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María ha escogido la mejor parte y no se la quitarán

Camilo Valverde Mudarra

España



Domingo XVI T. Ordinario. Ciclo C

Gn 18,1-10; Sal 14,2-5; Col 1,24-28; Lc 10,38-42

En aquel tiempo, entró Jesús en una aldea y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Ésta tenía una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Y Marta se multiplicaba para dar abasto con el servicio; hasta que se paró y dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano»
Pero el Señor le contestó: «Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; solo una es necesaria. María ha escogido la mejor parte, y no se la quitarán».

En este pasaje del Génesis se distinguen dos tradiciones patriarcales distintas: La comida ofrecida por el patriarca a unos seres divinos y la anunciación de un nacimiento milagroso. Relatos muy similares pueden encontrarse en toda la literatura oriental.

Un autor, llamado J, ha unificado y remodelado las dos tradiciones en una breve y bella historia. Los tres hombres que visitan a Abrahám representan al Dios de Israel; la visita se convierte, pues, en una teofanía. La interpretación tiene la finalidad concreta de demostrar que Dios dirige toda la historia patriarcal y humana.

El relato es sencillo, tierno y gracioso. El misterio envuelve la narración bajo la encina de Mambré; en este hálito misterioso, Abrahám, presto, pone todo su empeño en atender con sentido hospitalario a sus visitantes, hospitalidad nada común. Tras la comida, le anuncian el nacimiento de un hijo. Sara no es ya fértil, es vieja y se muestra incrédula riéndose. Pero el milagro se realizará. Dios continúa dirigiendo la historia humana. La promesa de una descendencia tan numerosa como las estrellas del cielo y la arena del mar, tema característico de toda la literatura patriarcal, se realizará a través de un matrimonio incapacitado ya, para engendrar.

El Salmo responsorial interroga: “Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda y habitar en tu monte santo?” El peregrino, después de un largo viaje, llega al recinto externo del templo de Jerusalén. Está preocupado. Para todo israelita, el bien supremo consiste precisamente en ser huésped de Yahvé, sentarse a su mesa.

Recordemos que la tienda simboliza los cielos, morada de Dios y es el lugar de su presencia real. En el monte Moriah, teatro del sacrificio de Isaac, según la tradición, se habría edificado el templo de Jerusalén. El peregrino Sabe que la entrada está subordinada a las minuciosas e innumerables prescripciones del Levítico. El salmista hoy se las reduce; puede entrar “el que procede honradamente y practica la justicia”.
El apóstol San Pablo confiesa a los Colosenses: “Ahora me alegro de sufrir por vosotros: así completo en mi carne los dolores de Cristo, sufriendo por su cuerpo que es la Iglesia”.

El Apóstol ha recibido la misión de anunciar el misterio de Cristo, misterio expuesto sintéticamente en el himno cristológico. El misterio de Cristo se ha revelado, para que tengamos esperanza, para que vivamos con un sentido distinto y una conducta diferente. Porque el cristianismo no consiste principalmente en una doctrina, sino en una vida. Ciertamente, se dio y se da, gran importancia a lo cognoscitivo e intelectual. Conviene no caer en el gnosticismo. Hay mucho esoterismo y nuestra tradición, en particular la española, tiende a dar más importancia a la ortodoxia que a la ortopraxis.

La evangelización es para Pablo causa de grandes padecimientos. En 2 Cor 11, 23-33 hace una impresionante enumeración de estos padecimientos. Son "los dolores de Cristo", lo que faltaba todavía y ahora completa el apóstol en su propia carne. "Llevamos en el cuerpo, siempre y por todas partes, la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos" (2Cor 4,10). Los que en otro tiempo vivían sin esperanza (Ef 2,12), son ahora "herederos de Dios y coherederos de Cristo" (Rom 8,17).

San Lucas sitúa el texto evangélico en la perspectiva del camino hacia Jerusalén. Su atención se fija en dos mujeres, Marta y María; es el único evangelista que narra este episodio, tal vez por su inclinación a referir y dar acogida en su obra a personajes femeninos. El hecho es revolucionario. En 8,2-3 Lucas ha hablado de las mujeres que acompañaban a Jesús y lo servían con sus bienes, que es lo que aquí hace Marta; ello es sorprendente, porque, los judíos minusvaloraban a las mujeres, consideradas a nivel de los esclavos y los niños; no podían participar de los oficios de la sinagoga y estaban excluidas de los deberes religiosos, como la recitación del Shemá y la acción de gracias de las comidas. Admitirlas en el discipulado era impensable. No se les podía enseñar la Torá; el rabí Elicer ben Hirkanos decía que "el que enseña la Ley a su hija, enseña la estupidez"; y añadía: "Mejor fuera que desapareciera en las llama la Torá, antes de que les fuera entregada a las mujeres".

