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Elogio de la cordura

Aurelio Giraldo Aice Hernández

Cuba



 
Ahora que estoy en nota puedo recordarlo todo. Hay cosas que no puedes verla aunque estén delante de tus narices, y realidades que ves pero nunca quieres pensar en ellas. No sé por qué no podía recordar aquella frase suya de que esto no hay dios que lo entienda, con aquella mirada de perro triste.
Me acuerdo que suspiraba y volvía a suspirar y repetía, como un estribillo de son: armaron la jugada para que todos tengan que inventar, para que todo el mundo tenga techo de vidrio; hay que ser un artista para estar limpio y vivir como Dios manda.
Son unos genios, decía.
Ya nos habían sonado las catervas, estábamos podridos en años y habíamos gastado las últimas esperanzas en las apelaciones y eso. De manera que decimos:
-— Bueno, ya estamos fritos – y le metemos el pecho a la vida.
Disculpa que me ría, pero ahora me da gracia.
La vida, dije, como si aquello fuera vivir. ¡La vida!
Al principio lo escuchábamos con atención. Era un hombre diferente, un optimista empedernido que estaba seguro de que las cosas se aclararían en cualquier momento –y le llegaría la libertad inmediata.
Nos sabemos de memoria su historia. Llega a la Empresa, recién graduado de ingeniero, y los que están al mando, unos viejos zorros, técnicos medios, se erizan y le declaran la guerra -— pero en secreto, tú sabes.
Porque en verdad no saben ni donde están parados de tecnologías y esas faineras; pero mantienen los talleres limpios, los murales actualizados –aunque nadie los lea-—, y hablan del deber y la patria con mucho entusiasmo en las reuniones.
Son unos cabrones, la verdad: no faltan a los trabajos voluntarios, cumplen con la guardia obrera, se comprometen con todas las tareas –aun con las que saben que son irrealizables.
Y este infeliz, enamorado de su trabajo, todo el tiempo preocupado por elevar la producción y la calidad –como si con eso fuera suficiente—mientras deja en un segundo plano todo lo demás. Qué imbécil.
Pero no le dicen nada. Lo que me jode es que no le dicen nada. Nadie lo llama y le aclara: compañero, con esa actitud bla bla blá –sobre todo después que este faino, luego de ir a tres asambleas de producción y ver que no se cumplen los acuerdos tomados en las anteriores, se para y dice que volverá cuando se coja lucha de verdad con las cosas.
¿Oíste eso? ¡Qué idiota!
Ya ni habla con ellos, pero confía como un niño en los obreros. No sabe que entre los trabajadores hay un saco de arrastrados que van y le cuentan todo a los viyayas –y casi se caga cuando lo llaman a la dirección “para analizarlo”.
Lo acusan de tener problemas ideológicos, de criticarlo todo, de hacerle campañitas a los cuadros –aunque eso no era exactamente así, él, que es honesto, reconoce que dijo tal cosa, pero; y que hizo o no hizo esta otra, pero…
Y entonces los tembas, condescendientes, salen en su defensa, diciendo que hay que tener en cuenta que es un joven sin experiencia, que promete mucho y hay que darle una oportunidad –pero que, dadas las circunstancias, creen que lo mejor sería apartarlo por un tiempo de los talleres.
¡Claro, mijo!: así no habría nadie allí que descubriera las marranadas que hacían, la manera en que entorpecían el trabajo -—por su brutalidad y su poca preparación, sin segundas intenciones, por supuesto.
Te digo que son unos cabrones. Y la cosa queda, ante la dirección, como que los bichos hicieron todo eso por el bien del muchacho, fíjate tú.
Disculpa que me ría, pero es que me da gracia.
Bien; lo ponen de yeti de abastecimiento, aunque eso no tiene nada que ver con la ingeniería mecánica. Al jefe anterior lo habían traqueado por robar como un caballo, y ese es un cargo que es una bola de fuego.
Vaya, una jugada maestra para desprestigiarlo y quitárselo de encima –porque la verdad de la verdad es que no es fácil tener mil necesidades y manejar, al mismo tiempo, todo lo que te hace falta.
Chico, pero el muchacho es un Robespierre: no entra en nada –y se busca, por ello, un barco de enemigos.
