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LA MUSA Y OTROS CUENTOS CHINOS

César Rubio Aracil

España



Dejadme que me ría de mis antiguas creencias. Cuando yo era un muchacho tímido, todavía con barba incipiente y unos deseos enormes de apagar el fuego carnal haciendo palmas con una sola mano, me apremiaba Érato (Musa de la lírica coral, especialmente de la poesía amorosa) con sus exigencias literarias y despóticas incursiones en tan juvenil imaginación. Yo no podía esquivar semejante acoso, ni creo que hubiese podido conseguir, de habérmelo propuesto, dominar tamaña sed producida por la fuente Hipocrénides. Sin embargo ahora, acostumbrado a beber agua mineral sin gas (los gases suelen, al menos en mi caso, estimular ciertas apetencias eróticas), las pegásides no son capaces de moverme un sólo palmo de mi territorio intelectual: ni Érato ni Santa Rita, que, según cuentan las malas lenguas, antes de encumbrarse en los altares fue una maravillosa providencia para más de un varón, santo o diablejo. Voy a explicarme mejor.

 Todos los seres humanos llevamos en nuestro interior una carga poética más o menos densa. Unos/as la soltamos escribiendo y el resto de pensantes pintando, esculpiendo o, incluso, practicando cualquier oficio. La poesía, creo, es innata en la mujer y en el hombre, no siendo necesaria la participación de Érato ni de Calíope para crear un poema digno de ser leído. Quien desee suplir el trabajo por el golpe de inspiración, creo que incurre en un grave error. El estado propicio a la creación artística es el trabajo, del cual nace el estro al que solemos referirnos con el nombre grandilocuente de “musa”. A medida que vamos esforzándonos: búsqueda de la palabra adecuada, exploración de la semántica, valoración del sinónimo, convergencia con la armonía y otros sacrificios literarios, la musa de Píndaro nos ofrece sus favores. Mientras tanto, aun sintiendo en lo más profundo de nuestro ser la llamada poética, si no trabajamos, la inspiración va adquiriendo un tono apagado capaz de desvanecer el más sublime sentimiento; porque la fina sensibilidad de las nobles percepciones sólo puede ser plasmada en el papel a través de la palabra. Con un beso podemos expresar y transmitir nuestras emociones, mas éstas quedarán sepultadas con numerosas paladas de olvido. La inspiración existe, de eso no me cabe la menor duda, pero debemos trabajarla para que no nos abandone. Lo demás, querámoslo o no, son cuentos chinos.

 

César Rubio (augustus)

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