No era normal en aquel ambiente, que las mujeres se permitieren ofrecer a los hombres su hospitalidad. Aún más, Jesús aparece visitante habitual, que tiene con Marta y María una gran confianza. Tanto la exigencia de Marta, como la réplica de Jesús revelan una gran familiaridad y una amistad cordial. El hecho viene a confirmar el intencionado protagonismo que Lucas confiere a la mujer, en claro contraste con la mentalidad y las estructuras sociales de la época. Pero aún hay más Lucas presenta a María en la postura clásica del discípulo, es decir, sentada a los pies del maestro; hace de María un modelo de discípulo de Jesús en razón de la escucha de la palabra, es el objetivo central del texto. El tema no es nuevo; lo vemos también en Lc 6, 46-49, en Lc 8,15 y en 8,21. Estos textos inducen a escuchar y poner en práctica lo aconsejado. Hoy insiste en la escucha, que se califica de parte mejor, de la que no debe prescindir el discípulo de Jesús. Es lo que se deduce de la presentación por contraste que Lucas hace de las dos hermanas y de la respuesta de Jesús al requerimiento de Marta.
La queja amistosa que Marta expresa de su hermana, por no ayudarle en los preparativos, es más bien un recurso gráfico, para realzar y resaltar con viveza la única idea: la necesidad imperiosa que tiene el discípulo de estar atento a la palabra del maestro. Es un eco del "buscad primero el reino de los cielos..." (Mt 6,33).

La literatura mística y piadosa ha contrapuesto a menudo a las dos hermanas; pero, el texto no opone la contemplación a la acción, ni dice que la contemplación sea más perfecta que la acción. No se contraponen ámbitos de vida ni se alude a una división de vocación contemplativa y activa. Jesús le dice a Marta que su hermana está en la dirección buena. Jesús quiere decir a Marta que no se moleste demasiado, que cualquier cosa es suficiente para comer, que ha ido a verlas y a hablar con sus amigos del reinado de Dios y esto es lo que importa de verdad.

De modo semejante dice a la samaritana que el agua que sacia de verdad es la que salta hasta la vida eterna y no la del pozo, sin que esto signifique que no tuviera sed o que no le agradeciera el vaso de agua que le pedía para beber. Y cuando regresaban los discípulos, que había enviado al pueblo a comprar víveres, mientras él se quedaba junto al pozo hablando con la mujer, les habla de otro alimento muy superior: el cumplimiento de la voluntad del Padre (Jn 4,8.34). Jesús no ignora las necesidades inmediatas del cuerpo y la diaria vivencia. El mensaje se dirige exclusivamente al cristiano, al que se le pide mantenerse a la escucha de Jesús. El cristiano puede llegar a prescindir de todo, si la palabra de Jesús es su alimento y guía.

San Lucas, en evidente contraste con la mentalidad y la práctica de la época, presenta sin reparo a una mujer en actitud de discípulo, sentada a los pies de Jesús, e incluso, la encumbra al rango de un modelo de discípulo. Ello indica una línea de pensamiento que, implícitamente, orientaba a concebir una nueva identidad personal de la mujer y una privilegiada posición social de la misma. Y, sobre todo, implica devolver al hecho toda su fuerza de novedad, ruptura y progresismo, que, por su envergadura, puede considerarse, sin duda, prototipo, para la cuestión femenina en el futuro. Piénsese en el sacerdocio de la mujer y demás aspiraciones coartadas.

El Evangelista trata, simplemente, de inculcar la necesaria actitud de escucha, de abertura, cargada de esperanza, hacia el Maestro que es la respuesta del Padre. Es una temática habitual en el tercer Evangelio, en el que, ya al inicio, se describe a María, la madre de Jesús, como prototipo de escucha reflexiva (Lc 2,19.51). La escucha de la palabra de Jesús es una exigencia fundamental del amor a Dios.

María, igual que Marta, acoge a Jesús, pero la acogida que ella le da no es un don que ella le ofrece. Ella acoge, pero al mismo tiempo se siente acogida. La diferencia entre las dos hermanas está en que Marta se da al Señor y siente el gozo de darse, mientras que María se da, pero no tiene la satisfacción de darse, sino la de ser acogida. Esta ha de ser la actitud de la Iglesia y de los evangelizadores al acoger a los pobres. Hay que dejarse evangelizar por aquellos a quienes se evangeliza, por los pobres. Hay que ver con claridad, que, cuando el Señor pasa, se le ha de acoger en casa, como hace Marta, y, cuando habla, escucharlo, como hace María. Viene a hablar con ellos de Dios y de su Reino, y esto es lo que importa de la vida.

Camilo Valverde Mudarra

Este artículo tiene © del autor.

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