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No dejes que el amor se muera

(inédita)

Aurelio Giraldo Aice Hernández

Cuba



No dejes que el amor se muera
(Inédita)
1
(Él)
 
Ella me gustó mucho desde el mismo instante que la conocí. Esa es una frase gastada por el uso, pero realmente no hay otra que exprese con exactitud la impresión que me produce. Sin embargo, no tenía nada extraordinario, a juzgar por lo que las heroínas de las novelas y los filmes de amor nos suelen presentar׃ una belleza etérea, un busto fascinante, una sonrisa encantadora, o un cuerpo escultural y unos ojos de bruja.
Ni siquiera vestía con elegancia. No tenía ese vaivén provocativo en las caderas, ni desplegó jamás ese andamiaje sutil de gestos y poses que las vampiresas tejen ante los ojos del hombre que las mira.
Era, y lo sigue siendo, una mujer común. Pero, por algún extraño sortilegio, sentí como si me lloviera encima un baño de pétalos tibios al conocerla. Imagino que entonces me pongo como un pavo real, con las plumas de colores desplegadas, y me le acerco con mi mejor sonrisa por lo menos con lo que creía era mi mejor sonrisa, la de conquistador.
Pero nada de esto hizo mella en su carácter hermético. A mis preguntas de aproximación galante respondió con monosílabos secos, cortantes.
Eso fue frente ala única pizzería del pueblo. Más tarde volví a verla en la terraza de la casa de mi padre. Estaba agachada, acariciando con ternura a un cachorro. Había visto cientos de mujeres acariciando perros, pero esa imagen se me quedó grabada para siempre.
Estuve varios minutos contemplándola. De pronto se volvió, y vi como le cruzaba por la mirada una especie de rafalazo de aversión ― y creí que definitivamente no tendría la menor oportunidad con ella.
 
 
 
 
(Ella)
 
Lo vi como alguien a la que una no puede aspirar. Tenía la mirada dura, y me confundían sus palabras amables. No sabía que decirle. Su presencia me atemorizaba, me crispaba los nervios.
Cuando me habló en la pizzería, me entraron unos deseos locos de orinar. Pese a su presencia de hombre rotundo, tenía como una aureola de niño desamparado. El perrito me hizo pensar en él, y me incliné para acariciarlo; entonces, de pronto, sentí su presencia ― y me volví aterrorizada, temiendo que él descubriera lo que realmente estaba sintiendo.
Era como si sus ojos me desnudaran por dentro. Me sentía indefensa ante esa mirada como de fiera, como de tigre antes del ataque final. Estaba atenazada por dos fuerzas contrarias׃ el deseo de entregarme, de correr hacia él y abrazarlo, y la compulsión instintiva de huir, de alejarme.
 
 
 
 
(La menor de las tías)
 
Andábamos juntas cuando se conocieron. Ella era mucho más idiota que ahora. Se puso nerviosa cantidad cuando él se le encimó ronroneando como un gato. En cuanto nos alejamos le dije:
― A ese cabrón lo conocí en la fábrica; se pone así con todas las mujeres. No te embarques.
 
 
 
(Él)
 
