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5 | LA MUERTE DE LOS TOROS

de "Mortal Eterno".

José Antonio Suarez García

España



 

Sobre el ara inmensa de la oscura tierra

un bravo toro al Sol se inmola, al cielo,

como un rito de sangre y un anhelo de vida,

en la estampa rupestre de altamirales tiempos.

En los espectadores brota el júbilo, el ansia,

de su oscura fuente, como un río, creciendo...

La música tiene el sabor agrio de esta raza

que Dios engendró en el suelo ibérico,

que ahoga sus penas letales lidiando

la muerte en la fiesta brava de su pueblo.

Son gritos de angustia, de soledad, de pena,

que se pierden en la noche con el trueno,

en tormentosas lides y estoques de luz viva

y mugidos de toros que desatan los vientos.

El torero en la arena, sacerdotal y solo,

tiene, en su expresión rígida y rituales movimientos,

toda la honda angustia y la grandeza

del hombre en su soledad, del hombre eterno.

El duro espectador se contempla a sí mismo,

sintiendo su ansia, su congoja, su riesgo;

pero en él vive un goce secreto más hondo

de sentir que la muerte le amenaza de lejos;

que está lejos la torva mirada del toro,

cuando pasa aventando la arena del ruedo

con su lengua de llama y su mugido fuerte,

y su tenaz testuz, y su furor inmenso.

Ellos no sienten su amenaza en el aire,

ni el temblor de la tierra, y esperan el encuentro

del duro toro de astas pedernales

y del débil y olímpico y humano torero.

Ellos no saben lo que es sentir la muerte

fulgir en la punta dura de unos cuernos.

Nada saben del temor de su arrojo,

ni de su reprimido y atávico miedo,

del sobrenatural esfuerzo que revienta

como vivo volcán, dentro, en su pecho;

no están en la carne del hombre que tiembla de ansia,

ni en su alma, donde la muerte canta su misterio.

Vedlo clavado en la tierra esperando,

como árbol a la tormenta, al toro ciego;

viendo la muerte en los ojos

de la oscura bestia de ira llenos,

viendo la sangrienta arena parda

que al aire disputa ansiosa el cuerpo,

y el Sol, el Sol esperanzador y hermoso,

que infunde, de vivir, hondos deseos,

de vivir, de vivir siempre,

de no morir, de ser eterno...

Porque el toro noble no es la bestia

que al hombre embiste con furor de viento,

es la violenta imagen de la muerte

que desespera con furia allá en su cuerpo.

¡La muerte que el hombre quiere

matar con su estoque cierto!

La muerte, la terrible muerte,

ese oscuro, fatal, extraño animal ciego,

traidor, silencioso, sanguinario,

que patea al azar todo en el suelo.

Mas, frente al bravo toro amenazante,

está el hombre pasional, fuerte, ibérico,

sin miedo a la muerte, ni a la bestia,

ni al misterio,

ni a Dios mismo,

al que, al morir, abraza con abrazo eterno.

Este artículo tiene © del autor.

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