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NADIE PUEDE ENCOGERSE DE HOMBROS Y ESCONDER LA CABEZA

Carlos Téllez Espino

Cuba



EN ESTOS TIEMPOS NADIE PUEDE ENCOGERSE DE HOMBROS Y ESCONDER LA CABEZA COMO EL AVESTRUZ
 

 

A los cinco o seis años vivía en un sitio en que no había nada por delante, así que tenía un horizonte para mí sola; tras una lluvia salía siempre un arco iris brillante que me fascinaba. Mis madres (tengo dos, siempre lo digo) se preocupaban porque me podía pasar mucho tiempo con la vista fija en aquel horizonte al que quería siempre llegar. Sentía que debía describir aquellas imágenes. Creo que es el “arranque” de lo que los preceptistas llaman imágenes poéticas.
Con el tiempo aparece entonces en las letras cubanas Maida Anias Martínez. Con el tiempo, ese personaje que escudriña sin esconder la cabeza, nos devuelve un mundo pensado, sin posiciones de fuerza, en un diálogo continuo con ella misma, es decir, con nosotros.
Cuando estudiaba Licenciatura en Educación, a finales de los ochenta, el poeta Alfonso Quiñones tenía un Taller Literario en Camagüey, al que asistí. Recuerdo que lo primero mío que se debatió fueron unas octavas reales, ¡fíjate, nada menos que la estrofa de Heredia! Él definió el contenido con una palabra que proscribí desde aquel sábado: panfleto. Creo que mis años de universidad pudieron conformar un universo que se fue haciendo a lo largo de muchos años. Escribía mucho, leía algo y no publiqué hasta hace muy poco tiempo. Leí algo de Pedro de la Hoz, una frase, que me puso colorada: “Quien no ha publicado en su madurez ha sido por pereza o por mediocridad”, más o menos decía eso; así que me dije, bueno, espero que lo mío haya sido por pereza. Me preocupa muchísimo el lenguaje, la construcción, digamos, la “técnica”. Pero eso es muy posterior al contenido, que siempre será lo primordial: si no tengo nada que decir, no hay Dios que me convenza de que la técnica pueda suplir el contenido en la poesía.
Y entonces apareció la décima.
Se lo debo a una tía abuela. La recuerdo con muchísimo cariño, porque en los días finales de su existencia aún marcaba el ritmo de alguna melodía que solo ella escuchaba, una lección de vida extraordinaria. Ella escribía unos versos que iban de mano en mano en la familia. Yo me los aprendía porque me gustaba el ritmo; entonces no sabía que eran octosílabos y que sumaban diez versos porque no me detenía en esas cosas. Estoy hablando de los años setenta, o sea, de mis diez o doce años. Se me quedó ese ritmo en el oído, me siento muy cómoda, quizás prisionera del octosílabo, porque he intentado el soneto y no hay manera, ¡y mira que he leído sonetos! Pero está visto que la “fórmula” que funciona para unos, no funciona para otros, así que te confieso que renuncié. Siento que la décima me desafía, que es un reto seguir escribiéndolas (espinelas, casi siempre) cuando en estos tiempos todo el mundo se empeña en meterse en camisa de once varas, solo para probar que hay un modo diferente de decir, que ya la décima –y los que la usamos- clasificamos en lo que ellos llaman “lo viejo”.
 Con el ancla en tierra  evidencia un deseo prioritario de decir cosas más que en cómo decirlas. La carga filosófica que tienen esos versos no viene abarrotada de recursos poéticos, no hay un barroquismo poético en ellos.
Es que soy así. Mi punto de vista es que quien escribe tiene muchas ganas de comunicar. No creo en los que afirman que escriben para sí mismos, para guardar, en ese punto me digo, ¿por qué no rompen el papel, algo así como tejer y destejer? Entonces, claro que quiero comunicar algo. Siempre he mirado la vida con una actitud filosófica. Me preocupa lo que fuimos, lo que somos, lo que seremos, de dónde venimos, hacia dónde vamos, el por qué de las actitudes, la esencia del ser humano. Me quedo totalmente descolocada ante las reacciones violentas, ante las bajas pasiones, es algo que me persigue (el pensamiento, no las bajas pasiones), no acabo de comprenderlas, de ahí eso que llamas “carga filosófica”. No me interesa oscurecer una frase. Mira, es posible que me haya quedado en la estación anterior, que no haya “evolucionado”; no me interesa. Sé que hay mucha gente que lo agradece y otros muchos que están en esta orilla, no digo gente común, digo intelectuales, artistas. Opino que “trabajar” excesivamente una frase, hacerla incomprensible, además de que no tiene nada de nueva (fíjate en los barrocos, luego en los clásicos, más tarde en la poesía simbolista, después en el surrealismo y más acá, la neovanguardia..., en fin...), es meterse en un campo que al final no da buena cosecha, el lector dice “está bien, ¿y qué?” Así que prefiero poner a pensar a un lector en sí mismo, ni siquiera en mí, en si gusto o no, sino en su propio alter ego. Con eso me basta.
