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3 | VOZ DE LA ILUSIÓN

de "Mortal Eterno".

José Antonio Suarez García

España



 

Tú me llamas, mujer, con voz profunda

que se hace melodía, aquí, en mi alma.

Yo te llamo, mujer, y en el vacío

mi voz se pierde sin tí, fuera, en la nada.

Mas yo insisto, monótono, cual pájaro

buscando la luz entre las ramas,

y mi canto se pierde bajo el cielo

insondable, infinito, de mi alma.

 

Tú me llamas, mujer, como sirena

cantando en el fondo de mis ansias,

en tus ojos oculta, entre tu pelo,

en tu breve hermosura iluminada.

Quieres en mí hacerte idea, anhelo,

inmortalidad, amor, oscura ansia.

Quieres hacerte ídolo de carne,

quieres arrojar a Dios, poseer mi alma.

Pero conozco tu voz terrena y dura,

aunque nunca ha brotado en mi garganta.

Voz del instinto que, para mi carne,

se hace a la vez ardiente espada.

Voz sin libertad, de amor y de fiereza,

que adquiere mi amorosa resonancia,

aquí, en mi silvestre primavera,

desde cuyo verdor perenne tú me llamas.

Voz que penetra en mi hueso y en mi sangre

y se hace en mi corazón inmensa ascua.

 

 

Voz de la ilusión que surge viva
en mi travesía como sirena blanca,
llamándome a su fondo abisal, marino,
donde, sola, la vida oscura aguarda.
Tentación eres, mujer, para el futuro
que se abre en tu vientre, en tu esperanza:
la miel en la flor, el néctar en tu pecho,
y todo tu blanco torso ardiente zarza.
Conozco tu voz animal, y oigo a la vida
gritar, dentro, en tu ser, desesperada.



¡Tu voz es la voz dura de la tierra
que llama el aire a la inquieta planta!
Me esperas bajo la espuma de tu seno,
bajo la ola de luz de tu mirada,
entre tu cabello fino como el aire
que tiendes como red por donde pasas,
furtiva amazona, pescadora dulce,
oculta en el fondo de mis aguas.
Mas seguiré mi viaje al. infinito,
olvidaré tu canto, tu llamada;
la tentadora luz en el abismo
donde está el amor, donde la muerte aguarda.
Pero mi puerto, mujer, está más lejos,
en la lejana orilla, donde canta
Dios para mí, en el horizonte último,
donde toda ilusión fugaz se acaba.
Allí te esperaré, sin el nupcial ropaje
que Dios hiciera para la boda humana,
bajo un Sol donde perpetuamente
una luz auroral alumbra el alma.

 

 

Este artículo tiene © del autor.

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