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TRIESTE, E IL DIVO MARE

Valentín Justel Tejedor

España



 

 

 En la apaisada escollera, adentrada varias decenas de metros en el mar, una alegre y revoltosa brisa marina, agitaba sin cesar nuestros veleidosos cabellos.Amables rachas estivales, que inopinadamente refrescaban nuestra tez en el ardoroso y alto mediodia de aquella cálida mañana.Las aguas del Golfo de Trieste, con suave marejadilla, comenzaban a dejar entrever, algunas níveas palomillas, que caprichosamente se rizaban, clareando las crestas de un Mar Adriático teñido de un color añil tan hermoso, que hasta el Mediterráneo lo envidiaría.La refracción solar producía sobre la ondulante superficie incleibles destellos metálicos, como si miles de estrellas simultaneamente, se estuvieran reflejando sobre un fuliginoso y ácueo espejo.A quel enardecido fulgor resultaba tan intenso en ocasiones, que provocaba sorprendentes y espontáneos deslumbramientos, cegando momentaneamente nuestras retinas, para que pudieramos interrumpir la embelesada mirada, y así poder disfrutar con mayor premiosidad de la belleza de aquel onírico entorno.

Los verticales muros de los longevos muelles, exornados con verdinas capas de fino musgo, a modo de epidermis natural, recibían cada día la forzosa visita de unas cadentes olas, que producían con su quiebra un estruendo ensordecedor.Sin embargo, hasta los enhiestados norays ignoraban ese cotidiano retumbo, y preferían dirigir su mirada hacia las calles de esta encantadora ciudad marítima, en la que el mar forma parte de su propio espíritu.

Desde aquel nostálgico emplazamiento, cada una de las diferentes perspectivas de la ciudad, resultaban fascinantes, pues su emplazamiento en la denominada Riviera entre el Adriatico y las estribaciones de los Alpes Orientales le confieren un valor paisajistico sensacional. Así, a nuestra izquierda, la descendente cadena montañosa del Karts poblada por encarrujadas coníferas, se dibujaba como la esmeralda hipotenusa de un ángulo agudo, hasta desaparecer con la azulada mediatriz del horizonte marino. En esa misma línea costera se distingue en la lontananza, il Castello di Miramare, una preciosa contrucción, desde la que en cualquiera de sus ventanas se divisa el mar. A la derecha, las lejanas cúpulas y campanarios de la vecina Koper, la ciudad portuaria Eslovena, parecían sobresalir por encima de las gruas y spreader del inmenso puerto de Trieste.Mientras al frente, aparecía ante nuestros ojos la maravillosa trama urbana de una ciudad donde en primer término el Grande Canale, se presenta como una romántica acuarela pintada por algún artista plenamente enamorado del mar.

Así, la sobriedad impuesta por las rectas y alargadas líneas de fuga, contrastaba con los trazos cortos, multicolores, y horizontales, que señalaban a las pequeñas embarcaciones, que se encontraban allí fondeadas.

Aquella calma, y serenidad, se veía quebrada por el infinito vaivén de las embarcaciones, que recibían las sedosas olas por las amuras de babor o estribor, según su orientación en los muelles opuestos y paralelos.También se podía escuchar el sónido, que producían las asperas amarras, cuando llegaban a su máxima extensión y eran invocadas nuevamente por los fierros norays. Paradójicamente, lo más atractivo de aquel lugar, pleno de romanticismo, era ese intenso e inolvidable aroma salobre, que parecía reunir en su esencia todas las fragancias marinas.

Tras visitar el Grande Canale era fácil dejarse llevar sin rumbo fijo, entre el laberinto de calles magníficamente exornadas, por fachadas renancentistas de bella factura, entre mansiones neoclásicas con un claro influjo veneciano, y palacios de estilo liberty que nos iban conduciendo premiosamente hacia un lugar excepcional, del que dicen es la plaza más bella de Europa: La Piazza Dell´Unita D´Italia.

En esta plaza excelsamente ornamentada se distinguen tres hermosos palacios: el de Gobierno, el Comunal y el palacio de la Compañía de Navegación Lloyd Triestino. Cada rincón de esta magna explanada es sencillamente bello; su fuente, sus farolas de época, sus esculturas, sus edificaciones consiguen retrotraernos a otro momento histórico diferente, pero quizá lo más significativo es la inenarrable sensación que se experimenta al estar allí, sentado frente al mar, contemplando con suma premiosidad, su cadente oleaje, el movimiento en libertad de las agrisadas gaviotas, y el tráfago de idas y venidas de las embarcaciones de cabotaje, que hacían sonar sus bocinas anunciando su marcha o su regreso, desde o hacia una ciudad que vive en permanente simbiosis con el mar.

Este artículo tiene © del autor.

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