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VECINOS PER VERSOS

Gustavo Marcelo Galliano

Argentina



El documento de identidad no es falaz. En él se puede aún leer claramente, a pesar del sepia creciente de sus hojas: “BEDETODO, Nicéfora Aquilina”. Estampado en tinta china.
 

Aunque ella se había encargado minuciosamente de que casi nadie se enterase. Decía llamarse Nissette, por sus abuelos franceses, tan lumínicos como ilustrados. Según su propia historia, según su propia histeria. Y gustaba que le llamaran Niza. Muy fino y delicado, tan dulce y recatado. Como la vida deseada, allá de joven, en aquellas horas de carne trémula y Corín Tellado.
 

Desde pequeña fue educada para cuidarse ante todo de los males de este mundo, de los vicios y desquicios, de la lujuria y su embrujo, de los hombres y los nombres, de las voces y los roces, de la noche y el derroche, de la mirada y la sonrisa, del qué dirán y pensarían. Y fue un enorme esfuerzo, una tarea delicada, un trabajo dedicado el mantenerse pura y recta. Es que a veces por las noches, envuelta en sus frazadas, la carne le reclamaba por las ansias reprimidas. Pero su madre le había dicho que la piel es traicionera. Que si es propia es gran pecado, más aún si es ajena.
 

Y los rezos, y el silencio, y los ojos aprisionados, rogando una claridad que oscurezca hasta el llanto. Y ese manto se hizo eterno con el paso de los años, y la tersura fue ave que presurosa volando, le adormeció el almanaque a cambio de sus arrugas.
 

Fue entonces que decidió ya merecer compañía.

No importa si él era bello, dulce o considerado. Su madre le había explicado que los hombres son calcados. Que se guían por el deseo y no piensan demasiado. Por ello debía encontrarse a alguien mayor que ella, a más años menos llama, a menos llama menos fuego, a menos fuego más calma, y a más calma más consuelo. En lo posible honesto, o al menos parecerlo. Eso decía su madre, y si ella lo decía pues de seguro sería cierto.
 

Por supuesto, propietario. De un inmueble o un comercio, abrigo de posibles fríos, respaldo de futuros años. Y ella conseguir trabajo, en lo posible a diario, para estar más compensada y no deber soportarlo. “La tempestad del tiempo termina apagando la posibilidad efímera que una brasa subsista y reavive un incendio”. Eso decía su madre... por ello, debía ser cierto.
 

Y así fue que ella contrajo enlace con Hortensio.

Trabajador y callado, conservador y sumiso, pero ante todo: converso. Más dócil y manejable que mascota avejentada, con respetable apellido y un respaldo financiero. Distancia durante el día. A la noche solo calma. Solo una cena abundante, plena de escasas palabras. Sin velos ni más desvelos. Tranquilidad en la cama.
 

Pero sus problemas eran otros. Eran sus nuevos vecinos. Aunque pensándolo bien, siempre fueron los vecinos. Hoy, los de la casa de enfrente, de dos pisos y a dos aguas, y cuatro malditos críos. Todo el día que entran y salen, corren descalzos y saltan, y ante cada va que viene, su puerta chirriante clama. Que la mayor es muy aguda y la menor estridente, que el del medio es travieso, y el pequeñín, berrinchero. De seguro que sus padres no tienen clase ni linaje, de seguro son lascivos y demasiado permisivos. ¡Hay si los viera mi madre!, pensaba desconsolada. 
 

Si hasta a mitad del descanso, cuando emerge medianoche, percibe extraños sonidos perforando la ventana, ¿será que acaso respiran con desmedida resonancia?.
¡Malditos nuevos vecinos!, siempre destrozan la calma.
¿Y los escandalosos de al lado?, lujuriosos, pervertidos. Seguramente promiscuos que jadeantes se babean. Los gemidos por las tardes se vuelven insoportables, y por las noches terrible, las paredes tambalean, pareciera no se cansan. ¿Acaso es que los jóvenes siempre gozan... y no descansan?...
 
 
Y a escasos cincuenta metros, “¡Dios me salve!” un colegio mixto. Adolescentes que adoran comportarse como simios. Mujercitas convertidas en hembras de la jauría. Los gritos de esos imberbes que se esparcen por el aire. Sus grotescas risotadas... sus corridas resonantes... sus celulares estridentes... sus burdos ecos descontrolados. Delincuentes en potencia que los nervios le han crispado.
 

Y para colmo de sus males, han demolido en la esquina aquél viejo restaurante gaucho y construirán a lo breve un moderno edificio. Que de seguro será enorme, y obstruirá la luz y el aire. Si hasta imagina el sopor, ya puede sentir el ahogo. El sofocarse de pronto. Y serán demasiadas nuevas voces, demasiadas nuevas risas, demasiados nuevos llantos. Todo ese gran gentío respirando, contaminando, dentro de sus cajitas de fósforos que llaman “departamentos”. Sus infinitas ventanas. Infinitos pensamientos. Demasiada luz de noche, demasiada sombra de día. Y de seguro que ahora sus coches estacionados no dejarán que nosotros, los antiguos, tengamos nuestro espacio. Se roban nuestros derechos. Aniquilan nuestro pasado.
 

Niza suele añorar: “¡Hay si mi madre viviera!”.
No termina de comprender como nadie se ha percatado. El porqué no se procede contra la turba infame, como pueden tolerar tanto desorden, tanto caos. Tanta insulsa algarabía, tanta alegría por nada. No termina de entender porqué parecen felices. Ser feliz es perder tiempo, aunque ya el tiempo no valga nada. Derrocharlo es pecado, sufrirlo es nuestro cargo.
 

Niza siempre está atenta. Aún al llegar el descanso; ha renunciado al trabajo. Así tendrá todo su tiempo para estar sola en la casa. Para cuidar de lo suyo. Para hacer suyo el cuidado. Y apostada cual vigía, parapetada, encubierta, controla a sus vecinos desde su trinchera de cortinas. Conoce todos sus horarios, sus pasos y los descansos, hasta distingue los dejos de suspiros extraviados, el retumbar de tacones, el tintinear de sus llaves. La tos y la carraspera. La risa y el desenfado. Nadie podría engañarla. Por ello continúa atenta. Cuidándose de los perversos. Protegiéndose de sus vecinos. Se repite una y otra vez: “nadie debe sorprenderme”. Y al despuntar de cada alba ya la encuentra en su ventana, controlando a las gentes, a sus vecinos, a los niños, a los extraños. De ella nadie escapa. Y en su agenda anota rauda.
 

Acaso sin comprender que se ha abarrotado de gula y de avaricia, de lujuria e impureza, de codicia y desidia, de maldad y pecado, de pensamientos extraños, de odio hacia los humanos. Pero el peor de sus defectos es que ante todo ha olvidado, que vida hay una sola, que soñar es algo preciado. Que la vida es mucho más simple que lo imaginado por un desconfiado. Que al buscar dobles sentidos, su soledad ha duplicado.
 

 Mientras tanto, su esposo pasea, pasea y pasea al perro. Un labrador dorado. Dorado como los viejos tiempos, aquellos que está añorando. Sí, él pasea y pasea al perro, quizás desde hace demasiados años. ¡Hay si su madre viviera!... Seguro coincidiría... que él parece un anciano muy, muy extraño.

Este artículo tiene © del autor.

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