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Lo acumulado, ¿para quién será?

Camilo Valverde Mudarra

España



Domingo XVIII T. Ordinario. Ciclo C

Qo 12; 2,21-23; Sal 89,3-6; Col 3, 1-5.9-11; Lc 12,13-21

En aquel tiempo, dijo uno del público a Jesús: «Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia». Él le contestó: «Hombre, ¿quién me ha nombrado juez o árbitro entre vosotros?»

Y dijo a la gente: «Guardaos de toda codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes».

Y les propuso una parábola: «Un hombre rico tuvo una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos: ¿Que haré?» … Pero Dios le dijo: «Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado, ¿para quién será?». Así sucederá al que atesora para sí y no es rico ante Dios.

El libro del Eclesiastés explica: “¡Vanidad de vanidades, dice Qohelet; vanidad de vanidades, todo es vanidad! ¿Qué saca el hombre de todos los trabajos y preocupaciones que lo fatigan bajo el sol? De día su tarea es sufrir y penar, de noche no descansa su mente. También esto es vanidad. Nada nuevo hay bajo el sol; nada merece la pena en esta vida” (Qo 1,2.9).

Dios dirige el sentido de la historia; todo es don divino, hasta el comer, beber y disfrutar del trabajo (2,24), pero el hombre no sabe captar este sentido profundo de la historia.

El Salmo responsorial exclama: “Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación. Tú reduces el hombre a polvo, diciendo: «Retornad, hijos de Adán» Mil años en tu presencia son un ayer, que pasó; una vela nocturna”.

El apóstol San Pablo exhorta a los Colosenses: Hermanos: “Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios... Enterrad todo lo terreno que hay en vosotros: la fornicación, la impureza, la pasión, la codicia y la avaricia, que es una idolatría. Despojaos del hombre viejo, con sus obras, y revestíos del nuevo.

Ya no hay distinción entre judíos y gentiles, circuncisos e incircuncisos, bárbaros y escitas, esclavos y libres, porque Cristo es la síntesis de todo y está en todos”.

El hombre viejo es el que no se ha desprendido de las afecciones humanas, sigue apegado a las cosas de abajo. El hombre nuevo es el que se ha renovado, abierto a la acción del Espíritu, que ha renacido en agua y espíritu a las cosas de arriba y vive la ética emergente de la fe, firme, duradera y consistente, y respira la vida nueva del hombre en Cristo.

El Apóstol proclama abiertamente que hemos sido rescatados de la esclavitud de la ley y constituidos hijos de Dios (Gál 4,1-9). La salvación en Cristo, al hacernos hombres nuevos, nos hace también hombres libres e iguales, ya no hay diferencias. Y, objetivamente, ésta, no hay otras, es la única y auténtica libertad: la que Cristo nos ha reportado. De modo que, la libertad es el principio regulador de toda conducta humana. Así pues, seremos plenamente libres, si hacemos el bien en fuerza de un dinamismo interior y no simplemente, porque hay una ley que desde fuera nos lo ordena. Sólo es auténticamente libre el que puede regalar su libertad.

El evangelio según San Lucas plantea el asunto de la riqueza a través de una discusión, por una herencia, tan corriente en las familias y entre hermanos. Nos recuerda la obra de Hesíodo, "Los trabajos y los días", que parte de un litigio parecido. Jesús rehuye la cuestión finamente y, aprovechando la oportunidad, propone una parábola, que especifica su enseñanza certera sobre la codicia y la riqueza.

Se aprecia en la parábola la tremenda soledad de ese hombre, rico y avaro; es, sin duda, un aspecto enormemente lastimoso y terrible. Vive aislado y solo, únicamente se tiene a sí mismo y su cosecha, su compañía es la zozobra y la inquietud por los dineros y el modo de custodiarlos. Cuenta y sopesa su renta, le preocupa la cantidad, lo sofocan las previsiones y su conservación. Está obnubilado, su objeto e interés son atesorar y acumular los bienes materiales. Su corazón sólo ve el dinero y su acopio. Se ha identificado con sus posesiones y riquezas. Ya no es hombre, es su cosecha. Está vacío, su vida es el haber. La codicia no sólo es incapaz de hacer vivir más o menos, sino que además incapacita para el desarrollo de las propias capacidades. Jesús resalta la primera: la capacidad de relación con Dios. Matando esta capacidad, la codicia mata al propio codicioso.

La riqueza exige reparto, justa distribución y comunicación; existe en relación a los demás, requiere el acto libre y equitativo de compartirla con los otros, en el desprendimiento y el despego del alma. Por eso, el Maestro en el esencial Sermón del Monte declara: “Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos (Mt 5,3). Frente a ello, el acumular, conservar, proteger, atesorar, guardar y esconder cosas es la necedad que acarrea la desdicha, la infelicidad y la pérdida. Poner el alma en el dinero, como dice San Pablo, “es una idolatría”, es adorarlo, divinizarlo, hacedlo el dios Machón, por tanto “enterrad todo lo terreno. En lugar de un medio, para servir, compartir, ayudar y vivir, se convierte en objetivo único, en fin primordial, que somete, esclaviza; lo sacrifica y arruina todo y a todos. Este, al que se llama necio, se olvidó de la inexorable muerte. Pero es que, ya, mucho antes, andaba muerto. Lo mata la ambición del tener y poseer, su egoísmo lo deja sin futuro, no sabe que la seguridad y la vida se hallan en dar, en entregar, en compartir y comulgar con el prójimo. Por la posesión de un poco, lo pierde todo.

El cristiano es un expropiado total de todas las cosas, porque es dueño y amo de todo. Las cosas aprisionan, los objetos mundanos reducen las dimensiones de nuestro corazón, que se empequeñece y empobrece y se cierra con aquello a lo que se repliega. La posesión es sobre todo limitación de libertad. La avaricia es la falsificación de la propia vida, pues las cosas no se dejan atrapar, de ahí que al identificarse con la posesión, se produce el vacío y al llegar la hora final, quedan allí. La cosa, escapando de sus manos, persiste, con tozudez, «ajena» a él, aunque la apriete y retenga, precisamente porque pretende cogerla y retenerla, huye, se ríe burlona y queda intacta, intocable. Siempre lo dejará insatisfecho. A pesar de sus planes, él se va en breve y sin previo aviso, ¿para quién serán?

La tierra pertenece a los «mansos», a aquellos que nada reivindican. La idea que presenta hoy el Maestro es ser rico o pobre ante Dios. Es pobre ante Dios el que almacena dineros para sí, negado a los bienes del Reino y al compartir con los demás; es rico, en cambio, el que pone su corazón y su vida centrados en Dios y dedica al servicio de los demás lo mucho o poco que tiene, su abundancia o su escasez. El desprendimiento de lo terreno lleva a visualizar lo invisible, descubre el secreto de la naturaleza, el gozo del hombre y del riachuelo, de la poesía y la felicidad, la contemplación de la simétrica creación. Es el signo de la liberación en la alegría, liberada de angustia.

El cristiano, frente al usurpador avaro que busca la seguridad en los bienes terrenos, es el hermano, el contemplativo, el hombre de la amistad y del encuentro, que entabla y pide "comunicación". No vive y se detiene en las cosas, no se cierra, no acapara y rechaza; muy al contrario, se abre a la verdad de las cosas, avanza, se entrega, da y comparte, contempla y ama. Reside en la alegría de dar.

Camilo Valverde Mudarra

Este artículo tiene © del autor.

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