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X. LA MUJER, IGUALDAD DE OPORTUNIDADES

Camilo Valverde Mudarra

España



La dignidad de su ser esncial reclama al igualdad real

La situación de la mujer no mejora; sigue estando discriminada e infravalorada. Los ministros de Asuntos Sociales, en la Conferencia de Santiago de Compostela, han dedicado su atención a la violencia y a la desigualdad de la mujer.

Falta la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres. España ha mostrado interés y miramiento especiales al papel fundamental que realizan las mujeres en la promoción del desarrollo sostenible en cuanto consumidoras, productoras, responsables y educadoras de las nuevas generaciones. Sin embargo, aún quedan privadas de alguno estratos y puestos de decisión y gestión e incluso están poco representadas en las instituciones oficiales y eclesiales. Y, por supuesto, es necesario acordarse y atender con particular esmero a las mujeres de las zonas rurales y a las que ejercen el trabajo agrícola, para facilitarles el acceso a la formación y a los recursos naturales y productivos. Esta gestión social requiere un decidido apoyo político y una clara actuación legislativa en servicios sociales particulares y, de un modo concreto, en la formación y orientación de mentalidad en los niveles policial y hospitalario.

En el ámbito diario de sus funciones laborales, la mujer sigue discriminada y aspira a la equiparación en el trabajo; en España se ha creado el doble de puestos de trabajo femeninos que masculinos, pero esa tendencia venía arrastrando una tal desigualdad, que aún nuestra tasa de paro femenino (26,6%) es de las mas altas de la UE; el objetivo de pleno empleo para el 2010, tendría que alcanzar una tasa de ocupación para las mujeres del 69,9% frente al 40,3 actual. La situación de inferioridad y discriminación reclama la superación de prejuicios seculares y el asentamiento de concepciones y hábitos nuevos y regeneradores. De este modo, parece incoherente que siendo femenina más de la mitad de la profesión universitaria, las mujeres directivas en empresas de más de diez trabajadores sean sólo un 16,74%, porcentaje que apenas llega al 4% en las empresas que componen el Ibex. No es ya el caso de favorecer el desenvolvimiento profesional de las mujeres, sino que llegue a afectar su propia personalidad y su desarrollo vital y esencial.

La igualdad y equiparación pertinentes han de ir orientadas a satisfacer de modo conveniente los aspectos cuantitativos, así como a revestir las distintas facetas de la calidad laboral pendiente. Y, a ello, hay que añadir el menosprecio de su labor y el acoso moral en el trabajo, fundamentalmente basado en la desigualdad de poder en el mercado laboral, pérfidas experiencias que, con gran frecuencia, sufren de forma especial las empleadas en los núcleos de trabajo, según estudios ministeriales. La dignidad profesional de la mujer necesita acceder al mercado en igualdad de condiciones, pero ello no basta para alcanzar su ser esencial. Una dignificación completa exige la realidad de las reformas legales, entre ellas, una ley de conciliación de la vida profesional y familiar que incluya un permiso de paternidad, y una atención especial contra la violencia a la mujer, junto con la imprescindible concienciación y un cambio de mentalidad en todo el ámbito social.

Se ha de atender con rigor la dignidad de la mujer. El género humano puede y debe perfeccionar y establecer un orden político, económico y social que esté más al servicio de la persona y permita a cada uno afirmar su propia dignidad. La mujer, allí donde todavía no lo ha logrado, reclama la igualdad de derecho y de hecho con el hombre” (GS 9). Más aún, aunque existen diversidades justas en la humanidad, es evidente que no todos los hombres son iguales en lo que toca a la capacidad física y a las cualidades intelectuales y morales, sin embargo, la igualdad y dignidad de la persona exige llegar a una situación social más humana y más justa. “Resultan escandalosas las excesivas desigualdades económicas y sociales; son contrarias a la justicia social, a la equidad, a la dignidad de la persona humana y a la paz social e internacional” (GS, 29).

La mujer ciertamente necesita la igualdad formal y legal, pero mucho más perentoria es la igualdad real, la que concierne al diario vivir y a la consideración cotidiana. Su condición reclama la equiparación en el empleo y en el sueldo, el reparto del tiempo en las cargas hogareñas y laborales, y apoyo en la educación de los hijos y en el cuidado de familiares dependientes; requiere, superando nocivas concepciones seculares, el trato de la igualdad que exige su dignidad de persona.

Camilo Valverde Mudarra

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