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ODIO

Jesús Fidel Gonzalez

MÉXICO



«Hay cuestiones que ni Dios quiere saber de ellas; y ésta, es una de esas porque todos ustedes están malditos, sedientos de sangre «dijo Franco Verdugo, atuzándose los bigotes».

«Bueno, correrá sangre porque así quieren los Barra «contestó don Prudencio Fierro».

«No compadre. No sólo ellos son culpables de lo que sucederá; ustedes también lo son al ensordecerse como tapias. Y como se alimentan con rencor, por las venas les corre puro odio; por eso, nada más piensan en matar; y ante esa actitud, la única solución es que se agarren a balazos y no quede vivo ninguno de los Barra o de los Fierro. ¡Ah!, y entre más pronto, mejor será para nosotros «sentenció Franco Verdugo, para enseguida decir: «pero, por favor háganlo en la plazuela a la hora de la serenata o en domingo a la salida de la misa de nueve.

La luz mortecina de los focos, proyectaba las sombras encorvadas de los Barra discutiendo acaloradamente el destino de aquellos a los que tanto odiaban; el recuerdo de sus muertos, los enfurecía, y alzaban la voz para maldecir hasta la sombra de los Fierro al mismo tiempo que golpeaban la mesa con el puño. Sólo Isidro, que tranquilamente mordisqueaba el puro, parecía estar en otro escenario.
En el ejido la Maraña, los Fierro, encerrados en una bodega, oían música y canciones de caballos y de mujeres como si estuvieran en las vísperas de una gran fiesta y no en espera de la muerte que pronto llegaría en la voz de Miguel, primogénito de don Prudencio Fierro.

El pueblo, cubierto con gigantesco domo de un miedo oscuro y frío, aparentaba despreocupación ante el canto de la Carretilla de la Muerte y los hervores del Ojo de Agua; sin embargo, más allá de la sombra de don Benito Juárez, hasta el canto de un grillo los estremecía. El temor de la gente de toparse con bala perdido lo demostraba la soledad que llenaba todos los lugares apenas anteayer atestados de carcajadas, voces y suspiros.

"HOSPITAL GENERAL", letrero que a manera de apellido diferenciaba esa casa de las otras; pero que, como sucediera desde el siguiente día de ser inaugurado, permanecía vacío, cerrado, cayéndose a pedazos ante la indiferencia de las autoridades y del pueblo que preferían ir a Valle Florido a ver a un curandero muy famoso; no es ocioso decir que casi nadie se enfermaba, y los muchos que morían era por causa de algún balazo, machetazo o colgado, y siempre se apellidaban: Fierro o Barra.

El presidente municipal, prevenido por un adivino de la matazón que se avecinaba, se autorizó vacaciones a las Guásimas; mientras que el jefe de la policía, al enfermarse inesperadamente, se había internado en un balneario ejidal; en tanto que al destacamento militar, sin mediar explicación alguna, le ordenaron cambiarse al pueblo vecino. El cura y el sacristán, sin más compañía que la de sus sombras, continuaban cumpliendo sus obligaciones; además adelantándose a los sucesos, habían preparado aceite para extremauncionar a los que en el momento menos deseado caerían acribillados por la maldita sed de venganza de los Barra o de los Fierro; en el resto del pueblo, únicamente se notaba vida en la casa de Joaquín el carpintero que no paraba de hacer cajas para los muertos que pronto abundarían como quelites en tiempo de lluvia. Las hacía de dos metros de largo pensando en don Prudencio Fierro; también hizo cruces con el respectivo nombre.

Franco Verdugo, un hombre todo bondad, con la sonrisa pintada en los labios, alimentaba a las cucarachas y, canturreaba quién sabe qué canción, se asomó por la ventana y al ver la plazuela llena de barras y fierros retorcidos chorreando sangre, se estremeció y, santiguándose, se arrodilló dándose golpes de pecho. Luego, se mordió la punta de los bigotes y salió a la calle para unirse a las sombras que, atacuachadas en la oscuridad de la eterna noche, esperaban el desenlace del pleito largamente anunciado por los voceros de la muerte. Más tarde, hubo serenata y las sombras femeninas, desnudas, lucieron sus encantos ante la hipocresía vestida de negro que pudorosa las maldijo por tener cuerpos tentadores y tetas con pezones sonrosados.