Volví a verla en la ciudad. Estaba casada y parecía una ovejita atendiendo al esposo. Perdí toda esperanza. Yo también estaba casado. Tenía, además, una amante en el taller de cerámica. Luego de verla a ella, mientras mi amante practicaba su deporte favorito ― una felación lánguida, demorada ― a veces me daba por fantasear que estaba con ella y al hacerlo me sobrevenían unos escalofríos enervantes, produciendo, invariablemente en tales ocasiones, una eyaculación violenta, para disgusto de mi pareja.
Eso se convirtió como en un juego. Si quería complacer a mi feladora flemática, me entretenía pensando en cualquier cosa ― los editoriales de la prensa, lo jodida que estaba la situación ― hasta que esta loca empezara a gemir e iniciara un movimiento coital acelerado con la boca. Ahí pensaba en ella, y mi amante se complacía en sorber todos mis jugos, con un rictus de satisfacción infinita.
Al principio de esta relación, luego de ese ritual hacíamos el amor como Dios manda; pero pronto me di cuenta de que en realidad a esta loca le importaba muy poco el sexo natural y, sin darme cuenta, al menos con ella dejó de importarme también.
Cierto es que ella había adquirido una habilidad asombrosa en tal ejercicio, pero en definitiva los encuentros con ella me dejaban con una insatisfacción que poco a poco se fue haciendo crónica. Nunca se lo dije. Ni lo comenté con nadie. Tal vez por eso de tarde en tarde sentía el impulso de castigarla ― y nada le producía un agravio mayor que el hecho de quedarse a medias, en una eyaculación precoz.
Ya sabes que para lograrlo solo tenía que cerrar los ojos y pensar en ella.
Durante mucho tiempo pensé que el goce que sentía en esos casos se debía al efecto devastador del castigo; pero pronto me di cuenta, por mera casualidad, de que el goce verdadero venía desde lo inconsciente ― adonde había desterrado el recuerdo de aquella muchacha común, que ya parecía destinada a habitarme por dentro, para siempre.
 
 
 
(Ella)
 
No soy muy pensadora. A veces lo recordaba y sentía un calorcillo en el pecho. Se había distanciado, lo veía poco, y pensar que era un imposible me producía vértigos.
El que fue mi primer esposo es un buen hombre. Trabajador, atento, gentil conmigo y mi familia. Humilde. Habíamos iniciado el noviazgo en la escuela. Me asediaba, y yo lo rechazaba con desdén. En realidad no había sentido interés por ningún muchacho todavía.
Todas las de mi grupo tenían noviecitos. Y mis amigas me empujaban hacia él, diciéndome de sus ojos lindos, de que lo estaba matando y eso.
Me casé por embullo, pero ya el matrimonio nuestro no daba para más. Ahora toda mi familia me instaba a seguir con él, y eso estaba demorando la separación.
El día que le dije que yo ya no estaba sintiendo nada se derrumbó totalmente. Le cogí lástima. Andaba por todas partes como un perro apaleado, y redoblé mis atenciones para aliviar en algo su pena.
 
 
 
(El ex esposo)
 
Nos queríamos mucho. Esa es la mujer de mi vida. Si el degenerado este no se hubiera interpuesto, habríamos arreglado nuestras diferencias.
Si, antes de que ellos se juntaran ya estábamos medio separados. No hacíamos vida conyugal, pero estábamos a punto de volver. Fíjate si eso es así, que en los últimos tiempos ella me atendía como nunca. No hallaba qué hacer para que yo me sintiera bien en la casa.
De eso son testigos todos los vecinos, que la vieron llevándome el agua para el baño ― entonces el baño estaba afuera ―, preguntándome si quiero tal comida, así o asao, si tengo dinero para ir al trabajo, porque ya ella trabajaba y ganaba más que yo.
Vaya, pregúntele a cualquiera, sin pena.
 
 
 
(La vecina de enfrente)
 
Ese es un comemierda; el otro es un macho. Quíteme cuarenta años y póngame a escoger. Con los ojos cerrados escojo.
Al hombre se le conoce por la estampa. Por la manera de caminar. Por la mirada. No tiene que ser bien o mal parecido, pero el hombre del que hablamos, vaya, no está mal. Hasta las canas le caen bien.
 
