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X. LA FAMILIA. MUJER Y PERSONA

Camilo Valverde Mudarra

España



Es dadora de vida y cocreadora con el Creador.

La mujer es trasunto, imitación viva de Dios. Así, puede inclinar la naturaleza y traer la vida por medio de la autonomía y la facultad generadora de una entidad inmortal afortunada. Es el otro ser, el fundamento esencial de la vida, la compañera en la concordia de la unión matrimonial y social. Es dadora de vida y cocreadora con el Creador.

La mujer porta la maternidad; está destinada a ser Madre. En su seno forma al niño, en su regazo se cría, con su aliento crece, por su enseñanza afianza su personalidad y en su educación adquiere el fundamento de los valores humanos y morales. Ella es el faro que alumbra su vida; el amparo de sus pasos en el pedregal de la vida; el timón que sortea el oleaje en la procelosa navegación del mar del materialismo y del relativismo. La madre es la luz más dulce del alba; es abrazo, abnegación, y comprensión. Madre significa fortaleza y bondad. Su sonrisa, consejo y desprendimiento son los mejores asideros del hombre. Madre es la primera palabra que se aprende.

Aspecto afectivo

En el campo de la afectividad, destaca en la mujer su intensa emotividad. Está pronta a las impresiones y rápida en las emociones. Su umbral sensitivo es más ancho para las excitaciones cutáneas, gustativas, olfatorias y de color. Distingue muy bien los tonos y colores, pero no tanto, los pesos, las superficies y las longitudes. El poder de asociación mental, al parecer de algún autor, es menos intenso en lo referente a inventar nuevas representaciones de tipo combinatorio de la lógica científica. En ella, resalta la capacidad instintiva, la inclinación a personalizar y particularizar y su afición por lo inmediato y próximo, objetivo y existente antes que a lo remoto e inicial.
Es más práctica que idealista. Antepone el amor al honor. Es sentimental y subjetiva, indulgente y caritativa, paciente y contemplativa, compasiva y amorosa, tierna y piadosa; es que es maternal.

En su vida afectiva, los sentimientos y afectos tienen un significado de mayor profundidad. Su ternura en el amor, sustentada por lo vital que impulsan los rasgos instintivos, se fundamenta en raíces muy hondas. Las ondulaciones anímicas presentan una inflexión más estricta y temporal. Su actitud ante la desgracia imprevista es más firme, anudan menos su alma en la reacción, y responde menos atenazada en la toma de decisiones y en la potenciación del actuar necesario. El suceso triste o la eclosión gozosa que imprime en el alma el impulso de una realidad embargante siempre impiden menos la serenidad de la mujer y le dejan espacio para la tranquilidad del pensar.

Las manifestaciones psíquicas del ser femenino se colocan en el desarrollo de la afectividad y de la imaginación. Es casi obvio que digamos que del mismo modo que existen objetivas diferencias en el complejo del mundo orgánico entre hombre y mujer, también hemos de poner en consideración las divergencias que se producen en todo el difícil entramado psíquico. Es ahí, donde hay que observar una precocidad y viveza de la inteligencia mayor en esta última que en aquel.
En su psiquismo, se aprecia, con facilidad, que la mujer es siempre más sensible y afectiva en todas sus relaciones, efectos cualitativos sumamente precisos para cumplir su alta misión de criar y cuidar a los hijos. En ella, es extraordinaria y superior la capacidad de soportar, de sufrir y de comprender. Sabe con delicadeza y mimo poner su atención amorosa y ensanchar su corazón en cada una de las circunstancias que aparecen y así lo exigen.

Es menos dispersa y bastante más concéntrica, unívoca y acabada. En su ser anímico, la mujer se inicia con más rapidez y se amplía en el espacio y en el tiempo, con mayor estabilidad, de manera que remansa la versatilidad irregular del hombre. La forma de vivenciar lo temporal atañe directamente en los pliegues de su mundo afectivo en que se valoriza el presente. Por ello, su fácil manejo en las relaciones interpersonales, más abierta y dispuesta a la comunicación y al trato afable, lo que le confiere ese carácter estabilizador que desempeña en la sociedad, tal vez, inserto en ese sentido poco revelador de la coherencia y simplicidad misteriosa del ser de la mujer.

La intencionalidad de los sentimientos y su virtualidad cognoscitiva se realizan en ella con más soltura. Las unidades afectivas destacan junto con la emotividad, en el universo femenino, los sentimientos vitales en cuanto que revelan las vías de relación del organismo con el mundo real.

Mujer y Persona.

Persona es el ser que desarrolla las potencialidades inherentes a su naturaleza. La persona contiene todas las notas y posibilidades que, por esencia, le confiere su propia naturaleza. La personalidad es cada repetido momento vital, en que el equilibrio existencial del espíritu muestra la “yoidad” ante circunstancias y estímulos externos y nos hace “ser”. La persona está en el amor y en el sentimiento, en la risa y en el llanto, en la vida y en la muerte, se encuentra en la actividad personal del “yo” entroncado en la existencia.

La personalidad femenina es rica y muy compleja. La mujer es melodía y poesía, es ternura y momento. Vive el detalle, la concreción y la pequeñez. Su rumbo es la esperanza, la vitalidad y la fortaleza. Es dispensadora de gracia y humor. Su desprendimiento, resistencia y solicitud no tienen límites. Su índole innata es la capacidad esencial del amor. Derrocha su propio ser que es el cariño, la seguridad y la moderación. Es la vida, portadora y dadora de la vida y afirmación de la vida, por eso va delante, su visión es más amplia, admite la innovación y avizora un horizonte más ancho. En la penuria y desgracia, es sostén y báculo de pacificación. En la percepción de la realidad, desecha lo colectivo y viene a lo individual.

Es la familia y es la educación junto al esposo. Su carácter natural de entrega y amor, en su acción educativa, se trasmite a los hijos; su inclinación al diálogo y a la paz será siempre el germen para el crecimiento de individuos que vivan la oferta, el servicio y la dedicación al prójimo; y, en este ambiente materialista, consumista y hedonista, proveerá ciudadanos menos violentos y egoístas. Son muchos los escollos que sufre la humanidad por los egoísmos y la violencia de los varones dirigentes.

El mundo actual, aún en manos masculinas, no encuentra la vía para implantar la justicia y la paz; Es muy posible que si, en un vuelco pacífico, pasara a la dirección y ordenamiento de la mujer, la sociedad encontraría solución a los males que la atenazan; para lo que la mujer, desechando las directrices de gobierno masculino, como es usual en la actualidad, habría de imponer su carácter femenino a su acción gubernamental. Seguramente, ella, habituada al gobierno secular del hogar, sabría establecer un reparto mucho más justo de la riqueza, la defensa de la vida del planeta, las innumerables luchas sangrientas y resolver todos esos terribles asuntos amenazantes que agobian a la humanidad.

Camilo Valverde Mudarra

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