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EN LA MONTAÑA

El sabroso esclata-sangs

César Rubio Aracil

España



A Irene, excelente escritora.

 

Me sentí un poco traidor en la montaña. ¿Qué podía hacer por la sierra un marinero, hoy pescador de caña valenciana?, ¿buscar esclata-sangs (níscalos en castellano), en todo momento sirviéndose de un rústico cayado para no rodar monte abajo? Sin embargo, la aventura prometía el disfrute de una mañana placentera, sobre todo teniendo en cuenta la cálida caricia solar. No podía ser para menos: bayas rojas difundiendo mil destellos en un amanecer radiante, innumerables gotas de rocío pendiendo de los pétalos silvestres que engalanaban riscos y vericuetos, mientras la brisa entonaba su melodía otoñal con la ayuda de uno de los más solemnes instrumentos musicales de la orografía alcoyana: las hojas aciculares de los pinos. ¿Con qué quedarme?, ¿con el alba contemplada desde el rompiente, con el melisma de pardillos, con la coloratura de los jilgueros, a despecho de la alborada marinera? Mas no podía detenerme en consideraciones sensitivas, la voz de Elías: “César, ¿dónde estás?”, apremiante por su responsabilidad ante mi inexperiencia, me obligaba a la disciplina. No obstante la persistente actitud del amigo, aún me quedaba la opción del disimulo, y cachava en mano mientras mis ojos admiraban a ras de tierra la palpitante vida salvaje, vi de todo. De todo, menos setas comestibles.

 -Elías, ¿ésta es buena?

 -No es venenosa, pero amarga. Déjala donde está.

 -¡Leche!, sólo encuentro las malas.

 -Lo bueno, querido amigo, muy pocas veces lo vemos. Has de buscar entre las grietas del terreno, en dirección ascendente, y cuando observes un pequeño bulto cubierto de broza, escarba con cuidado. 

 Monte arriba sin descanso, sólo deseaba encontrar mi primer esclata-sangs para entonar el apetecido ¡eureka!; pero la vista engañaba al propio deseo de evitar una posterior humillación, ya que Elías tenía en su cesta de mimbre más de un kilo de variadas setas, y Ángel –el amigo micólogo que nos acompañaba-, recomendándonos sin cesar el hongo pie azul, sonreía cada vez que encontraba una morena, un apetitoso boletus, la redondeada turma o el codiciado rovelló con el que yo soñaba, cuando no el pie azul, el que tanto Elías como yo rechazábamos por pura desconfianza.

 Había transcurrido cerca de una hora desde que comenzamos la búsqueda cuando, de pronto, ante mis dilatadas pupilas apareció lo que estimé que era un esclata-sangs de considerables dimensiones. Estaba escondido entre las ramas de un arbusto cuyas espinas, en mi alocada incursión en la fronda, me arrebataron la gorra; pero no me importó. Palpé el supuesto hongo y, ¡oh, decepción!, me las vi con una piedra. Maldije a no recuerdo qué entidad celeste, recuperé mi montera y seguí doblegando el espinazo una y otra vez hasta que, ¡por fin!, cerca de mediodía, la suerte se apiadó de mí, precisamente cuando Elías y Ángel habían atesorado en sus respectivas banastas –en las que apenas cabían mis numerosos sueños e ilusiones perdidas- los heterogéneos frutos penibéticos, negados por la tierra a la bisoña experiencia de un pescador.

 -¿Cuántos? –me preguntó Ángel, una vez reunidos los tres junto a un risco desde donde se divisaba no sé qué pueblo.

 -¿Cachondeo? –respondí con visibles muestras de agotamiento.

 -¿Por qué? ¡A ver, a ver qué has hecho!

 -Algo parecido al ridículo –respondí por decir algo capaz de frenar alguna, para mí, molesta carcajada.

 Elías, comprensivo como siempre, adujo en mi favor algunos razonamientos convincentes.

 -Esto no es el mar, César. En el charco sabes pisar la cubierta de cualquier embarcación sin grandes bamboleos; en el monte, ya ves, cualquier matojo puede hacerte dar un batacazo. El suelo está húmedo y resbaladizo. Sobre todo, debemos tener especial cuidado con el musgo si no queremos estrellarnos contra las rocas. Setas tenemos las suficientes para la cena de esta noche, y lo más importante es que nadie de nosotros, por fortuna, hemos tenido un tropezón.

 Las palabras de tan sabio amigo me obligaron a rememorar momentos emocionantes en mi entrañable Mediterráneo. La mar no es la montaña, claro que no, aunque el colorido de ciertos peces puede competir con la policromía de las más hermosas flores silvestres, como asimismo la música del rompiente (mantra cuyo apoyo a la meditación merece la altura rítmica de la melopeya) es capaz de sensibilizar las conciencias más romas.

 -Gracias, Elías.

 Proseguimos nuestra tarea, siendo en este punto donde debo detenerme para relatar lo que me aconteció momentos después de separarnos los tres amigos, aunque sin perdernos de vista, amén de haber dado un par de batacazos sin graves consecuencias para mi agotado cuerpo.

 Elías nos había advertido al micólogo y a mí sobre unas simas peligrosas, cubiertas de ramaje y hojarasca, que hay por los alrededores de donde nos encontrábamos. Yo, con la ayuda indispensable de un bastón, iba escrutando el terreno que pisaba, no fuese que la tierra me tragara. Sin embargo, me llamó la atención una pequeña cueva próxima. Una cueva, digo, tentadora, porque supuse en su interior la existencia de esclata-sangs. Relatar el susto que llevé, no es fácil. Cuando, por prevención, tenté con mi cayado unos matojos que medio cerraban la oquedad pude oír un par de gruñidos, sin que me sea posible valerme de la correspondiente onomatopeya para describir la voz animal que los producía, y eché a correr sin considerar el peligro acechador de las simas. Nada dije a Elías ni a Ángel sobre este incidente; temía que se rieran de mí. Un poco más sereno, supuse que podía tratarse de un jabalí, abundante por esos montes.

 Ya en la carretera secundaria, dispuestos a emprender el regreso a casa y mi cesta llena de setas por mor de la generosidad de los dos amigos, me detuve unos instantes en la contemplación de la serranía. Montes y más montes, crestas de tupido verdor, serrijones, oteros, horcajos… No, pensé, lo mío es la mar.

 

César Rubio (Augustus)

Este artículo tiene © del autor.

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