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III. PROTECCIÓN DE LOS NIÑOS

Camilo Valverde Mudarra

España



Se menoscaba el disfrute efectivo de sus derechos fundamentales

En épocas pasadas, el niño no ha gozado de consideración, se tenía por un ser sin valor; era un miembro dependiente, invisible y pasivo en la sociedad y en la familia. Últimamente, ya en el tiempo moderno, el niño se ha vuelto "visible"; ha pasado a ser un ente de derecho y su situación ha evolucionado de modo importante hasta cobrar un mayor aprecio; ha ocupado un espacio primordial y ganado el respeto y atención en la sociedad; se le mira, se le oye y se le cuida. Ha alcanzado un plano deferente en el ámbito familiar y jurídico. Se ha hecho sujeto de derecho, por lo que se han dictado leyes en su favor, al suscitar la acción colectiva en favor de la infancia. La familia es el marco ideal, el seno natural, en que nace y se desarrolla el niño. Es la primera instancia de su conformación física, mental y moral, el primer núcleo de aprendizaje y educación y primera etapa de la experiencia social y democrática.

Sin embargo, a pesar de los avances de la modernidad, la Convención Internacional sobre los Derechos de la Infancia, adhiriéndose al principio fundamental del interés superior del niño, ha puesto de manifiesto que, a menudo, siguen dándose situaciones nocivas y perjudiciales en los países pobres, e, incluso, no faltan en las naciones del bienestar. En ambos casos, la raíz principal es la misma, se halla en la crisis moral que corroe la sociedad posmoderna, que afecta a muchas familias y en las debacles familiares y las dificultades en las que viven los padres. Afirma que, por su debilidad, el niño necesita una protección especial, tanto antes como después del nacimiento. Es necesario que se reconozcan los derechos del niño en el período de la vida prenatal; desde el momento mismo de su concepción, el ser humano debe gozar de esa protección.

Las circunstancias externas que rodean a la familia y las tensiones de naturaleza económica, social o cultural que se producen en su seno son la causa, indudablemente, de muchos abandonos, de muchas ignorancias, de muchas soledades. El niño debe trabajar para y con la familia y la niña, orientada desde su infancia a prepararse para el papel de madre, debe ocuparse de sus hermanos menores y reemplazar la figura materna en todas las tareas domésticas. Los niños son pasto fácil de la necesidad y la pobreza entre la prostitución turística y la subyugante esclavitud; son prontas víctimas de la garra del olvido y de la calle, de los maltratos y aún de la inundación y la catástrofe; para ellos, no hay atenciones y alimentos suficientes, cimentaciones consistentes ni estructuras adecuadas en muchos países del planeta e incluso en las calles mendicantes de nuestras luminosas y prósperas ciudades. La especie humana, a veces, se presenta en su más ínfima condición, mucho más allá de las fieras y las serpientes, en consonancia con las fuerzas naturales que rugen y braman a su aire. La desidia, la irresponsabilidad, la codicia y la maldad se ceban con los débiles.

A menudo, los niños son víctimas de abusos y descuido, y se desconoce su derecho a la integridad física, en el supuesto de que la vida privada de la familia automáticamente confiere a los padres la capacidad, para tomar decisiones correctas y fundamentadas sobre la "educación responsable de futuros ciudadanos". La falta de un verdadero derecho de familia plenamente garantizado por la ley exige la necesidad de una normativa múltiple, para proteger los diversos derechos del niño. Además, es preciso intensificar los esfuerzos, para que se reconozca a la familia, fundada en el matrimonio, su papel social imprescindible, para el bien común.

La Convención expresó la esperanza de que, por medio de una intensa sensibilización e información, sea posible extirpar los prejuicios y superar las tradiciones culturales y religiosas que son contrarias a la dignidad del niño, que menoscaban su desarrollo armónico e impiden el disfrute efectivo de sus derechos fundamentales.
A veces, mujeres solas tienen hijos, provenientes de padres diversos, que, luego, ellas son incapaces de educar; otras, el triste destrozo de familias desechas por las guerras y la miseria ocasionan graves e irreversibles deficiencias en la educación de los niños que, sin la protección y la atención familiar, se ven solos, desprovistos, abocados a escollos y a manejos, vejados y explotados por miserables y atrapados por las redes tenebrosas de la degradación infantil, de la pornografía y de la execrable pederastia, y, con frecuencia, absorbidos por los espacios delincuentes y criminales. Las muchachas ruedan hasta llegar a las calles y a los inmundos olores de la prostitución, corroídas por embarazos precoces y el contagio de tremendas enfermedades.

La profusión de la droga, la promiscuidad sexual y los modismos hedonistas antievangélicos, que se difunden con aires de liberación y bajo aspectos de modernidad, son sólo argucias y trampas intencionadas para sembrar reclamos materialistas y relativistas, producir la descomposición y el desconcierto y, al fin, comerciar y lograr pingües bolsas. Todo este cúmulo problemas supone, para muchos menores, un grave impedimento en su propio desarrollo y en la formación de su carácter que llega a difuminar el descubrimiento de su identidad moral, lo que se agrava con frecuencia por la desoladora carencia afectiva y educativa de muchos padres. Los hijos necesitan una gran carga de cariño y serenidad; y, al no encontrarlo en la familia, corren el peligro de buscar y llenar esa profunda necesidad recurriendo a otras vías erróneas y alienantes. Es necesario prevenir estas carencias y peligrosas búsquedas mediante una atenta dedicación y una esmerada entrega a la educación. La cuestión estriba en afrontar el problema en su raíz; en protegerlo con una gran carga de amor, en educarlo en los valores humanos y morales, en fortalecer su voluntad con la creación de hábitos consistentes, y evitar así los vacíos, producto de muchas ausencias, desvíos y descuidos. Hay que enfundarlos en una sólida formación de fe, esperanza y caridad.

Camilo Valverde Mudarra

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