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FRANCISCO UMBRAL, EL POETA DE LA PROSA

Valentín Justel Tejedor

España



 

Francisco Umbral, periodista con alma literaria, que supo reflejar con histriónica perfección el cotidiano acontecer de los madriles, de la manhattánica anonimizada, o de la Reina de la movida, como el mismo solía referirse, en ocasiones a la capital de España, nació en Madrid, aunque su infancia y adolescencia transcurrieron en la ciudad de Valladolid, la relación fría y desabrida de su madre hacia él, marcaría su carácter agrio y su indomable personalidad.Se escolarizó tardiamente, aunque tenía como segundo hogar a la Biblioteca Pública.Su incansable afán y avidez por la lectura le convirtieron en un autodidacta. Comenzó su carrera periodística en el año 1985, en el diario El Norte de Castilla de la mano de Miguel Delibes. Más tarde se traslada a León para trabajar en la emisora La Voz de León y en el diario Proa y colaborar en El Diario de León.En el año 1959 contrajo matrimonio con Maria España Sanchez, fruto del cual nació su hijo "Pincho", que murió a la edad de seis años.Este hecho marcó profundamente al escritor hasta el punto que su redacción se volvió más costernada y desesperada, esta dramática circunstancia originó que el escritor volcado en el más absoluto desconsuelo escribiera Mortal y Rosa en el año 1975, considerada por muchos una de las obras maestras de la literatura española de la segunda mitad del siglo XX.

En ella, un magistral Umbral captura a través de sus palabras, la alegría de un niño, de un hijo, y el sufrimiento y el dolor extremo, que provocan su pérdida. Basta una única línea para comprender el escalofriante tono de algunos de sus pasajes: "Sólo encontré una verdad en la vida, hijo, y eras tú. Sólo encontré una verdad en la vida y la he perdido".

En Madrid, encontró en las tertulias literarias del Café Gijón, su mejor antídoto para la pesadumbre, de la mano de Camilo Jose Cela y otros escritores de gran talla, que le ayudarían a publicar algunos de sus primeros libros como "La noche en la que llegué al Café Gijón", posteriormente a la vez que desarrollaba una intensa actividad literaria plasmada en libros como "Las Ninfas", "Los Metales Nocturnos", y tantos y tantos otros, escribía crónicas y publicaba columnas en periódicos y revistas de prestigio.

Su despiadado costumbrismo, sarcástico, agrio, y mordaz, al narrar las últimas décadas del siglo, siempre iba acompañado de un soniquete lírico, que dulcificaba la audaz transgresión, lo que le hizo acreedor de un sello de autenticidad, dificil de imitar, pues su estilo mediatizado por la metafora surrealista, y el ingenioso neologismo, así como su prolífica obra compuesta por novelas, ensayos, columnas, artículos, entrevistas, memorias, crónicas, poesía y biografías, le convierten según el crítico literario Jose Maria Valverde en un "autor sin género", porque él creó su propio genero:el Umbralismo.

Avatares de su devenir existencial le situaron en la capital de España, en una metrópoli habitada por un importante número de emigrados provincianos, que con el transcurso de los años se sentían tan castizos como el que más; en una metrópoli que según el escritor tenía más metros que ferrocarriles, y más esperanzas que desesperanzas. Se refería a Madrid, como un Chicago que cabe en un cuplé y le van creciendo los rascacielos como Metros verticales. Madrid es que es demasié;en una metrópoli donde las ninfas de la escena española se operaban los pechos, y los poetas se disfrazaban de cantantes. En este contexto de sacralización, frenesí, lujuría, y sentimiento exacerbado por la Villa capitalina su musa no podía ser otra sino Madrid, la cual, le inspiraba para escribir tanto de los antañones, como de los postmodernos personajes de la vida social de la capital. Los madriles que él describía como un perfume de acacias adolescentes y una temperatura de verbena con organillos que glosaban la alegría triste de las corralas y la colonia casera de las mozas. La ciudad hecha de improvisaciones, empecinada y bandolera. El pueblo abierto, liberal, español en alpargatas, que nunca ha entendido los laberintos regionalistas salvo como zarzuelas, y donde tienen casa abierta todas las provincias de España, que en seguida se hacen solubles en la unanimidad popular de la calle. Asíduo participante en las tertulias del viejo Galeón de la literatura española, el mítico Café Gijón de la madrileña calle Recoletos, en las que igual departía interesantes conversaciones sobre el periodismo de autor (americano), versus el periodismo de periodico (español), con renombrados y veteranos informadores, que aburridas e intranscendentes charlas con noveles poetisas provincianas, que traían sus rimas bajo el sobaco.

Según el desaparecido poéta Jose Hierro, lo que de verdad le apetecía a Umbral era ser cronista de sociedad, cotilla por lo fino, notario de lo banal y efímero, flagelador de la estupidez.

Así, siendo muchos sus detractores y muchos igualmente sus fieles correligionarios lo cierto y verdad, es que ni sus textos, ni sus personajes dejaban indiferente a nadie: incombustibles folclóricas de faralae, gurruchagas postmodernos de la música, políticas de Telva, y un largo etcétera convertían sus narraciones en un verdadero crisol cotidiano de la España de pedanía.

Su inconfundible personalidad, sus gafas de pasta, bufanda blanca, aire bohemio, tono incisivo y perspicaz le otorgaban ese aire propio de los escritores noventayochistas, que tanta gloria dieron a este país.

No obstante, su recuerdo permanecerá vivo, en alguno de sus rincones favoritos, junto a la mesa camilla sentado en su sillón de mimbre, con su vieja Olivetti, rodeado de libros, y con su retrato sobre la chimenea;o en el Café Gijón, dónde conversaba en las diferentes tertulias, entre la luz de los esféricos apliques, junto a las recogidas cortinas rubescentes de los miradores de Recoletos, o sobre los bermejos sillones corridos, que recordarán a uno de los primeros prosistas de la lengua española del siglo XX, según Fernando Lázaro Carreter; a un memorialista del siglo XX, en palabras de Luis María Anson; o al mejor escritor de periodismo contemporáneo, en opinión del periodista Pedro J. Ramírez.

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