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Noches de clausura

César Rubio Aracil

España



A todas las almas que ansían la libertad

Aquí tenemos una estampa más de la represión sexual. Situémonos en un convento de frailes. Día tras día, con misas, maitines y nonas, desde el abad hasta el último de los profesos intentarán engañar a los más rebeldes instintos. Durante el desayuno, rezos; en el almuerzo, oraciones. Y al final de la jornada, después de la cena y de más plegarias a Dios y al Santoral, el religioso se encontrará con la celda del umbrío cenobio donde algunos de los monjes maltratarán con el cilicio al pecado de la carne. Mas tal vez sea el padre prior el que recuerde con añoranza la tarde en que, después de confesar a una monja, le impuso como penitencia que rezara trescientas avemarías luego de lavarse el coño con agua bendita. ¿Considerará algún pío lector, o compasiva lectora, que mi intención en este apartado es irreverente? Si así fuese, les pido de antemano mil perdones por si ciertas expresiones aquí vertidas pudieran dañar sus delicadas conciencias. Puedo asegurar bajo palabra de caballero que no siento ninguna inclinación peyorativa al respecto. Si acaso, permítaseme un cierto tono jocoso con el que restarle rigor al relato, ya que la vida monástica requiere de una fortaleza de ánimo que no todos podemos ofrecer para bien de las almas descarriadas. Dicho lo cual, y sin más enojosos paréntesis, voy a referir un hecho que hubiese podido variar de modo sustancial el curso de mi existencia, lo cual, por ventura para mí y para mayor gloria del Señor, no sucedió.

En plena represión franquista, cuando yo tenía doce años y mi querido padre, que en gloria esté, acababa de cumplir condena por rojo, una señora de comunión diaria, dama de mesa petitoria y una de las responsable de la cuestación de Auxilio Social, con la venia de mi señora madre y la vista gorda de mi progenitor, quiso convencerme de que mi vocación, dado mi, por entonces, carácter introvertido, no podía ser otra que la del sacerdocio. Pero como en esa época se daba la curiosa circunstancia de que yo empezaba a meneármela y, por ende, a sacarle provecho a la vida, se me antojó que, siendo cura, ya no podría permitirme ciertas licencias como, por ejemplo, guardar en la memoria la imagen de las domingas de mi interlocutora que, de soslayo y a regulares intervalos, contemplaba a través de la abertura de su recatado escote.

- No, doña Virtudes. Gracias, pero yo no debo ser religioso. Me conformo con ejercer de monaguillo -creo que le contesté, aunque, para no mentir, con las palabras propias de mi corta edad.

- ¿Por qué, cariño? El Sacramento del Sacerdocio es el más preciado don que puedes recibir de nuestro Señor. Además, tu padre acaba de salir de la cárcel y, con tu ejemplo, puedes impedir que vuelva a presidio. Porque siendo tú seminarista, la misericordia de nuestros ejemplares dirigentes se hará notar en toda tu familia.