¿Con el ancla en tierra se escribió para preguntarse por un después, para salvar la flor antes que la espada? Con el ancla en tierra ¿será una pregunta sobre lo que te falta?
 Cuando comencé a escribir este libro (siempre comienzo un libro de poesía en primavera, es mi etapa “fértil”, como dice el Ramayana) el mundo esperaba el resultado de las inspecciones en Irak; fue conmocionante, nos cambió a todos; a mí un poco antes, el 11-S. Ese es el espíritu del libro. ¿Qué falta? Al ser humano siempre le faltará algo; nadie sabe qué, pero siempre falta algo; pienso que para muchos es solo un mecanismo de defensa, una disculpa, un modo de seguir adelante, y en eso los cubanos somos expertos: no sabemos muy bien qué, pero es claro que algo falta.
La imagen de un barco anclado en tierra era muy fuerte en aquella primavera, tenía para mí muchas connotaciones, muchas lecturas, y no me refiero a la libertad, que debe ser lo que muchos tienen en mente hoy día; me refiero a la libertad de espíritu, ese mundo infinito que llevamos dentro, aunque pocos lo exploten. Yo, lo confieso, vivo en él, a toda marcha, se siente uno en otra dimensión, sin moverse, sin pestañear, pero hay una libertad interior que garantiza una elevación indescriptible. Hay que probarlo para saber... Conocí el mar a los cinco años; todavía soy capaz de evocar esa emoción, es imborrable, así que el mar es un espacio muy ancho, con crestas blancas que mueren en mis pies, una alegría interior a la que hay que llegar a toda costa: ahí está el mar, voy siempre camino al mar, que es viajar a esa emoción primigenia, a esa espuma que muere y se rehace, a ese olor a salitre, a oxígeno, a algo puro que me llena, a una alegría que uno puede evocar siempre que quiera, y la poesía es un espacio al que llego voluntaria y alegremente, siempre alegremente, aunque me haga padecer, pero es un disfrute egoísta, solo el que escribe lo sabe...
Guardo con cariño los versos de mis años universitarios, pero ya son arqueología, una especie de piedra de Roseta, nada que valga la pena leer ahora. Hay versos libres, muy pocos, porque no acabo de comprender el verso libre, debe ser que soy metódica, que necesito unas reglas más ajustadas a mi propia poética.
Intento no ser la misma, pero me ocupo del estilo; aspiro a que mis lectores sepan que soy yo la que escribo, así que no me corre prisa, si el próximo libro sale a la vuelta de muchos años no importa, pero debo quedar satisfecha. Hace años me atormentaba la idea de que escritores muy jóvenes, de veinte años, por ejemplo, tenían cuatro, cinco libros escritos, pero ya no; habría que ver si aquellos autores tan “prolíficos” ya se agotaron o por el contrario, han hecho algo más que hibernar en librerías municipales; soy curiosa, veo libros amarillos, polvorientos, aunque sus autores enumeren una larga lista en la contratapa de la última publicación.
¿Dónde está el mar? ¿La poesía es un puente?
¿El mar? Cuando viajas, cuando logras irte de un sitio porque crees que así dejas atrás cosas que quieres olvidar, te das cuenta de que vayas donde vayas, te llevas tu carga, allí van cosas incómodas, junto a tus recuerdos, esos de los que nunca te desprenderías, de manera que el mar no es una línea azul que cruzas y ya está; el mar es solo el agua que divide, que sirve para soñar, pero cuando abres los ojos, ahí estás nuevamente, con tu otro yo pegado a ti, siempre: ese es para mí el mar, de modo que la poesía, más que un puente, es un barco, puedas desplegar las velas y dejarte llevar por el viento de popa; otras veces tienes que luchar muy duro contra el temporal, otras miras con desesperación a ver cuándo se va a levantar una brisa favorable, otras, tiras el ancla porque crees que ese es el puerto al que finalmente quieres llegar, pero cuando pasa un tiempo, cuando miras nuevamente al horizonte, a esas aguas que siempre nos empeñamos en cruzar, sabes que no, que debes volver a desplegar velas, a coger el timón (pobre del que deje el timón en otras manos) y a continuar con una brújula en la mano y los ojos en lo que vendrá.
