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La línea de fuego

(Del libro inédito marginal.cu)

Aurelio Giraldo Aice Hernández

Cuba



 
 
Cerraron la fábrica. A los viejos los mandaron a casa, con la jubilación adelantada. Reubicaron a los jefes ─ esos cabrones siempre caen de pie ─ y a los más jóvenes nos pusieron en un curso de superación.
Se nos jodió el invento. Yo estaba en la brigada de mantenimiento, ganaba doscientos veinte ─ casi nueve dólares al mes ─ y todos los días cargaba con algo (cemento, pinturas, clavos, interruptores eléctricos, lo que fuera) y con eso escapaba.
A veces me fumaba una bala y otras veces me embuchaba de cerveza a granel, comíamos como Dios manda y de cierto modo la pasaba más o menos. No cogía lucha, pero al joderse todo eso la cosa se puso fea.
Antes del año estaba en la fuácata; no pude encontrar otro trabajo que diera. Las botas ya no tenían dónde ponerles un parche y los trapitos que me quedaban estaban en llamas.
Entonces vino la ofensiva contra las drogas.
Barrieron con Ticone, con el Padrino, con la Calabacita, con Tony, con José y con el gato. Todo eso con o sin pruebas, y sembraron el miedo en el resto de los jíbaros de la vieja guardia.
Pero la mayoría de los jóvenes siguieron.
En la segunda ronda se llevaron a todos los de las Cuatro Esquinas, y los puntos seguían bajando.
Los precios subieron de golpe. El Maracas, que le dicen así por el cuello largo y la cabeza redonda, me dijo:
─ Ahora es cuando da; usando la chola uno se puede buscar dos rayas al día, tal vez más.
La regla era no tocarse en la línea de fuego, nunca venderle a dos tipos o más que llegaran juntos. Ni loco debías llevar la metralla encima, y tenías que decirle a los dudosos:
─ Trataré de encontrarte un par de tacos ─ o los que quisiera ─; pero el hombre no quiere dar la cara.
Era sábado, y le dije:
─ Voy a luchar unos quilos porque estoy en mala, pero me quito.
Maracas se encogió de hombros y murmuró:
─ Bueno; pero hasta el lunes esta gente no trabaja ─ de manera que me fajé todo el fin de semana y me busqué más de mil baros.
Me compré unos trapos de uso en bastante buen estado, unas botas peludas ─ como se llevaban por esos días ─, y todavía me quedaron como cuatro tablas para salir esa noche.
Fue un señor día. Había un grupo de rap en la plaza, y las fiñes bajaron como moscas.
Le di cien cocos a la vieja ─ y se puso arisca cuando vio la plata, y por poco le da una cosa cuando salí con la trapera casi nueva, pensando que era diñada; me zumbó un discurso sobre la pobreza y la dignidad, la honestidad y esas cosas.
Ya traía un taladro en la cabeza y todo me daba gracia; volví a sentirme hombre y salí pavoneándome calle abajo.
Mirelis estaba en la esquina. Era mi nena cuando yo estaba en la fábrica y a veces podía invitarla; pero desde que caí en mala dejó de prestarme atención.
Quisiera que hubieras estado allí para que vieras los ojos de gata que puso al verme emperchado.
─ Estabas perdido, papi ─ me dijo, y me enseñó una carreta de dientes.
Nunca me había dado cuenta de ese detalle, de lo dientuda que es. Echó los pechos hacia mí ─ no están mal, te lo juro ─, pero ya no me hacen tragar en seco.
Se que en su casa, como en casi todas las del barrio, las pasan negras, pero no debió hacerse la sueca conmigo ─ mucho menos cuando caí en desgracia ─.
Me hice el faino. Me acerqué y dejé que me diera un beso. La muy perra me clavó los pezones en las costillas; por la pura que me dio calambres, pero me repuse.
Saqué el melón ─ me fui quedando con los billetes de a cinco y de a diez, y le metí como cincuenta de a uno en el medio, y eran una pelota así ─, le di diez cocos y le dije:
─ Cómprate aunque sea un pomito de Pasión de esquina; no debieras oler así ─ y le di la espalda.
A las cuatro o cinco cuadras todavía escuchaba sus alaridos, diciéndome hijeputa y un saco de cochinadas.
