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UN EXTRAÑO EN LA COCINA

Ray Respall Rojas

CUBA



  Fernandópulus era el joven cocinero del rey de una comarca lejana, pero como era tan bajito, nadie lo consideraba digno de un nombre tan largo y le llamaban Fer. En cambio el anciano rey, que era alto, flaco y cascarrabias, pero con una enorme barriga, sí podía llevar su nombre, Alaguano. Este nombre le fue dado porque cuando nació se cayó en un balde de agua; desde entonces odiaba todo lo relacionado con este líquido y cuando lo llevaban a bañarse gritaba "!Al agua no!".

    Alaguano adoraba los placeres de la buena mesa, y devoraba con gusto los platos suculentos que le preparaba, con mucho esmero y limpieza, el pequeño Fer. Hacía a veces encargos un poco extravagantes, pero el cocinero se las ingeniaba para complacer­lo, viendo con gusto como la barriga de su monarca se hinchaba hasta reventar los botones de la camisa. Cuando un plato nuevo resultaba muy del agrado del rey, este premiaba al joven con una moneda de plata.

    Pero sucedió que de tanto pedir el rey platillos raros, se empezó a agotar la imaginación de Fer. Recurrió a los libros de cocina de su abuelita, a los de las amigas de su abuelita, y hasta a los de las abuelitas de los soldados que cuidaban el castillo; pero el caprichoso Alaguano pedía cada día algo distin­to... El cocinerito se estaba quedando sin recetas.

 

SORPRESA

   

Un atardecer, Fer se dispuso a preparar para la cena una sopa de alas de garza, cuya receta le había mandado la esposa del guardabosques; aunque no la había probado antes, se le antojaba una verdadera delicia. Tomó los ingredientes: acelgas, tomates, espinacas, cebollas, ajíes, ajos, papas cortadas en cuadraditos, rebanadas de zanahoria y, por último, las alas de garza, sin percatarse de que alguien había colocado en su lugar alas de buitre, y muy confiado los echó en el agua hirviendo.

    El rey, al probar la sopa, dijo que odiaba ese caldo más que al agua y, como castigo, no premió al cocinerito. Este regresó cabizbajo a la cocina, sin poder creer lo que le había sucedido... Esperándolo en un banco se encontraba un dragón.

    -Bajito, pero no cobarde- masculló Fer y se acercó al dragón, dispuesto a echarlo de sus dominios. Pero este, con cara compun­gida, le dijo en cuanto lo vio:

    -Fer, discúlpame, fui yo el que puso las alas de buitre en la sopa... como a los dragones nos gustan los buitres...-  ante el silencio y la expresión de furia de Fer continuó- Bueno, no es para tanto, soy un dragón, pero sé algo de cocina y me encanta inventar platillos; así que para lavar mi falta, mañana prepararé algo especial para el rey y tú lo servirás como si fuera una de tus creaciones... ¿amigos?- y extendió la pata.

    ¿Qué se puede hacer ante un dragón tan simpático y con el que se comparte la pasión por la cocina? Fer sonrió y estrechó la pata llena de escamas verdes como el perejil:

     -!Amigos!

 

LA MAGIA DE LOS PLATOS

 

   Al despertar muy temprano, como de costumbre, Fer pensó que lo ocurrido la noche anterior había sido un sueño. Se colocó su sombrero y su delantal muy blanquitos y corrió a la cocina... Tuvo que pestañear varias veces para cerciorarse de lo que veía: allí estaba el dragón, vestido de cocinero con un elegante traje, verde oscuro como la cáscara del pepino.

    -!Buenos días, Fer!- lo saludó amablemente- Mira lo que acabo de recolectar del huerto, pienso preparar mi crema verde para los dulces sueños- y le mostró una cesta llena de vegetales.

    Fer sonrió complacido y se sentó en un banco a mirar como se preparaba el plato; pero poco faltó para que se cayera del susto cuando el dragón empezó a cocinar. Y es que lo hacía cantando arias de ópera. No obstante la sopa le quedó tan exquisita que el rey se tomó siete platos, reventó todos los botones de la camisa y premió a Fer con una moneda de oro, diciéndole que ahora sí era un verdadero cocinero. Luego se retiró a dormir la siesta, con su séquito bostezando detrás. Fer también durmió, pues había probado la sopa antes de servirla, y soñó que volaba por los aires.

    El dragón cocinero era todo un tenor, pero su voz era tan alta y clara que llegaba a los más remotos rincones del reino, despertando a todo el mundo. Fer lo mandó a callar en varias ocasiones, pero el dragón le puso como excusa que el canto lo inspiraba a cocinar bien, así que el muchacho lo dejó hacer, cerrando las puertas de la cocina para que nadie viera al visi­tante, y pensaran que era él quien cantaba. Como no era muy adicto a las óperas, se conformó con ponerse unos algodoncitos en los oídos mientras durara el concierto; pues por lo demás, el dragón era un conversador muy agradable.

    Al finalizar la ópera de turno, el dragón terminaba de coci­nar !Y vaya comidas las que hacía! !Y cómo las adornaba con flores y hojas frescas, llenas de goticas de rocío! El rey no engordaba, pero su enorme estómago se hinchaba cada día más, mientras que las monedas de oro caían como gotas de lluvia en las manos de Fer, que después iba a celebrar con su amigo. Claro, tenían que salir muy tarde, cuando habían terminado de fregar los platos, y el dragón debía cubrirse con una capa y ponerse un sombrero  para  no  ser descubierto porque, !qué diría el malge­nioso Alaguano si supiera que su verdadero cocinero era un dragón!