 
 
(Él)
 
Mi primer matrimonio fue agonizando en la convivencia.
La relación nació en momentos difíciles para mí, y los encuentros eran esporádicos. Ella se hizo querer, y en los días que mediaban me ponía a pensar en las posiciones que ensayaríamos y fantaseaba con las nuevas caricias; de manera que cuando llegaba aquello era una locura.
Pero cuando nos casamos y comenzamos la vida en común, poco a poco nos fuimos abandonando y caímos en la rutina. Llegó un momento en el que ella ya no quería experimentar, prefería hacerlo siempre de la misma forma, y la pasión se fue enfriando.
La seguí queriendo, pero cada vez la deseaba menos. Eso le pasa a la mayoría de los matrimonios
 
 
 
 
 
(La gran felatriz)
 
Le vi el cansancio en la mirada que tienen los hombres que llevan una vida sexual monótona. El sexo bien ejecutado en casa es la base de la fidelidad, la mínima garantía, por lo menos en los machos.
Fui criada por una tía promiscua.
Crecí en una casona antigua, de madera, con un desván donde se guardaban todos los cacharros inservibles. Ese era mi refugio. El piso era el faso techo de las habitaciones. Tenía hendiduras; cuando algún hombre llegaba, me subía silenciosamente y me apostaba sobre el cuarto de mi tía. Justo encima de su cama había una gran rendija.
Los tipos llegaban y le iban contando lo mal que les iba con sus esposas, mientras tía los desnudaba. Ella los acostaba, arrullándolos como si fueran niños. Los acariciaba y los besaba por todas partes, sin apuro, hasta detenerse en el pene. Me daba cuenta de como sus caras iban cambiando. Cuando mi tía empezaba a chupárselas, cerraban los ojos y se relajaban.
Ella era mi ídolo.
Me había sacado del campo, donde yo y mis siete hermanos las pasábamos negras con pespunte gris, y me vestía y me alimentaba como a una princesa.
Cuando supo que la estaba espiando, me habló de la misión que trae cada mujer y cada hombre en la vida: la suya era salvar matrimonios. A cambio de eso, nos dábamos la vida de burguesa que llevamos, y encima gozamos de la libertad infinita de no tener un macho exigente y mandón en la casa.
― Pero tú puedes escoger otra vida ― dijo.
Tenía yo nueve años, tal vez diez. Comoquiera que no dijo absolutamente nada del espionaje, seguí pegada a las rendijas del desván.
Ella nunca se enamoró. Cuando empezaba a encapricharse con alguien, le daba calabaza. Si algún tipo le decía que se iba a divorciar para casarse con ella, le daba esa vianda también.
A los dieciséis le seguí los pasos.
Luchando las dos juntas aumentaron las ganancias. Nos dábamos la gran vida. Cada cierto tiempo nos tomábamos unas vacaciones, y teníamos romances con hombres apuestos y elegantes.
La regla de oro era darles direcciones y nombres falsos. Aunque un par de muchachos me gustaron mucho en esos viajes, al poco tiempo se me olvidaban.
Mi primer y único amor entrañable fue quien tú sabes. Pocos hombres la aguantan en una mamada magistral. Antes de él, me había sucedido dos o tres veces, siempre con tipos borrachos.
Para mí el sexo era un trabajo. Pero en los últimos tiempos tenía mucha competencia; entre más jodida se ponía la vida, más muchachitas aparecían en el mercado. De manera que me busco un trabajo complementario, dejando loco con la especialidad de la casa al jefe del taller de cerámica. Y ahí conozco al susodicho.
Tiene un aguante increíble. Los papeles se trocan. Con él sentí, por primera vez, varios orgasmos solo con chupársela. En cada sesión terminaba exhausta, relajada y feliz. Fue una cosa tremenda, sobre todo al principio; pero luego comenzó a fallarme.
Me pasaba todo el día, a veces toda la noche también, soñando despierta con la hora de encontrarnos. Y sentía una decepción tremenda cuando los chorros calientes me golpeaban la garganta demasiado pronto.
Pero lo peor fue darme cuenta de que en ocasiones lo hacía a propósito. Y eso acabó con mis nervios.
 