Miguel Fierro, desnudo y con la cabeza reposando en el Monte del Amor tantas veces acariciado, dormía entre los muslos morenos de Helena Barra que sollozando le imploraba que huyeran, que abandonaran a los que sí querían morir; más él, despertando, la amó con tanta furia que los dos murieron en el pajar ensangrentado de la cama de sus tatarabuelos. Mientras tanto, los Fierro enmohecían por no recibir respuesta de los Barra.

«Un mes. Sí, treinta días que se han ido con el canto de la Carretilla de la muerte, y Miguel no regresa. A lo mejor lo mataron cómo ellos saben hacerlo. Creo que debemos mandarles otro recado pues no podemos seguir esperando; la muerte puede enfadarse y maldecirnos, recuerden que en los últimos tiempos ha estado de parte nuestra «dijo don Prudencio Fierro, asomándose por la ventan de su conciencia».

«Iré yo «se propuso Benjamín».

«No. Tú no. Eres el más pequeño y a quien más quiere don Prudencio; además, no podrías con la perversidad de ellos. Quédate, a mí me corresponde ir. Papá, sí usted no dispone lo contrario, en cuanto me dé la bendición agarraré camino «dijo Prudencia».

«Sí. Tú irás; pero no tardes, por favor regresa pronto porque necesito ver muertos a los Barra para poder morirme. Prudencia, hija, vuela y tráenos la muerte que tanto necesitamos para poder descansar. Si ves a Miguel, dile que he perdonado su debilidad «dijo don Prudencio, acariciándose los bigotes».

«Papá, les dejo preparado el café. Antes que anochezca tendrán la respuesta. A Miguel, hoy, no lo veré, pues se nos adelantó, muriéndose como él quería. No se olviden del café.
Treintañera, muy atractiva y sensual. La sonrisa, y el mirar de aquellos ojos azules a muchos habían enloquecido al pretender hacerlos suyos; pero fiel a su juramento, sonrisas y miradas pertenecían a Everardo Gracida Florescano, a quien conociera hacía siete años cuando ella estudiaba en la Facultad de Filosofía y que para diciembre vendría a La Maraña a casarse. Esa era Prudencia Fierro, la que ahora, segura de sí misma, caminaba apurada a cerrar el trato que tanto ansiaba su padre.

«¡Prudencia! ¡Prudencia!, espérame, traigo un mensaje urgente «oyó que la llamaban».

«¡Toño!, no me digas que me traes un telegrama «contestó, deteniéndose».

«Sí. Es de Everardo para tu papá; no lo había llevado porque yo también tengo miedo. ¡Qué bueno que saliste! Firma de recibido «dijo el mensajero, al tiempo que le entregaba el telegrama».

«Gracias Toño. Pero nunca olvides que nosotros a nadie le tenemos miedo «dijo Prudencia, cogiendo el sobre».

«Don Prudencio: rogándole me disculpe, respetuosamente, le pido conceda permiso a Prudencia para casarnos el próximo día veinticinco, pues he conseguido una beca para estudiar en Europa. Espero respuesta. Everardo Gracida Florescano.

Prudencia, leyó varias veces el mensaje; y con la alegría saliéndosele por los ojos, sonrió y decidió que podía construirse un futuro limpio de sangre, de muertos, y se dirigió al telégrafo.

«Everardo: autorizo matrimonio. Te felicito. Prudencio Fierro.

«Por favor transmítalo urgente. Quiero que llegue hoy mismo «dijo Prudencia, sonriendole a don Porfirio, el administrador del telégrafo».

«Te aseguro que lo recibirá inmediatamente porque yo mismo pediré que le den atención especial «ofreció don Porfirio, devolviéndole la sonrisa».

«Gracias, padrino. Ahora, trataré de que sea otro mi destino; porque odiando a los muertos que nos heredaron la muerte y a los vivos que la aceptan, ¡yo, quiero vivir! «dijo, y salió presurosa de la oficina para dirigirse a la guarida de los Barra».

Caminando deprisa, fue alcanzada por la voz desnuda de Miguel Fierro que parecía venir de muy lejos:

«Prudencia, en tus manos está evitar que corra más sangre. ¡Cásate con Isidro Barra! Recuerda que tú eres la preferida de Don Claudio Barra. Y bien sabes que nuestro padre, aunque no lo diga, ve con buenos ojos las pretensiones de Isidro.

«Miguel. No pidas que me sacrifique casándome con Isidro Barra. Antes que hacerlo prefiero que se maten; y digo que se maten, porque yo viviré, pues en este momento, voy a Valle Florido a reunirme con Everardo «contestó sin voltear, porque sabía que Miguel estaba muy distante de ella».