Por el notón y la guita me sentía en el aire.
Ya en la Martí pude escuchar la música. El bulevar de la avenida estaba prendido y me dieron ganas de salir corriendo; no lo hice, para que no fueran a pensar que era un ladrón en fuga.
En la Lico Cruz sentí el aroma del lechón asado y se me abrió el apetito. El maní tiene eso, da un hambre del carajo. Me había zampado un par de pizzas y cuatro o cinco guarapos, pero hacia meses que no comía de veras.
En todas las cuadras de la avenida, desde la Feria hasta el parque Vicente García, había restaurantes improvisados bajo las estrellas. Busqué el más elegante, de los muchachos del hotel Santiago, y me senté en una mesa sobre la acera y frente a la gente que pasaba en oleadas.
Sin mucho apuro que digamos, una muchacha en guayabera y falda negra, corta, vino a traerme la carta.
De la nota, las letras se me perdían.
─ ¿Qué es lo mejor que tienes? ─ le pregunté, y ella me recitó de memoria toda la oferta.
Pedí bistec, arroz con frijoles, ensalada y cerveza Tínima. La Tínima me gusta porque es saladita, sobre todo la de diez grados.
Entonces vi a la mora.
Venía por el centro de la calle como si la calle le perteneciera, con la cabeza airosa y la mirada de princesa. Tiene ese colorcito que me troca, los pechos saltándole locos, duros, y el resto como para morirse.
Me digo: nunca podré tener una nena como esa, y levanto la lagarta en su homenaje. En eso, vuelve los ojos hacia mí, le hago un gesto sin ninguna esperanza, y ella mira hacia atrás, como buscando a quién me dirijo.
A su derecha iba una gorda con lycra, asediada por unos chamacotes, y una vieja llena de gangarrias y colorete, con el pelo rojo.
La mora volvió a mirarme, le repetí la invitación y el corazón me dio un brinco: vino hacia mí.
Le aparté la silla como en las películas, y ella se sentó, como si estuviera acostumbrada a eso. Le hice señas a la camarera y le dije a la mora:
─ Pide lo que quieras.
Su perfume me envolvía y de cerca estaba mejor, si cabe. Estuvo un siglo leyendo la carta; pidió pollo frito, mariquitas de plátano y ensalada mixta. Le pregunté qué bebería, y me respondió, sin pensarlo siquiera:
─ Havana Club siete años.
Mandé a poner una botella y pedí hielo. Le serví medio vaso y se lo zumbó de un tirón, sin hacer muecas. Le repetí la dosis, me lanzó una mirada pájara, se sonrió con picardía y me dijo:
─ Si piensas tumbarme con esto, estás frito. Estoy acostumbrada.
Y era cierto. Me pareció chocante que una hembra de apariencia tan fina bebiera como un salvaje, pero decidí arriesgarme. Después de la tercera láguer la veía más apetecible, y cuando terminamos de comer nos fuimos a bailar al frente.
Estaban poniendo música grabada en lo que el conjunto se aprestaba, y me acuerdo como si fuera ahora mismo que Álvaro Torres estaba cantando Mi ángelde amor cuando le di el primer beso. 
Después todo fue una locura.
Alquilamos en el Guantánamo, un hotelucho de mala muerte ─ porque todos los del centro de la ciudad estaban copados ─, y no más entrar ella se puso de rodillas y cogió aquello entre sus labios tiernos, mientras me iba quitando la ropa ─ y después gritaba como una endemoniada, como si la estuvieran matando.
Me da escalofríos recordar cómo me miraba, cuando terminamos el primer round, y cómo me lavó las partes, la manera en que volvió al ataque, y me decía bruto, animal, cuando ataqué por la retaguardia ─ poniendo una carita de perversa, de enferma a la cabia, que me volvía loco.
Estuvimos en eso hasta la madrugada.
Podíamos haber seguido pero me dijo que tendría que irse antes del amanecer; había dejado a la niña ─ no me había dicho que tenía una hija ─ en casa de unos vecinos y si se despertaba y no la veía formaría el guateque.
Entonces fue que le pregunté el nombre, dónde podríamos vernos otra vez y eso. Me dio gracia cuando dijo “Rossana, con dos eses”.
