribunal de la Santa Inquisición fue el maestro Cayetano Ripoll, ajusticiado en Valencia el 26 de julio de 1826. Ripoll, que había luchado como un héroe contra los invasores napoleónicos, creía en Dios, tal vez más que sus verdugos, pero no compartía el dogmatismo católico. El maestro valenciano era deísta, del espíritu piadoso de los cuáqueros. Decidió no obligar a los alumnos a ir a misa y en la escuela cambió el preceptivo Ave María por la expresión "las alabanzas pertenecen a Dios". El Tribunal fue muy considerado con él. Lo normal era ahorcar y quemar en una hoguera al condenado. En este caso se decidió solamente ahorcarlo y proceder a una quema simbólica. A la manera de una instalación artística, debajo de los pies de Ripoll colocaron un barril pintado con llamas. Esto escribió recientemente Manuel Rivas en un diario de España.

Pocos relatos literarios han sido más distorsionados que la historia del doctor Frankestein y su siniestra literatura. La gente repite una y otra vez reflejos manipulados de películas, series televisivas y relatos. Este clásico de las letras es uno de aquellos, que como bien dice nuestro genial Mark Twain, son de los que todos hablan y nadie ha leído. La historia nace de una tormentosa noche de junio de 1816 a orillas de un lago en Ginebra, cuando Lord Byron, el poeta Percy Shelley, su esposa Mary (nada más ni nada menos que la hija de la famosa feminista Mary Wollstonecraft y del pensador anarquista William Godwin) y el doctor Polidori, médico de Byron, deciden competir entre ellos para ver quién escribe el cuento más aterrador. Esa noche Mary Shelley creó Frankestein, el moderno Prometeo. Eran los tiempos del iluminismo, los días de Galvani (que movía los músculos de una rana con electricidad), las albas de la fraternidad. Pero vaya usted, egregio lector, a discutir con la plebe, los supuestos intelectuales o la caterva de sinvergüenzas que nos rodean. El olvido es virtud nacional. En algo hay que creer, lo último que se pierde es la esperanza.

Y volver a las andadas, como diría mi madre, una adicción que nos acecha. Lo importante es llegar y quedarse. Sea como sea. No hay piedad para Hamlet desde la oratoria persuasiva de los palcos de barrio. Hay labia, fobia y también rabia en cada uno de estos personajes. Una gran cuota de cinismo, de hipocresía. Caudillismo ancestral, corrupción desembozada. Todo importa poco, menos Bailando por un sueño o Gran Hermano. Por higiene y vergüenza no deberíamos verlos, pero los vemos. Se confunde vaciamiento, política, señores impolutos, caballeros prolijos alimentando encuestas. Una unificada diversidad de rufianes que invade mingitorios, hoteles alojamientos, aulas que se caen, baches, globos de colores, camisetas de fútbol, pastillas para combatir el colesterol y banderitas celebrando el 20 de junio. Todo es sopor, bombo, maquillaje y otra vez la escena que empuja a millares de hombres con su trámite formal. Y dale que te dale / y dale otra vez. Nacimos de un repollo, se dilapidan doblones, los nombres de la fantasía crece, el esplendor en los barrios, la comedia electoral. Nadie cree absolutamente nada, advierten la falsedad de los ciudadanos ovinos, la escena coral, la picaresca criolla, la jornada de lo teatral. Palo y a la urna. Chito y al negocio. Bingo y a cantarle a Gardel. Y salen en las fotos con rostros de personas serias, honestas. El simulacro da dividendos, la ceremonia conmueve. Y dale que te dale / y dale otra vez.

Hace unos días, el querido Osvaldo Bayer, publicó un artículo relacionado con las elecciones en la Capital. Recordaba con tristeza, ironía y perplejidad, aquella elección de hace más de un siglo cuando fue consagrado el primer diputado socialista de América, Alfredo Palacios. También evocaba el 1 de Mayo de 1904 cuando setenta mil obreros anarquistas llenaron las calles de La Boca recordando a los Mártires de Chicago. Una ciudad de sólo novecientos mil habitantes. El 1 de Mayo no era asueto y el presidente Roca había amenazado con reprimir. Se metió bala y palo y sangre. Cayó asesinado el primer mártir obrero del Día de los Trabajadores (no la Fiesta del Trabajo, compañero), el recordado marinero Juan Ocampo, con apenas diez y ocho años. Estas cosas nos hacia evocar nuestro amigo Bayer. Y otras, muchas otras al hablar del triunfo aplastante de Mauricio Macri. Ahora todo es pro si comemos ravioles, gritamos los goles con el Diego y queremos más seguridad. Y sí, esta es la sociedad actual. ¿Y los otros, dónde están, de dónde viene el banquero guevarista, el banquero estalinista, el progresista que cambia y cambia y no deja de cambiar? ¿Y cuándo El General decía “de casa al trabajo y del trabajo a casa”, qué nos decía? Para nosotros y para todos los hombres del mundo que quieren… ¿Qué quieren Lopecito, qué quieren? Formá lo de Barcelona, tomá el ejemplo de Primo de Rivera, Lopecito, yo no miro, yo no veo. ¿Y cuándo la izquierda tiene cinco o diez fracciones, qué está representando? ¿Y la gente común, la pequeña burguesía que apoyó al capitán ingeniero, qué luego no quiso ver ni sentir ni oír nada, que sólo hablaba de Miami o de Susana Giménez? De los chistes de Olmedo y las canciones de Palito. Sandro, con el fuego y la rosa y vamos que podemos. De los nuevos ricos, del cambio generacional. Burros, Osvaldo, burros que no les interesa ni León ni Bakunin. A los militantes, digo, los otros son “verdura”, no saben dónde queda Rumania o si Rafael Barret jugaba en Rosario Central. Y después la clase media se hace patriotera, futbolera, gitana, prostituta, frívola. Se hace de silicona, de argentinidad. Tira papelitos, les importó un carajo si hubo desaparecidos. Más tarde se militariza o cree en los dueños de la tierra, en apellidos patricios. Después, otra vez populista pero desde otro ángulo. Termina votando al muchachito, a Alan Ladd, al ingeniero Macri. Y una suerte de intelectualidad de izquierda, que flota, que está siempre con el gobernante de turno, asume – una vez más - cargos. Da risa. Y dale que te pego. Sigue el juego de la marmota, vamos por los sufragios. No, caro Osvaldo, deseos imaginarios. En 1904, y antes, hubo gente que pensaba en el cambio social , en la ética, en la utopía. Una conducta. No eran usureros que compraban propiedades y terrenos. Siga, siga el baile. No le creo, no le creo nada. Miente. Los que lo siguen se van a arrepentir, y será tarde. Y vuelta a empezar. ¿Yo señor?, no señor, ¿pues entonces quién lo tiene? Eran pocos, muy pocos, a principio de siglo. Más que ahora, claro. Mejores que los de ahora, sin duda. Pero pocos. De lo contrario no explicamos esto. Desopilante y doloroso. Ingenuo también.

Manuel Rivas, Osvaldo, nosotros amamos a Henrik Ibsen. Él escribió hace tiempo: “Es imperdonable que los científicos torturen animales. Deberían hacer sus experimentos con periodistas y con políticos”. Me olvidaba decirte Osvaldo, vos que hablabas de Marlene; ésta noche me quedo en casa. Dan un documental sobre Edith Piaf. Mañana, cuando me recupere del pasmo, releo a Esquilo. Hasta la próxima, cálida y comprensible lectora.

Carlos Penelas

Buenos Aires, 15 de junio de 2007

Este artículo tiene © del autor.

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