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ZAGREB, LA PRINCESA CROATA

Valentín Justel Tejedor

España



 

La ciudad de Zagreb conserva un interesante patrimonio monumental, en algunos casos con innegables reminiscencias del influjo húngaro y austriaco, que el viajero va descubriendo a medida que recorre sus calles, y rincones todos ellos llenos de un encanto muy especial.

El centro neurálgico de la capital, es la bulliciosa plaza Ban Josip Jelačić que sorprende, por la extensión sobredimensionada de la misma, y por el variopinto paisaje humano, que se reune en cualquiera de las innumerables terrazas, para conversar con los amigos, leer el periódico, o saborear un café; o bien se concentra a la espera de subir en uno de los característicos signos de identidad de la ciudad, los tranvías azules.Así, mientras el sol brilla con justicia en ésta maravillosa explanada, sus reflejos producen mágicos destellos sobre los esplendentes y bruñidos railes, que zigzaguean como argentadas líneas paralelas hasta perderse entre el frenético tráfago cotidiano. Unas decenas de metros más adelante siguiendo la calle Ulica, se encuentra una de las galerias más bellas de la ciudad, con su hermosísima cúpula central de cristal policromado, sus accesos embaldosados en hermosos ejedrezados cinabrios y ocres; y su azabache enrejado exterior en el más puro estilo modernista. En esta misma avenida destacan varias edificaciones adyacentes, que engalan esta ajetreada arteria, por la profusión de sus ornatos, convirtiendo el paseo hacia la calle Tomiceva en un auténtico placer para la retina.

Las empinadas y adoquinadas callejuelas, que conducen a la parte alta de la ciudad, conservan un inalterable espíritu medieval, con sus todavía centenarios establecimientos de almonedas y anticuarios, algunos de los cuales simbolizan su presencia con brillantes armaduras en sus lignarios portones, que atraen la curiosidad de los impávidos visitantes, mientras otros comerciantes almacenan en su interior valiosas piezas de arte.Tras este pausado recorrido por un laberinto de pasajes y callejones se llega a la plaza de San Marcos, donde se encuentra una de las joyas de la capital zagrebí: La iglesia del mismo nombre, con su singular cubierta de tejas esmaltadas con escudos de armas. Desde este punto se inicia el descenso hacia otra de las peculiaridades de la ciudad, la Puerta de Piedra (kamenita vrata) una capilla ubicada en la confluencia de dos calles, con su altar, sus sillares, etc. Esta capilla es muy frecuentada por los habitantes de la ciudad, pues la leyenda cuenta que cuando se incendió esta parte de la ciudad, milagrosamente se halló entre las cenizas una imagen de la Virgen con el Niño, este hecho conmovió profundamente a los devotos, que convirtieron este emplazamiento en lugar de culto.

Destacar igualmente, la vivacidad, y animación existente en el Mercado del Dolac, situado entre la catedral de San Esteban, que despunta con sus dos impresionantes agujas góticas, y la parte alta de la ciudad. Un recorrido por entre sus puestos de frutas y verduras nos retrotrae a tiempos pretéritos. La variedad de fragantes aromas, y el amplio espectro de colores resulta una verdadera delicia para los sentidos.

El inmenso parque Maksimir, recrea un idílico edén, rodeado de sempiternas cespederas esmeraldas donde los paseos entre sus azulinos lagos, contemplando esculturas, pérgolas, y níveos cisnes resultan muy agradables, alejados del frenético trasiego urbano.

La parte baja de la ciudad esta formada por un trazado urbano de grandes plazas, avenidas, e imponentes edificaciones monumentales, en una de ellas, concretamente en la Plaza del Mariscal Tito, se ubica una de las construcciones más bellas de la capital: el Teatro de la Opera y Ballet, un regio edificio de estilo neobarroco, que se encuentra rodeado de míticos museos como el Mimara, uno de los mas importantes de Europa.

Estos diáfanos espacios de las llanuras de Panonia, representan la Nueva Zagreb, una ciudad tendida hacia el Sur del río Sava, un cauce fluvial de aguas transparentes en un entorno verdaderamente bucólico y fosco a escasos kilometros de la población, desde allí se observa la agreste silueta del monte Medvednica que domina la ciudad, desde donde las vistas de la capital son sencillamente asombrosas.

Abandonamos las tierras de la Panonia Continental, para dirigirnos hacia las costeras extensiones de la adriatica Dalmacia, con un perímetro ribereño de verdadero ensueño, donde se encuentran perlas como Split, Zadar, o Dubrovnik.Estas tierras resultan especialmente bellas al atardecer, cuando el otranto crepuscular va apagando la difuminada y rubescente luz solar, sobre las encalmadas y serenas aguas, de una costa jalonada de pequeñas ínsulas, que convierten estos lugares en auténticos espejismos de fantasía.

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