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BUDAPEST, LA PERLA DEL DANUBIO

Valentín Justel Tejedor

España



Budapest representa en si misma un magnífico museo al aire libre, pues en cualquiera de sus calles o avenidas se puede disfrutar del arte en su sentido más extenso.Así, bellísimas fachadas engalan sus amplios bulevares, con exornados arquitrabes, intrincadas nervaduras, cadenciosas columnatas, apaisados frisos, elegantes balconadas, o enmarañados enrejados. Nada escapa a la improvisación, pues parece como si la ciudad estuviera preparada en todo momento para recibir la visita de viajeros, atraidos por descubrir las maravillas que conserva en su seno esta primorosa capital.

Así, una agradable experiencia es recorrer el margen derecho del río Danubio, a bordo de uno de esos tradicionales tranvías amarillos, que avanzan con premiosidad, permitiendo contemplar todos y cada uno de los encantadores rincones de la orilla del barrio opuesto de Buda.La grandiosidad es la nota destacada, pues la mayestatica silueta del barroco Palacio Real, abarca de inmediato el centro de atención. Si bien, a medida que avanzamos otras construcciones no menos hermosas centran, igualmente el interés del viajero, ya sean la Iglesia de San Matias, o el no menos esplendoroso Bastión de los Pescadores.

Sin embargo, pronto la retina abandona su lejano enfoque situado en la elevada lontananza, para dirigir su mirada hacia la cercana orilla de Pest, embelesandose con una de las edificaciones más bellas de Europa: el edificio del Parlamento magiar.Un tardio estilo neogótico con sus suntuosas agujas flamigeras, y su sorprendente arquería ofrecen un fascinante espectáculo exterior, si bien en su interior la solemnidad y magnificencia también derrochan esplendor, así la caja de las gemelas escalinatas principales, con su rubescente alfombrado, sus pinturas alegóricas de Károly Lotz, y sus esculturas crean una atmósfera de lujo sin precedentes, pero quizá lo más extraordinario sea, sin lugar a dudas, el Salón de la Cúpula, que proporciona una espaciosidad, y luminosidad magistrales.

No muy lejos de allí, se encuentra otro de los mayores atractivos de la ciudad magiar, el mítico y reconstruido Puente de las Cadenas, pasear por su trazado temporalmente peatonal, supone atravesar uno de los accesos más carismáticos de la Europa Oriental, especialmente cuando al caer la anochecida, las centenares de bombillas ambarinas iluminan su plataforma (acastillaje), y sus arcos (arboladura), empavesando su estructura, que resalta en la lóbrega y fuliginosa osbcuridad.

La avenida Andrassy culmina en la Plaza de los Héroes, un grandioso monumento de exagerada escala, que muestra las glorias pasadas del imperio húngaro, en este lugar destaca la sensación de espaciosidad y amplitud superlativas.Cercano a este lugar se encuentra el reconstruido castillo de Vajdahunyad, con una fachada que evoca el bello palacio de Sans Souci de Postdam, y situada frente al palacete una de las estatuas más fotografiadas de Budapest de nombre Anónima.

Nuevamente, regresamos al centro de esta capital donde todo su entramado se encuentra sembrado de arte y belleza, encontramos excelsos edificios como la Opera, la Catedral de San Esteban, la Gran Sinagoga, y tantos y tantos otros, que bien merecen una premiosa visita, que permita contemplar con detalle, sus rasgos, curiosidades, y peculiaridades.

Otro de los atractivos caracteristicos de la ciudad son sus baños termales, donde se puede disfrutar de una jornada, verdaderamente sugerente entre las aguas a diferentes temperaturas, donde la plácida sensación de bienestar hace que nos olvidemos por completo del inexorable tiempo.Un paseo por la calle Vaci al atardecer, permite disfrutar de un ambiente nocherniego vibrante, y a la vez placentero, pues su embaldosado pavimento acoge artistas de todo el mundo, así como numerosas terrazas donde degustar los platos más típicos de la gastronomia magiar. Budapest es una ciudad hermosa, que resulta dificil abandonar, pues contemplar la belleza del dinámico matiz argentado, que tiñe las aguas del caudaloso Danubio con sus destellos irisados y tornasolados, enamora a quien relaja su mirada sobre la premiosa corriente; igualmente, disfrutar de los jardines y mosaicos florales de la Isla Margarita donde la noción del espacio se pierde, en una extensión de verdina y coloreada inmensidad resulta del mismo modo cautivador; maravilloso resulta observar desde el Palacio Real la magnífica trama urbana jalonada de singulares edificaciones, anchurosas avenidas, monumentales construcciones, y mágicos puentes, que hechizan por su peculiar beldad.De esta forma, es fácil comprender como tan sólo la anhelosa esperanza de regresar,calma el irrefrenable deseo de permanecer en esta fascinante ciudad.

Este artículo tiene © del autor.

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