No es que tengas que robar al descaro, digo yo, y hacerte de una buena plata –que es lo que hacen los giles-—; pero tienes que alternar, entrar en la “resolvedera”, hacerte de relaciones.
Pero este come mierda, ni eso. ¡Ay, mamá! Todo el mundo le vira los cañones. Saben que no pueden meter la mano, porque lleva los controles como un maniático, y se rompen las hostilidades.
Desde la cáncama de la pista de combustible hasta el jefe de servicio –pasando por los almaceneros, el chef de cocina, los repartidores de merienda y hasta el flaco que recoge el salcocho-—, es decir casi todos, comienzan a buscarle las pulgas y a discutir con él por cualquier bobería.
Ah, menos mal que te das cuenta de que quieren tacharlo de “conflictivo” y de tener pésimas relaciones con los compañeros, ¿no?
Todas las broncas con testigos, ¿te das cuenta? Y luego piden una reunión de análisis, y él, que a esa hora descubre la maniobra, se da cuenta de que la tiene perdida y sencillamente renuncia.
Se pasa un par de meses pensando en cómo le entra el agua al coco, y finalmente se va para una empresa agrícola, donde lo ponen de yamba de la mecanización, con la llave del combustible, las piezas de repuesto y los lubricantes. ¿Me copias?
Sin cruzar la raya, entra en el trapicheo, le resuelve al de abastecimiento y no le falta la comida en casa. Cada vez que le hace falta un carro para ir a ver a los puros o dar una vuelta con una jeva, ahí lo tiene. No vende nada, pero la guita se le estira, y puede decirse que empieza a vivir la vida.
Aprende a lidiar con los viejos garrulas, y a que una mano lava la otra y las dos friegan el culo –toda la aritmética de la vida cotidiana-, y el que hizo la ley hizo la trampa o se la descubrieron.
Pero no sabe que casi toda la jefatura está envuelta en un negocio grande, y están derrochando plata a manos llenas, gozando la papeleta -—y eso, si no eres extranjero o residente en el exterior, es un pecado mortal.
De manera que, cuando barren con la ganga, también cargan con él. Pero él se siente limpio, y le caen unos polis de lo más amables, con caras de buena gente y sonrisas y palmaditas en el hombro, unos tipos bárbaros que lo quieren ayudar –pero necesitan que les cuente toda la verdad. Sujétate.
Y el gil les va contando todo, a quién le resuelve la gasolina (que luego se la carga a otros carros), todas esas cosas normales -— ¿normales? -—, que aquellos buenos samaritanos escriben, y le vuelven a preguntar, y escriben de nuevo –y al final le traen un acta donde está todo lo que les dijo, aunque escrito de una manera que, vaya, era como para el paredón.
Yo, honestamente, prefiero esos polis hijeputas que te dicen que te van a partir los cojones desde el principio. Que te miran con odio y mascullan:
-— Delincuentes de mierda –con la boca torcida y todo.
Cada vez que me agarran en algo lo único que declaro es: no se nada, desconozco. Aunque tengan mil testigos y quinientas evidencias. No sé na da. Aunque se pongan como fieras, y me suenen un par de galletas, y monten el número de que uno de ellos está loco y va a meterme un tiro.
¡Deja eso!
Bueno, lo cierto es que está entre las patas de los caballos y los huevos del diablo, y va a juicio –donde los jueces, considerando su juventud se enternecen y nada más le arrean diez años. Son así de benévolos.
Y entonces comienza a apelar, mandando cartas para allá y para acullá, donde lo cuenta todo –hasta que viene su abogado y le dice:
-— Con esas cartitas, no te hacen falta enemigos.
Y el come raspas aferrado a la verdad, diciendo que solo hizo lo que todos hacen –y ahí el abogado le pregunta a cuántos conoce que declaran y firman actas sobre el modo en que luchan la vida, porque él, el abogado, tiene la ligera impresión de que en la vida real es exactamente todo lo contrario.
Pero el casi incorruptible sigue escribiéndole a malanga y todas las viandas, pidiendo una investigación hasta que finalmente lo consigue – pero no se lo dicen—y se descubre la verdad verdadera, le revisan la causa y le envían la libertad inmediata y todo, tal como él lo predijo.
Pero ya hacía como tres meses que se había colgado.

Este artículo tiene © del autor.

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