 
 
(El loco del barrio)
 
No, no me preguntes del faino; pregúntame del bárbaro. Dale, pregúntame, pregúntame, pregúntame…
Un caballo. Un animal: le echaba cuarenta, cincuenta, sesenta, cien palos todas las noches.
Y ahora pregúntame de ella. Dale, pregúntame, pregúntame, pregúntame…
Una yeguaza. Una bestia: se la chupaba cuarenta, cincuenta, sesenta, cien veces todas las noches.
Y ahora pregúntame de mí. Dale, pregúntame…
Un monstruo. Un salvaje. Un arrebatao. Desde que les di hendija me sueno cuarenta, cincuenta, sesenta, cien pajas todas las noches. Todas las noches. Todas…
 
 
 
(La morena)
 
Nada más de verlo me entraron temblores. Le pasé dos veces por delante caminando así… eso es frente a La Amistad, y al ver que no se había fijado en mí me le acerco y comienzo a hacerle unas preguntas bobas, y me reía de todo lo que dijera y él se dio cuenta.
Nos fuimos para mi casa. Cerré la puerta y empecé a comérmelo. Creo que tuve como seis o siete orgasmos antes de que él eyaculara la primera vez. Cuando a una le gusta de verdad un hombre es así. Pero lo mejor es que tenía aquello durísimo, como si no hubiera hecho nada, y ahí sí que me volví loca.
Pensaba que no le había gustado tanto, porque no era besucón; yo había estado loca porque nos diéramos unos besotes a la francesa, con lengua y todo, pero él me esquivaba, y me daba mordidas en el cuello, y me chupaba las tetas y eso. Pero al ver como la tenía me di cuenta de que en realidad yo le había gustado muchísimo.
 
 
 
 
 
 
(Él)
 
La morena tenía el aliento ácido. Esa tarde no había comido nada y parece que tenía algún problema digestivo, porque luego ya no voy a sentirle eso.
Ella tiene ese cuerpo bien formado, ya lo tenía así. Pensé que era maniática al sexo, por la manera en que se me declara. Pero yo estaba aburrido de la felatriz ― cualquier cosa repetida se desgasta ―, mi matrimonio se había ido al carajo, y me fui con ella para variar.
Como a la hora de estar en el julepe, al ver que ella estaba ensopada, fingí una eyaculación. Y entonces la pongo a mamar.
Estaba poseída de su cuerpo y nunca se había preocupado por aprender algo nuevo. Tuve que enseñarla ― ya sabes de quién aprendí la técnica ―, pero a pesar de que intentaba hacerlo de la mejor manera tampoco consigo llegar al paroxismo. Y ahí cierro los ojos, me pongo a pensar en ella y suelto un río de semen.
 
 
 
 
(La mejor amiga de la morena)
 
Ella viene como un sol. Siempre nos contamos las cosas y antes de que abra la boca la pregunto quién es el tipo. Ella me dice:
― Un animal fuera de serie.
Y ahí le pregunto si la tiene grande y ella:
― No, no tanto, pero es un animal. Con decirte que quedé satisfecha para un mes lo menos.
Eso fue lo que dijo. Y eso era muy raro en ella. Siempre se quejaba de que cuando más embullada estaba ya los tipos estaban roncando. Cuando lo conocí, no le vi nada del otro mundo. Un tipo seriote y fuera. Después pierde hasta el trabajo, y mi amiga luchando como una fiera para que no le faltara nada. Muchas veces lo vi allí, tirado en la cama, con los ojos fijos en el techo.
Para mí, el hombre que no la busca no vale nada, nada de nada, por muy buena hoja que sea.
 
 
 
(La gran felatriz)
 
Mientras estás metida en el potaje no sabes nada.
Cuando supe que lo estaba perdiendo, precisamente en esos momentos, es cuando me doy cuenta de cuanto lo necesito. Entonces trato de luchar, de arreglar las cosas, pero ya era demasiado tarde. Casi me da un infarto cuando me entero que estaba con esa negra pelandruja.
Fíjese bien… y dígame si ella tiene algo mejor que yo.
 