    Los habitantes del reino se habituaron a despertarse cada amanecer con las óperas que cantaba el dragón con su voz potente como una campana, y al sentir los olores que salían de las coci­nas del palacio, se les abría el apetito y empezaban a hornear panes dorados, pasteles, bizcochos, a hacer caldos y asados suculentos. Pronto se habituaron a cantar mientras cocinaban, pues descubrieron que lo hacían mejor cuando seguían las melodías de las óperas... primero lo hicieron muy bajito, luego casi tan alto como el dragón. Hasta el propio Alaguano, pese a su perenne mal humor, cantaba mientras iba camino de la mesa. 

    Esto casi llevó el reino a la ruina, porque ningún forastero se quiso hospedar en sus posadas, !cómo querer ir a un lugar donde no se puede dormir la mañana! No obstante, los dulces que se hacían en el lugar fueron haciéndose famosos y comenzaron a salir cada día enormes carretones llenos de ellos para ser vendi­dos en las comarcas vecinas. Gracias a esto, regresó la prosperi­dad.

 

UNA FATAL COINCIDENCIA

 

   Una mañana como cualquier otra, mientras el reino se desper­taba cantando, alguien no lo hizo. Era la anciana reina, que yacía muerta en su lecho. Pero algo más pasó, el carpintero también había muerto esa madrugada y como sólo había dejado un ataúd terminado, nadie sabía qué hacer, pues el mismo derecho tenía a él la reina, por su rango, que el carpintero, por haberlo construido. Finalmente se decidió enterrarlos a los dos juntos en ese único ataúd.

    Terminada la ceremonia, digna de los dos célebres difuntos, Alaguano fue presa de una crisis de mal humor y comenzó a pensar que su esposa, después de muerta, le estaba siendo infiel. Ator­mentado por la duda pidió a Fer para la cena de esa noche una sopa especial, que en vez de dulces sueños, provocara visiones.

    El dragón la preparó, cantando un aria un poco melancólica y todos comieron enjugándose las lágrimas. Luego sintieron un gran peso en los párpados y se retiraron a sus habitaciones. Esa noche nadie en el palacio durmió bien, pues juraban haber visto a sus antepasados merodeando por los rincones. Por su parte, el rey habló con la reina y el carpintero y se despertó satisfecho, después de comprobar que los dos le eran leales más allá de la muerte.

 

EL SUEÑO MAS LARGO

 

   A causa del ajetreo de la noche anterior, Fer, que también había estado conversando con sus ancestros, olvidó cerrar la puerta de la cocina antes de retirarse a su habitación. Un criado que pasaba por ahí vio al dragón con su delantal preparando el desayuno y corrió, muerto de miedo, a contárselo al rey. Alagua­no, indignado, mandó a sus soldados a matar al intruso, ordenando además que su cabeza fuera colocada en la plaza, para que nadie más profanara las cocinas reales. Y así se hizo...

    Al llegar Fer y escuchar el escándalo, corrió a la plaza y vio el triste espectáculo. Las gentes apedreaban el cuerpo e insultaban a la cabeza, que lucía como un trofeo. Poco a poco se fueron aburriendo y retirando, pues la cabeza no respondía a las ofensas y el cuerpo era tan duro que las piedras se pulverizaban al chocar contra él. Quedó solo el cocinerito, anegado en llanto. En ese momento sintió un silbido y levantó los ojos.

    Ante su atónita mirada, el cuerpo se incorporó, se sacudió el polvo y buscó la cabeza. Se la puso como quien se pone un sombre­ro y guiñó un ojo al muchacho:

    -Ya me ves, amigo, ¡como nuevo!... Así que no llores más, que me vas a conmover.

    -Increíble, ¿cuándo vas a dejar de sorprenderme?- dijo Fer, corriendo a abrazarlo- casi me muero de tristeza cuando vi lo que te habían hecho estos malagradecidos. Pero dime, y te prometo que de hoy en adelante voy a escuchar todas tus óperas sin protestar... ¿quién eres?

    -Digamos que yo soy tú si hubieras nacido dragón, como tú eres yo si hubiera nacido de padres humanos... En fin, no hace falta que me entiendas para aceptar mi propuesta: ¿qué te parece si volamos a otro sitio donde podamos abrir  una posada con las monedas que hemos ahorrado, y tú recibes a los huéspedes mientras yo me encargo de la cocina? Por cierto, que esta vez sin capas, ni sombreros, ni puertas cerradas. ¿Aceptas?

    Mientras hablaban, no se había percatado de que su conversación estaba siendo escuchada por un grupo de curiosos, que ya habían mandado un mensaje al rey. Alaguano marchaba ahora al frente  de su ejército, rumbo a la plaza.

    -!Acepto!- gritó Fer, y ante los ojos de soldados, aldeanos y del propio rey cascarrabias, montó en las espaldas de su amigo que desplegó unas alas verdes como hojas de lechuga y se elevó por los aires, perdiéndose en el horizonte.

    Los que estaban en la plaza se retiraron a sus casas, inven­tando historias acerca del dragón y el cocinerito, tales como que habían intentado envenenar a Alaguano para usurparle su trono, que no eran tan buenos en la cocina como parecían, que las óperas molestaban... hasta convencieron al monarca de convocar un con­curso, al día siguiente, para elegir un nuevo cocinero real.

 

    ... Pero al salir el sol nadie despertó. Todos continuaron durmiendo, y aún continúan durmiendo, ya que les falta el canto del dragón.

 

 

RAY RESPALL ROJAS           

(a los 12 años)

PUBLICADO EN EL LIBRO "UN VERDADERO DOLOR DE CABEZA" DE LA EDITORIAL EXTRAMUROS, 2003

PUBLICADO EN LA REVISTA "LA EDAD DE ORO EN NOSOTROS".

 

 

Este artículo tiene © del autor.

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