«Prudencia, perdóname por lo que te propuse. Perdóname. Tienes todo el derecho a vivir, a ser feliz con quien amas. Aléjate de este pueblo de muertos; vete en busca de Everardo y olvídanos para siempre; deja que los Barra y los Fierro acaben con el pleito que hace cien años comenzaron las mujeres en el río. Le pido a Dios que ojalá y nadie quede con vida, para que nuestras raíces sean arrancadas de tajo del suelo que, para su deshonra, nos vio nacer. No detengas tu caminar, sólo cambia de rumbo. ¡Apúrate!, pues los Barra no tardan en llegar «oyó la voz de Miguel que, rodando entre los cerros, fue a parar a los oídos de don Prudencio Fierro».

«Prudencia y Miguel ya no vendrán, les permití que apartaran de nuestro destino: él, descansa entre la intimidad de Helena Barra, pero nos avisa que ya vienen los Barra. Ella, con mi consentimiento, va a Valle Florido a casarse con Everardo; luego, se irán a lejos de nosotros y de estas tierras que las hicimos parir maíces y frijoles con sabor a sangre «dijo don Prudencio Fierro, dejando que la amargura de haber sido feliz esperando matar a los Barra, transformada en lágrimas, corriera libremente, sin pudor, entre las cuarteaduras de su machismo; sus hijos, respetuosos, dándole la espalda, voltearon hacia el oriente y también lloraron junto con el cielo que destripó varias nubes.

«Regresemos a casa. No iremos a buscar a los Fierro. «dijo don Claudio Barra, asomándose por entre las rendijas de su tristeza».

«Benjamín, sirve café para no dormirnos. Presiento que Claudio y sus hijos, agarraron camino contrario. A lo mejor fue más hombre que yo y prefirió huir tras la vida «dijo don Prudencio Fierro, tomando un sorbo de café».

Prudencia y Everardo, acompañados de la sombra de Miguel, formaban una familia sin huellas de sangre. Vivían, lejos de los recuerdos sangrientos de La Maraña, hasta que una noche, ella, dijo:

«Mañana, iremos a La Maraña. Miguel, me ha llamado, quiere platicar conmigo junto a las tumbas de la familia. Otro día, cuando apenas amanecía, emprendieron el viaje y por la tarde estaban en el panteón.

«Prudencio. Hijo. esta es la tumba de tu abuelito; aquella, es la de tu tío Miguel y más allá están las del resto de la familia «dijo Prudencia, cogida del brazo de su marido que silencioso observaba las tumbas de sus familiares».

De pronto solo ella oyó la voz de Miguel Fierro, diciéndole:

«Prudencia, han pasado veinte años esperando tu visita. Llegué a creer que nos había olvidado, que te avergonzabas de tu sangre. Lo bueno es que me equivoqué y estás aquí.

«Miguel, sigues siendo muy distraído. Aquel día cuando nos despedimos me dijiste que jamás volviera, que me desligara para siempre del recuerdo de los Fierro. Créeme que nunca los he olvidado.

«Prudencia, paga lo que debemos. Quiero que sepas que estuve en tu boda, te mirabas muy bonita, pero tus ojos estaban tristes, No me digas que fue porque no estábamos contigo «dijo Miguel».

«Sí, la tristeza que notaste en mis ojos, era por la ausencia de ustedes.

«Entonces, la sombra que vi a mi lado, ¿eras tú?

«Sí, era yo que siempre he estado junto a ustedes. Cuando nació Prudencia, oí su chillido; y el día que la vi, la acaricié como lo hacía contigo cuando eras niña. Tus hijos son muy guapos, parecen Fierro.

«Sí Miguel, en lo físico se parecen a nosotros, en lo demás, son iguales a su padre.

«Qué bueno que así sea. Hermana, la niña, se parece a ti. El más grande, es igualito a su abuelo, y Miguelito, es como yo, gracias por ponerle mi nombre.

«Miguelito, estudia música, es un niño muy sensible.

«Miguel, cada noche al acostarme, recé por ustedes y le rogué a Dios que los perdonara. A mis hijos les conté la verdad de lo que realmente fuimos e hicimos, nada les oculté.

«Gracias, hermana «dijo Miguel, viendo a Prudencia».

«Hice grandes esfuerzos para dominar la impaciencia de venir a visitarlos, y cuando había logrado resignarme a no volver, apareciste en mi casa, pidiéndome que viniera porque ansiaban conocer a mis hijos, así como para que diera cumplimiento a unos compromisos.

«Es verdad que fui a tu casa a pedirte que vinieras. Gracias porque me oíste, pero era necesario que volvieras para que la familia conociera a tus hijos.