La monté en un bici taxi, le di cuarenta pesos para que le hiciera un almuerzo a la fiñe, y me quedé con un menudo en el foso.
Volví a ver al Maracas y seguí en la lucha.
 Todo el santo día pensando en ella como un babieca. Recordando sus muslos, la manera de acomodarse el pelo, sus dedos sobre mi piel, sus gritos ahogados, la delicadeza con la que se quitaba un pendejo de la boca, su mirada oblicua, sus bembos encharcados.
Estuve fajado toda la semana. Me busqué casi todos los días las dos rayas que decía mi panga, a veces más, y el próximo sábado tumbé casi una lupa.
Compré sesenta dólares y a las diez de la noche nos vimos en el parque. Toda esa guita se jodió, porque fuimos al Tropical, que es por moneda dura, y todavía compré diez viejos con peluca para un vestido que ella le quería comprar a la niña.
Esa noche fue mejor que la vez anterior y al final me pidió que fuera para su casa. No tuvo que rogarme.
Era una ranchita de las peores en el fondo del Aguilera, y jibareando a pecho limpio en tres meses se la puse en forma, sin lujos pero con decoro.
Nunca me preguntó de dónde sacaba la plata.
El Maracas ya no quería hablarme en público.
─ Estás en candela ─ me decía, y me vendía los paquetes sin el menor entusiasmo.
Yo sólo pensaba en ella. Lo hacíamos a cualquier hora y las noches eran de fiebre. Todo lo que se le antojaba se lo compraba, comíamos como reyes y la vida era hermosa.
Después me doy cuenta que desde el principio la gente me miraba raro, pero pensaba que era envidia. No encontré nunca a hombre alguno rondando la casa; sólo venían mujeres, y la mora se apartaba a hablar con ellas.
Eso no me importaba.
Un día me avisaron que la monada se había robado al Maracas por la madrugada y que me andaban buscando.
Sólo tenía un par de rayas y casi una onza para vender, y le dije a la mora que estaría algunos días alzado, hasta que las cosas se enfriaran, y ella me dijo:
─ Okay ─ me dio un beso largo y me deseó buena suerte, como si eso fuera la cosa más natural del mundo.
Anduve de un lado al otro como diez días. Ya conocía a otros mayores y compraba paquetes, envolvía los tacos y me aparecía en los puntos clave cuando nadie lo esperaba.
Pero ella no se me iba de la cabeza.
No buscaba tanto como en las Cuatro Esquinas, pero me mantenía. Alquilaba cada noche en un lugar distinto ─ en alquileres solapados, claro ─ y me alzaba temprano.
De día me iba a vender a las casas de juego prohibido y por las noches subía hasta el centro, con la gorra calada y las gafas de sol ─ igual que los pepillos de entonces.
Mi vieja estaba como loca, y ni siquiera quería coger la platita que le mandaba. En el barrio de la mora no confiaba en nadie, y aguanté todo lo que pude para ir a verla.
Por las noches era insoportable la manera como me hervía la sangre, hasta que en la última ya no aguanté más y bajé a verla.
Eran como las doce y media y sólo había un par de perros sarnosos en el callejón.
El tren de Santiago pitó a lo lejos y cuando llegué al fondo de la casita ya estaba traqueteando sobre el puente del río; por eso me acerqué a la ventana del cuarto sin oír nada.
Cuando iba a golpear suavemente para llamarla, escuché sus quejidos inconfundibles; después su voz, un poco ronca:
No me chupes las tetas, coño, que yo soy el macho
Me volví loco.
La ventana voló, le cayó encima a la otra, y las dos se quedaron mudas, viéndome entrar.
Luego me contaron lo de la gritería de la niña, la bulla de los vecinos, pero no me acuerdo de nada de eso; estuve dándoles con todo hasta que llegó la policía.
Y no salí del letargo hasta que el instructor me dijo:
─ Te pusiste pesao, negro; tenías que haber botado la hierba antes de arrearles a esas putas.

Este artículo tiene © del autor.

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