Doña Virtudes me dejó tocado y durante mucho tiempo estuve en vilo pensando que mi padre podría volver a la cárcel por haberme negado a ser cura. Creo recordar que fue en aquella etapa de mi temprana vida cuando comencé a odiar con toda la intensidad de mi ser. Cada vez que veía a la mujer que quiso ser mi protectora, se me encendían las luces rojas de la animadversión. Le deseaba una muerte instantánea, que desapareciese de mi vista y que no volviera a cruzarse en mi camino ni en el de mi familia. Intentó convencer a mis padres para que me sedujeran y así poder yo estudiar en un seminario, aunque ellos jamás actuaron a contracorriente de mi auténtica vocación: la de ser marino. "El chico tiene vocación religiosa, estoy segura de ello", les decía. "Yo cargo con el gasto de sus estudios", la muy zorra. Pero no se le ocurrió ofrecerme el ingreso en la Escuela Naval. Después, cuando la trasladaron a Madrid para darle un cargo importante en la Sección Femenina, descansé. ¡Yo cura! ¡Ja! Con lo que me gustaban -oiga, y me siguen gustando- las mujeres. De haber ingresado en un convento, estoy seguro de que me habría convertido en director espiritual de las monjas de clausura. Recuerdo bien que, sobre todo las novicias, me enloquecían. A veces me veía puesto de ropas talares leyéndoles a las hermanas los Santos Evangelios en el refectorio, a la hora del almuerzo. Por el tiempo he llegado a comprender muchas cosas. Por ejemplo, lo dura que puede serles a los hombres la vida monástica. A las mujeres menos, porque el problema del celibato suelen llevarlo mejor. ¡Pero los frailes ...! Los hombres de manga lo tienen crudo a todas horas, aunque mucho más cuando, en el catre, no pueden atenuar la tensión acumulada durante la vigilia de todo un santo día huyendo de las humanas (ellos dicen diabólicas) tentaciones. Esos dignos redentores, ni con misas ni con rezos ni con cilicios escapan a la tormentosa llamada de la carne. Y cuando, de rodillas en el lecho, imploran de nuestro Señor Su clemencia, menos aún pueden hurtar el cuerpo a la sombra de la concupiscencia que los persigue hasta en los sueños. Ellos dicen: Feras dificilia ut facilia perferas ("Soporta lo difícil para que puedas soportar mejor lo fácil"). Mas yo, recordando un proverbio medieval (Femina est quod est propter uterum), creo que tenían razón nuestros predecesores góticos al creer que la mujer es lo que es por el útero. ¡Naturalmente! ¿Qué es el útero sino la cuna de la vida? ¿Y qué la mujer sino la artífice de la glorificación masculina? A ella le debemos los varones la merecida pleitesía que no le otorgamos por ser unos soberbios machistas. Y si no me equivoco al pensar que el seno materno está iluminado por la luz divina, y que para fecundarlo se precisa penetrar en ese magno lugar por su puerta principal, no me queda otro remedio que implorar del Supremo Hacedor Su clemencia, para que mi humilde vástago reproductor pueda vencer la fuerza de la gravedad en los momentos culminantes de mi ambiciosa existencia. Todo lo contrario que hacen los freires cuando se encomiendan a Dios para sentirse liberados de la constante murga fálica, ya que lo que pretenden es contrario a la fuerza física más poderosa del universo. Por eso están día y noche derrochando sus energías para ahuyentar de la mente aquello que los senectos añoran y se esfuerzan por conservar íntegro en sus neuronas, y que la juventud dispone a su antojo para envidia y martirio de la impotencia varonil. Considero una afrenta al Creador el pretender ir en contra de Sus designios. Si Dios tuvo en cuenta la genitalidad como cuestión indispensable para la perpetuidad de las especies, no por ello despreció el sexo como elemento de satisfacción. Al margen de Su divina idea reproductora, también debió de tener bien presente la imposibilidad humana de sustraerse al mayor de los goces universales por Él concebido y creado. Tanto la mujer como el varón son libres de hacer de su vida lo que les plazca o sus circunstancias le permitan, allá cada cual con sus ideas. Sin embargo, pienso que sería mucho mejor para el mundo el ir restándole represiones a la vida. Estimo que el celibato es la mayor de las soberbias: un reto a Dios. Yo le recomendaría al monjío que no guarde con tanto celo su señorescontigo; que lo ventilen de vez en cuando, para mayor gloria del Gran Hacedor. Y a los congregantes masculinos de la Orden Religiosa: abades, frailes, recoletos, enclaustrados, prepósitos, curas de misa y olla, y a todos los cenobitas habidos y por haber (hago excepción de los prelados y reverendísimos, ya que estas eminencias se las saben todas más tres) de que, en contra del Vaticano, demuestren su virilidad haciendo felices a las siervas del Señor. Y que ellas, madres amantísimas por antonomasia, dejen en suspenso in aeternum la arcaica idea de que el fornicio es un pecado capital. Porque pecado es, y muy grave, el permitir que su himen envejezca con ellas hasta la muerte. Amén.

Este artículo tiene © del autor.

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