«Vine tan pronto como arreglamos unos asuntos que Everardo tenía pendientes, y aquí estoy dispuesta a cumplir tus encargos, ¡aún el de matar si fuera necesario para que ustedes descansen. Si todavía falta algo, pide y obedeceré!

«Nada falta. Lo que te he dicho son los compromisos que deberás cubrir, lo demás quedará encerrado en la memoria de los muertos. Yo, Prudencia, jamás te pediría que mataras. La tierra, a ti te perdonó; pero a nosotros nos aborreció porque le echamos encima tantos muertos.

«Creo, que también a ustedes los ha perdonado, porque si no fuera así, no habría plantas verdes en las tumbas.

«Ojalá. Con nuestra sangre, borramos los apellidos Fierro y Barra y ya no habrá otra generación que los lleve. Ahora sólo existimos en el panteón. Tal vez, y aun cuando no sea para lavar nuestros hechos, alguien, algún día, descubra la causa que nos empujó a matarnos.

«Miguel, cree en que están perdonados. Y tus recomendaciones, ya las hemos aplicado, educando con amor a nuestros hijos.

«Está bien, que quieran a la gente, que sepan perdonar a quien los ofenda, pero que nunca acepten ser humillados por nadie porque dejarse ningunear es no ser un Fierro.

«Prudencia, si te encuentras con Helena Barra, dile que jamás la he olvidado, que seguido voy a buscarla al pajar; y que la única herida que no me cicatriza es la que me causa su desmemoria.

«Helena, sigue enamorada de ti. En sueños me ha preguntado por ti. La próxima vez que la sueñe le daré tu recado.

«Hermana, por favor cubre los compromisos y manda decir siete misas; equipa el hospital; ordena que arreglen las tumbas de los Barra; y entonces sí, olvidas para siempre a los Fierro. Cuida tu familia alejándola de aquí; distáncialos del lugar que nosotros hicimos maldito.

«Miguel, haré lo que me has pedido; pero jamás los olvidaré. Recuerda que mi sangre es Fierro Barra. Dile a mi padre y a mis hermanos que los tengo presentes en la cara de mis hijos y que me voy triste por no haberlos visto.

«Prudencia, olvidaba decirte que ocasionalmente me he encontrado con Isidro Barra, te recuerda con mucha ternura y me pregunta por qué no se casaron. Mi tío Claudio, cuando se junta con nuestro padre a jugar baraja, siempre le pregunta por ti. Benjamín te extraña mucho, y en sus delirios te llama para que lo arrulles. Los demás, parecen muertos, pues ni siquiera se quejan cuando les curo las heridas que por maldición divina, no han cicatrizado.

Prudencia cubrió los adeudos, ordenó las misas, arregló las tumbas de los Barra, y regresó al panteón para despedirse de Miguel, que ahora sí, emprendió el camino al lugar donde el pasado sólo Uno lo sabe.
Aquel día, a las siete de la noche, para sorpresa de las almas que se paseaban vestidas para fiesta en la plazuela; así como para la Carretilla de la muerte que agonizaba de tristeza en la Casa de la Cultura; la Campana Mayor, movida por los recuerdos de los buenos tiempos, de los tiempos cuando abundaban los muertos, sacudió el polvo y con voz ronca, desparramó por todas las regiones su invitación a misa de muerto. Tronaron cohetones; tocó la banda; cantaron los búhos y las lechuzas; el templo se iluminó hasta el último rincón; el cura y el sacristán vistieron de gala y se dijo la primera misa en memoria de los Fierro y de los Barra cuyas hazañas eran conocidas por los jóvenes y recordadas por los viejos, gracias a los corridos compuestos y cantados por el bondadoso y ahora nostálgico, Franco Verdugo, que seguía alimentando a las cucarachas, asomándose por las ventanas, y disparando con la mano izquierda balazos silenciosos, ahora, a las sombras grotescas que bailaban alrededor del Ojo de Agua que, desde hacía veinte años, había dejado de ser augur al convertirse todos en polvo.

Oficiadas las siete misas, el viento acarreó el eco de los aullidos de las balas, de los quejidos de la Carretilla de la muerte, de los murmullos de los hervores del Ojo de agua, de la voz de Franco Verdugo, de los martillazos de Joaquín el carpintero, de los tañidos de la Campana Mayor, de los rezos del cura y del sacristán.

.... y la historia de los Barra y los Fierro, se repitió en la "Dimensión donde nada existe".

Este artículo tiene © del autor.

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