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Maraca West

(fragmento)

Aurelio Giraldo Aice Hernández

Cuba



 

 
1
 
 
Jack Smiles fue el nombre que escogieron para él los caras pálidas. De ese modo lo llamaban los alguaciles blancos de la Reservación, pero su pueblo siguió nombrándolo por el apelativo que se ganó cuando abrió los ojos en el regazo de la madre: Ojos de Culebra. El padre, un cazador de osos de las tierras heladas, había llegado al campamento Delaware en medio de la ventisca, con los cuartos traseros de un caribú colgando de sus potentes hombros, y se desternillaba de la risa mientras los restos de la tribu iba desapareciendo en sus bocas hambrientas lonjas de carne cruda, cortadas de cualquier manera y con desesperación.
Nunca habían llegado tan al Norte, y la salvajina se negaba a caer en las trampas o se mantenía lejos del alcance de las flechas. Los escasos y viejos fusiles quedaron en manos de los guerreros, en un valle perdido de Las Rocallosas, donde todos los hombres hábiles darían su vida en el último combate contra el 52 Regimiento de Caballería del coronel Taylor.
Aunque nunca se supo con exactitud el desarrollo de aquella batalla feroz, los ancianos, apoyados en la muerte cierta del coronel Taylor y sesenta y cinco de sus mejores soldados, recreaban con la imaginación el heroísmo de los guerreros, encajonados en el fondo del valle, luego de gastar las municiones, cuando salieron con sus hachas de guerra a enfrentar la última carga de la caballería.
Ese era el mito más importante de la memoria viva de la nación. Pero el orgullo personal de Jack Smiles venía en la leyenda de su padre, el héroe indiscutible de la diáspora, cuando los ancianos, las mujeres y los niños huyeron hacia el Norte, mientras los hombres activos les cubrían la retirada. Capitaneados por el chamán se fueron adentrando más y más en las tierras inhóspitas del Klondike. Y allí los había sorprendido el invierno.
El hambre y las heladas cruentas se iban llevando a los más débiles. Los conjuros del hechicero de nada servían para despertar a los Espíritus dormidos. Todo parecía perdido cuando, en medio de una tormenta, apareció aquel hombrecillo rechoncho y risueño, cuya mayor alegría era salir de caza con sus armas rústicas y sus trampas extrañas; y regresar doblado bajo el peso de sus presas, para desternillarse de risa mientras los escuálidos sobrevivientes de la tribu devoraban el fruto de su destreza singular.
Sin él, la tribu de Jack Smiles hubiera desaparecido. Se quedó todo el invierno con ellos. La hija del chamán le fue entregada como esposa, y ella, al desnudarlo por primera vez lo bautizó con el nombre que ha quedado para siempre en la memoria colectiva: La Foca que ríe.
Nadie tuvo en cuenta sus costumbres extrañas. Se atragantaba de carne podrida. Desperezaba sueñitos de dos o tres semanas, roncando sin parar. Ofrecía su esposa a todo hombre que visitara su tienda —y se enfurecía en caso de que alguien osara rechazar la oferta, razón ésta por la que los ancianos, contrario a la costumbre Delaware, fingían aceptar, mientras la Foca Risueña salía a pasear tranquilamente por el paisaje helado.
Todos recordaban como se avergonzaba de recibir regalos, y que no descansaba hasta recompensar con creces cualquier gesto amable. Era feliz dando a manos llenas. Y cuando salía de caza nunca regresaba sin una pieza grande o con varias piezas pequeñas, suficientes para que todos comieran. Pero cuando el clima comenzó a cambiar, le entró la nostalgia.
Los rebaños que emigraron hacia el Sur regresaban. Cada vez caían más en las trampas o se ponían con mayor frecuencia al alcance de los arcos, tensados por las manos débiles de los ancianos. Se sofocaba con la temperatura, que apenas comenzaba a ser ligeramente soportable para los Delaware. Partió una mañana plomiza, prometiendo regresar con las primeras heladas.
La tribu había sido diezmada por el frío, y el chamán decidió el regreso a las tierras cálidas al final del otoño, tomando como señal de los Espíritus la constante migración de las aves y las mariposas hacia el Sur.