 
 
(Ella)
 
La mora tenía amistad con mi tía, la menor, y venía casi todos los días a chacharear. Todo el tiempo hablando de él, de cómo la destrozaba en la cama y de lo bueno que era haciendo el amor, las mil cosas que se le ocurrían. Me sorprendió que eso me molestara, me fuera llenando de ira. Ahí es donde me convencí de lo mucho que me gustaba; no por lo que ella dijera ― que después anda diciendo que por hablarme de él se me despierta la codicia, la envidia.
 
 
 
(Él) 
 
La feladora empieza a enfermar. Trato de suspender el jueguito de la precocidad, pero tengo que estar muy alerta para no cerrar los ojos y fantasear que estoy con ella. Si me abandono al goce, inconscientemente se me monta la película. En los últimos tiempos cada contacto era un trabajo arduo; entonces conozco a la morena.
Seguía incompleto, pero al menos podía hacer el amor de diferentes maneras. Y llega un momento en el que con la morena real y con ella imaginaria lo tengo todo, y ya no pude fingir más con la felatriz.
Me di cuenta de que era mejor abandonarla definitivamente, aunque sufriera un poco más en el trance. Con el tiempo se le pasaría. Y, en efecto, antes de los tres meses ya andaba con un joven bien parecido, atlético, elegante. Parecía muy feliz, y no trató de ocultarme lo bien que se sentía; todo lo contrario.
Me dijo que mi presencia empañaba su felicidad, que uno de los dos sobraba en el taller. Era un momento difícil. No había tantos empleos y eran altamente codiciados los trabajos donde uno podía buscarse algún dinerito extra. Lo menos que podía hacer por ella era dejarle el camino libre, y eso fue lo que hice.
 
 
 
(La gran felatriz)
 
Me busqué un manguito para darle celos y hacerlo volver. Eso es algo que generalmente funciona con los hombres. Es como una regla; pero él era la excepción. Pareció alegrarse mucho, y se fue del trabajo y de mi vida sin protestar, dejándome, de contra, los contactos que tenía para vender las piezas que sacábamos por fuera.
 
 
 
(El gordo del fondo)
 
El cuarto de ellos daba para mi patio. Con el primer matrimonio de ella nunca sentí la tentación de asomarme a las rendijas. Ese debió ser un matrimonio tan aburrido como el mío; pero cuando se juntó con él las cosas cambiaron.
Como a las diez de la noche del primer día comenzó el jaleo. Los dos resoplaban como una yunta de bueyes bebiendo en un estanque con el agua sucia. A medianoche ya ella estaba gimiendo, totalmente enloquecida. Entré como una fiera en la casa, ja ja ja, y la flaca de lo más extrañada:
― Eh, qué te pasa, tú.
Pero entró en calor y lo hicimos como en los primeros tiempos.
Cuando descubrió como me encendía, se puso perra. Estuvo una semana sin hablarme, pero la fui ablandando, hasta que aceptó oírlos una noche ― y se asomó a darles hendija y todo.
Yo estaba sentado en una silla, debajo de la mata esa de allí (una guásima), y la flaca vino volá, me abrió la bragueta y se prendió a chupar como una demente.
Mira que yo la había toreado para eso, diciéndole que eso es normal, que todo el mundo lo hace. Hasta le enseño revistas porno y todo, pero nada. Pero esa noche la flaca cambió totalmente de mentalidad. Usted la ve con esa carita de mosquita muerta ahora, pero de noche cambia, es otra. Ahora hacemos todo lo posible para gozar lo más que se pueda. La vida es una sola, ¿no es cierto?
 
 
(L a flaca)
 
Mi marido es un charlatán; no le haga mucho caso a lo que diga.
 
 
 
(El envidioso)
 
Esa es una relación que iba a terminar mal. Ningún hombre normal puede estar la noche entera dale que dale. Tal vez se drogaba. O tomaba viagra. O se había comido un camión de picha de carey. A mí no hay quien me joda; ahí pasaba algo extraño. No tengo dudas; algo raro. Un día se sabrá.
 
