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ASPECTOS VITALES

César Rubio Aracil

España



Comoquiera que la vida puede manifestarse de mil maneras, cada persona tiene derecho a experimentarla como le apetezca, ajustando su actividad a los procedimientos y modalidades establecidos por la sociedad en que vive. Partiendo de esta afirmación, se puede vivir de varios modos: abrazados al materialismo, a la espiritualidad, o bien equilibrando la experiencia vivencial entre ambos componentes. En definitiva, la elección, si es que se piensa en las preferencias, habrá de quedar sujeta a un patrón de vida egoísta, a un tipo de comportamiento armonizado o bien, en algunos casos, obedientes a la llamada espiritual, optando por el camino de la santidad. Nos referimos a las vías de crecimiento humano, sin contemplar la formación personal, economía doméstica o individual y otras circunstancias que puedan limitar la elección; porque no todas las personas tenemos un mínimo de cultura, ni en todas las condiciones de vida se ofrece la misma libertad para obrar. Sin embargo, todos los seres pensantes llevamos incorporado en la propia vida un tesoro -llamémosle espíritu- capaz de aportar el máximo grado posible de felicidad.

Al mencionar la palabra “espíritu” pueden surgir no pocas interpretaciones jocosas, sonrisas condescendientes y gestos festivos tratando de ridiculizar la idea sobre la inmaterialidad. Es el caso de quienes no solo defienden la materia como componente único del universo, sino que incluso tildan de ignorantes a los que profesan la creencia espiritual. Son los convencidos de que la verdad se decide en el laboratorio de los físicos, donde una y mil veces la hipótesis queda confirmada con el auxilio de las más avanzadas técnicas y las rigurosas matemáticas. En definitiva, materia y energía y nada más. Sucede, no obstante, que se dan ocasiones en que no salen las cuentas, como cuando apareció el fantasma de la mecánica cuántica con su inagotable bagaje de partículas subatómicas dando la coña -con perdón- y el principio de incertidumbre mareando la perdiz. O el inconveniente matemático presente ante la incongruencia entre la teoría general de la relatividad y la mecánica cuántica. Científicamente se buscan soluciones; se barajan hipótesis partiendo de la teoría de cuerdas… Por mucho que sea el esfuerzo de los físicos, el universo se muestra díscolo. El enigma gravitatorio también cuenta a la hora de hacer encajes de bolillos, trayendo de cabeza a los investigadores; pero ahí están ellos, como Matthew Francis cuando afirma: “No sabemos cómo pasar del cerebro a la conciencia” (La Física de Dios, de Joseph Selbie), después de haber manifestado que “lo de la conciencia cuántica suele ser una estupidez”.

No es cuestión de hacer hincapié en la tan pesada como desagradable disputa entre materialismo vs espiritualismo. Sabemos de sobra cuál es el posicionamiento científico acerca de Dios y el espíritu que anima el universo, como también la idea sustentada por la experiencia contraria. Santos, místicos de oriente y occidente, meditadores, religiosos, y también austeros penitentes santones coinciden en cuál es la experiencia única derivada de la vida espiritual. Si la materia que vemos y palpamos nos sabe a densidad y tan solo podemos visualizar los colores del espectro visible, quedaríamos fascinados ante el variado colorido de los átomos y partículas subatómicas conformadores del constituyente físico, creadores de una luminosidad indescriptible. El mismo esplendor que embelesa a santos y a santas, a meditadores, gurús y seglares entregados a la vida contemplativa. Al parecer, algo sublime negado al tenaz materialismo de quienes piensan que la vida y el universo mismo son productos del azar. A esas criaturas ancladas en la rada egocentrista y negadoras de los milagros al considerarlos necedades. ¿Por qué necedades?, me pregunto. ¿Acaso no huele a prodigo el hecho demostrado de que el fotón -siempre a la vez onda y partícula- se comporte como partícula cuando interviene el observador? ¿No puede un santo, inmerso en la profundidad espiritual, cuya devoción puede alcanzar la altísima cota del éxtasis, movilizar el componente atómico mental para que su cerebro posibilite la traducción de un mensaje incomprensible para el negacionista espiritual? Sin ir más lejos, ¿el miagro de Fátima, no es un claro exponente de fe y devoción, con capacidad más que suficiente para hacer bullir las infinitas partículas subatómicas, movilizadoras de la materia consolidada en el ser pensante? ¿Qué consideramos milagro, que una varita mágica diga hágase y florezca el portento? Sé de ateos, como yo era en su tiempo, que han meditado a diario, revelándome estados de conciencia significativos. Yo también lo hice, aunque en honor a la verdad solo conseguí, por única vez, un estado de conciencia trascendente; suficiente para comprender que el milagro no solo es posible, sino también una realidad, hoy por hoy indemostrable. Igualmente me deja en suspenso las palabras de Einstein cuando, en una discusión entre científicos por la interpretación de Copenhague sobre la física cuántica, dijo: “Dios no juega a los dados con el universo”, en alusión a su idea de que la naturaleza es determinista y no probabilística. Al parecer, el maestro, creador de la teoría de la relatividad general, estaba equivocado; pero…, ¿definitivamente la mecánica cuántica es probabilista? Si es necesaria la intervención de la teoría de cuerdas para dilucidar el hoy por hoy enigma sobre la confrontación entre la teoría general de la relatividad y la mecánica cuántica, ¿quién es capa de hablar sobre verdades inamovibles en torno a la Física?

Merece la pena, creo, hacer referencia a la vida de las personas en un mundo desnortado como el nuestro. Inmersos en un materialismo pernicioso; alejados de toda realidad espiritual, malgastamos la experiencia vital al echar mano del falso goce: placer sexual, ostentación, poder, engolamiento, autoestima y otras tantas dependencias mezquinas. ¿Para qué? Si supiésemos con absoluta seguridad que tras la definitiva extinción existe un nuevo mundo, que todo se transforma y que, como se desprende de las experiencias cercanas a la muerte, la felicidad es un hecho, buscaríamos la muerte de inmediato; pero la naturaleza es sabia y solo nos permite soñar. Sin embargo, nos queda la esperanza de poder aprender a vivir. Con la materia, sí, pero acompañados del espíritu, tiempo ha abandonado por imperativos egoístas. ¿Sermón en el desierto? Tal vez, aunque a mí me sirve para cruzar en paz el cauce que me lleve a la otra orilla. Y sentir a Dios en el aliento cósmico, en la margarita silvestre y en el gorjeo del ruiseñor en el lugar merecido de mi definitiva ubicación. Porque si, como dijo Álvaro de la Iglesia, “en el cielo no hay almejas”, tampoco hay demonios como aquí, en la Tierra, envueltos con la seda conchal de la mentira. Sí, por el contrario, voces amigas dispuestas a entonar loas por la nueva vida que nos regale el vacío; y junto a Él, como un destello, el resplandor del átomo atrevido.

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