Y la idea de contar una historia…
Hace muchísimo tiempo me rondaba la idea de contar una historia, pero no sabía cuál. Leí mucho, comencé por los “clásicos”, seguí por los “contemporáneos” (fíjate, entrecomillo estas palabras porque es muy ambiguo hablar de clásicos y de contemporáneos sin caer en la trampa de dónde comienza una palabra y dónde termina la otra) y me fui a los más jóvenes, pasé después por los que ganan premios, no solo en Cuba, es decir, no solo el Casa, el Carpentier, también el Nadal, el Herralde, el Planeta…, en fin, quería encontrar una fórmula. Pero acabé decidiéndome cuando me fui del Instituto Superior Pedagógico y me tropecé, en mi calle, en mi barrio de Las Tunas, a mi amigo Guillermo Vidal; hablamos de muchas cosas en pocos minutos; él también fue mi colega del Pedagógico. Ahí me decidí. Fue una mala novela, después lo vi claro, pero me llevó un año y algo escribirla, me sirvió para saber cómo se escribe, para convencerme de que no hay fórmula. Después empezó a darme vueltas en la cabeza la idea de escribir una novela que me acercara a mi tierra, a Amancio: Ese sitio es muy peculiar, lo sabemos bien los que somos de allí, vivamos o no en él. Quería escribir una historia de ficción, pero ambientada allí. Busqué mucha información, me asesoré, revisé documentos, me fui a periódicos, a libros, a archivos… Luego, quería que Las Tunas estuviera presente, así que casi casi reconstruí la ciudad de finales del siglo XIX, me pareció bella, de manera que encontré el punto de unión y empecé. Fue por los días de 2004 en que asistía a un taller de narrativa con Guillermo Vidal, más para discutir y escuchar sus experiencias como novelista que para “descubrir” su fórmula. Acabo de tropezarme con una opinión que me tiene preocupada: hay un capítulo en mi novela que tiene la autonomía de un cuento. Sé que eso es muy malo; algo se me ha escapado y posiblemente deba reescribir una buena parte, es un sacrificio que no me gusta, sé que está bien escrito, me gusta, lo “sudé” duramente, pero entiendo que hay que respetar los géneros y sobre todo, respetarse en un oficio. Tengo una cosa muy clara, esta novela saldrá cuando esté completamente convencida de que está bien. Entonces daré también algunas opiniones de los tres primeros capítulos que alcanzó a leer Guillermo.
Es curioso, nunca me ha salido un cuento, o sí, con los cuentos me ha pasado lo mismo que con los versos libres: nunca he logrado nada digno, no domino su técnica, siento que no quepo en los márgenes de un cuento, lo cual puede parecer paradójico, porque en poesía no me salgo de los diez versos, y en narrativa no puedo meterme en la técnica del cuento, no la domino, a pesar de que he sido lectora de cuentos desde hace mucho tiempo.
La emoción, la necesidad de darse a conocer.
La poesía es un estado emocional que se da a otros en un “tres en uno”: imagen, palabra y emoción-sentimiento. Si falta algo de estas tres cosas, no lo considero poesía. La narrativa es una necesidad de darse a conocer. Todos los humanos tenemos historias, todos sabemos contarlas, pero los escritores necesitamos que se nos conozca, se nos descubra, o mejor, se nos desnude. Claro, procuramos ponérselo un poco difícil al lector, las historias que inventamos pasan por nuestra propia existencia, aunque unos no hayan querido acordarse de un lugar donde ocurrieron los hechos, otros escupan sobre los huesos de un padre borracho… Pero siempre hay un gozo en eso de que los lectores terminen descubriendo a una persona detrás del narrador.
Investigar, investigar.
Tuve una magnífica profesora cuando fui estudiante universitaria. Mi tesis de graduación estuvo asesorada por ella, así que además de sus clases, pasé largas jornadas bajo su asesoría. La moraleja de sus historias siempre era la misma: hágase lo que se haga, o se hace bien o no se hace, eso es lo que marca la diferencia entre el talentoso y el mediocre. Lo aprendí y he tratado de ser consecuente con ello a lo largo de mi vida. Cuando fui profesora lo hice siempre lo mejor que pude y no salí nunca de una clase sin preguntarme qué estuvo mal y por qué.