Aunque eso les costara ser confinados para siempre en una Reservación, no se podía siquiera soñar con la sobrevivencia en aquellos parajes desolados, donde los Espíritus de la nación serían nuevamente adormecidos por las heladas. Y ningún augurio señalaba con certeza la vuelta de la Foca Que Ríe, probablemente la única garantía de sobrevivir otro invierno.
Jack Smiles nació en la Reservación. Los federales de Fort Worth los capturaron mientras vadeaban el río Rojo, al Este de Wichita, y los concentraron en la rivera Norte del Colorado, en lo que llamaron una Reservación Provisional, cuyos límites imprecisos se ubicaron en los últimos poblados y ranchos del cuadrante que forman Abilene, Waco, Austin y San Ángelo. Eran siete ancianos, once mujeres y cuatro niños; no representaban un peligro para nadie, y fueron olvidados por las autoridades.
No mas levantar las tiendas de pieles, la hija del hechicero sintió los dolores del parto. El niño nació débil, por la magra alimentación y las intensas jornadas del viaje. El día anterior a la apertura de sus párpados el chamán liquidó a una cascabel justamente a la entrada. Por eso, y por la manera de fijar las pupilas en el rostro demacrado del abuelo, sin pestañar apenas, lo nombraron Ojos de Culebra.
Las mujeres solas atrajeron pronto a varios indígenas de los alrededores. Un fiero Sioux asumió el cacicazgo, sobre los cuatro Pies Negros, los cinco Navajos y el Apache hermético que se juntó a la madre de Jack Smiles.
Los hombres se dedicaron a la captura de potros salvajes, que domaban y vendían a los colonos blancos —mientras las mujeres hacían un sin fin de tareas, aparte de parir y cuidar los niños, auxiliadas en esto por los ancianos. Los chicos fueron creciendo con la cultura de cinco naciones antiguas, sus lenguas y sus costumbres, influenciados muy poco por las conductas prepotentes de los Caras Pálidas que venían de tarde en tarde a negociar.
El hijo de la Foca Sonriente y la primogénita del hechicero aprendió desde bien temprano a cabalgar, lanzar el tomahawk, usar el cuchillo y hacer blanco a ciento veinte pies con las flechas —algo, por demás, común en todos los jóvenes de la tribu amalgamada. Pero su mirada estática y su rostro hermético lo distinguían del resto, y por ello el cacique, que soñaba con la redención de su raza —aun cuando en el fondo de su alma despreciara la mansedumbre de otras naciones—, hacía todo lo posible para convertirlo en un gran guerrero Sioux, sobre todo luego de advertir las miradas lánguidas con las que su hija saludaba la llegada a la tienda del enigmático Delaware,
Sheena solía bañarse en un remanso apacible del Colorado, cerca de la cascada donde Ojos de Culebra, tieso como una estatua y con el arpón en alto se pasaba horas en una inmovilidad absoluta, esperando las truchas incautas que tarde o temprano se ponían a su alcance. Generalmente tomaban senderos diferentes, pero una tarde de mayo se encontraron de improviso en una bifurcación.
Fue la primera vez que Jack Smiles sintió con toda claridad el olor inconfundible de una hembra en celo. Sheena no pudo seguir el impulso instintivo de echarse a correr, tal como había hecho en los encuentros anteriores, también casuales, con otros jóvenes de la tribu; y se quedó allí, inmóvil, con los ojos fijos en la mirada inexpresiva de Jack Smiles, hechizada como una rata de campo ante la presencia pavorosa de una serpiente cascabel.
El joven comprendió de inmediato que esa muchacha le pertenecía y no hizo el menor esfuerzo por reprimir el instinto salvaje de poseerla. Ningún varón de la especie, al menos en su nación, gastaría jamás la menor porción de energía mental para rechazar un mandato de la naturaleza. La hizo suya. Sin un cortejo previo, sin emitir una palabra. Solo con el lenguaje ancestral de los cuerpos.
La ternura vino después, cuando Sheena le acarició el rostro y él le devolvió el gesto frotando su nariz contra la de ella —tal como contaban los ancianos que la Foca Sonriente demostraba, en lo que calificaban riendo como sus “arrebatos de pasión”, el gran afecto que sentía por su mujer, la madre de Jack.
 

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