La investigación es un mundo interesante en el que vas descubriendo y aportando, las dos cosas a la vez, es un acto creativo, como escribir una novela o una décima. Lo disfruto muy mucho, así que lo hago en primer lugar para darme placer, para disfrutar, luego para hacer un aporte en un campo específico, y con muchas ganas de abrir un diálogo crítico. Pasar en silencio es una derrota; si eres criticado, aunque la crítica sea mordaz o demoledora, por lo menos te queda la tranquilidad de que el autor pensó, se documentó, luego escribió y tú fuiste su pretexto, estuviste en su cabeza, le ocupaste el tiempo. De manera que bajo esas exigencias investigo: para aportar un conocimiento, a veces es un esfuerzo extraordinario, años de búsqueda, y el resultado es ínfimo, pero me complace saber que moví la piedra un milímetro. Ahora estoy sumergida en un trabajo interesantísimo, las décimas en los manuscritos de la Biblioteca Nacional de Madrid, en los siglos XVII y XVIII. Es ingenuo suponer que nadie ha dicho una palabra sobre el tema, de manera que me las estoy viendo con unos contrincantes que son verdaderos huesos duros de roer, pero es un reto que he asumido con mucho deseo, con mucha concentración y con una capacidad de trabajo muy elevada, de modo que es otro estímulo, saber que estoy ahora mismo en plenitud de mis facultades intelectuales.
 Ella. El intelectual en el mundo.
Me habría gustado mucho más la palabra hombre o mejor dicho, ser humano, para no dejar fuera esto que tan de moda está que se ha dado en llamar género, o sea, si digo hombre, debo decir mujer…, pero en fin, ya que hablas de intelectual, te digo, completamente convencida, que el intelectual no puede estar ajeno a su realidad, a su entorno, tiene que saber el terreno que está pisando, tiene que tener una opinión. Nadie que me venga con el argumento que el artista debe limitarse al arte, el pintor a la paleta y el narrador a sus historias de ficción. Eso no vale en este mundo, no vale para nadie en ninguna parte. No estoy pensando en el romanticismo de irme a África a ayudar a los enfermos de sida, ni a Irak a limpiar las heridas de los bombardeos y los atentados, pero no me puedo quedar indiferente ante lo que pasa, todos los días me entero de lo que pasa en Las Tunas, en Cuba, en el mundo, sigo las noticias y me formo una opinión al respecto. Me sacudió muy duro el 11-S; tal vez asumí a partir de entonces una actitud diferente ante la realidad. Sé cuál es mi época, sé dónde estoy y sé lo que quiero y por lo que lucho, lo que defiendo. No me interesa convencer a los demás de una causa o de otra, cada cual tiene que pensar por sí mismo, saber dónde tiene puesto los pies y asumir, desde esa perspectiva, su existencia. En estos tiempos nadie puede encogerse de hombros y esconder la cabeza como el avestruz. Sé también lo que aporto, desde mi ser individual a mi mundo, a mi época, a mi realidad.
Hablar en una sesión de la Asamblea General de las Naciones Unidas.
¿En cuánto tiempo, en cinco minutos o en cinco horas? Voy a asumir que son solo cinco minutos, porque estoy convencida de que la fórmula es “frases breves en tiempo breve”; en estos tiempos de egoísmos nadie quiere escuchar largos discursos, es más importante saber que serán solo unos minutos para mirar el móvil a ver si tengo un mensaje, o aprovechar y hacer una llamada que tenía pendiente desde que habló el orador anterior… En fin, que con seguridad dejaría claro que soy cubana y que a pesar de lo que estamos viviendo, el diálogo tiene que ser la manera de entenderse los seres humanos, pero hay que saber escuchar, argumentar, defender una idea, como también, y es lo que intentaría dejar muy claro, hay que saber ponerse en la posición del otro, conocer sus razones para hacerlas compatibles con las nuestras, lo cual no tiene por qué significar hacer concesiones. Es un problema de entendimiento, no de posiciones de fuerza. La historia está llena de pactos, de acuerdos, de soluciones a conflictos que parecían interminables; de hecho, los cubanos hemos visto, hace pocos años, momentos de tregua que pudieron ser mejor aprovechados. Las ofensas, lo que apunte a la violencia, a posiciones de fuerza, cerrará siempre el camino del entendimiento. Ese sería mi mensaje, de hecho lo es, vaya o no a la Asamblea General de la ONU.
 
 
 

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