 
 
(L a vieja de al lado)
 
No le ande preguntando al comejiña ese. Es un envidioso. Un tarrú e mierda que todas las mujeres lo dejan. Un mamalón. Un faino que siempre vive cogiéndole defectos a la gente y no se mira la tranca en el ojo.
 
 
 
(El tío mayor de ella)
 
Fue un cambio tremendo. Como vivir al lado de una familia de mudos y que de pronto se te muden unos negros bullosos, con un equipo grande y poniendo los reguetones a toda mecha.
No sé si me entiende: cuando se juntaron ya no me dejaban dormir. Yo dormía en este cuarto, como a tres metros y pico del de ellos, y hasta acá llegaban, clarito clarito, los resoplidos y los jimi jimi de ella y los resoplidos y los shi ja shi ja de él. Un par de locos, la verdad.
Pero luego no me molestaba. Estaba contento de que alguien al menos supiera gozar; nunca tuve esa suerte. No de esa manera. Me dormía oyéndolos y tenía sueños lindos, donde estaba con mujeres bellas y sensibles. Cuando pasó lo que pasó y se dejaron, de madrugada me despertaba asustado, como si me hubieran robado algo. Algo valioso, ¿comprende?
 
 
 
(La morena)
 
 
 
Fue una temporada tremenda. Él era algo así como un filósofo, todo el tiempo pensando. Escribía algunas cosas que yo no entendía muy bien, sobre el bienestar de todos, la palabra mágica, la combinación para abrirle el corazón al mundo, cosas por el estilo. Pero nada de eso me importaba. Lo importante es que cada día me gustaba más, y siempre estaba haciendo el amor, siempre estaba dispuesto a hacerlo.
Mi familia me criticaba. Mis amigas me criticaban. Mis vecinas me criticaban. Todo el mundo me criticaba, pero a mí eso no me importaba.
Me despatillaba en la calle, comprando y vendiendo de todo, y era feliz cuando conseguía lo suficiente para hacer una buena comida para los dos. Pero lo mejor era para él, mi gran pensador, mi gran templador. A veces solo alcanzaba para él, y se lo daba.
 
 
 
(Él)
 
La mora es una tipa fantástica. Nunca me hizo sentir avergonzado por estar sin empleo. Y nunca sentí el menor remordimiento por ello. Debo aclararle que el ocio me hizo voltear la mirada a mí alrededor y quedé espantado.
Todo el mundo, la mayoría, para ser más exactos, corría alocadamente de un lado para el otro en un trajín interminable para completar los alimentos del día. Nadie pensaba en el mañana.
Pude mirarme en ese espejo, y me vi envejecer en esa agonía espantosa, agonizar en una vejez precaria, y morir finalmente sin haber disfrutado de las pocas cosas buenas que tiene la vida.
Era, y lo sigo siendo, demasiado ingenuo para intentar una carrera política y, desde las alturas, hacer el esfuerzo necesario para de algún modo la vida ──de manera que todos, o por lo menos la mayoría, envejecieron con calma, sin tanto estrés, y murieran satisfechos de haber vivido a plenitud.
Se me ocurrieron montones de ideas, todas irrealizables, y terminé por aceptar que, a fin de cuentas, no bastaría con transformar el estar siendo del país; que había que transformar el mundo.
Pero el panorama general se hace más desolador, si cabe, y el problema se agudiza, alcanzando el máximo de complejidad. Para lograr una prosperidad mayoritaria ― no me atrevo a soñar con la absoluta ― se requieren ciertas premisas básicas: la paz, la concordia, el entendimiento, la solidaridad, la responsabilidad, el respeto mutuo, el sentido de pertenencia a la especie; en fin, todo lo que por regla parece faltar en las relaciones humanas.
Escribí montones de borradores de carta a los gobiernos de todo el orbe, que terminaron en la letrina.
Desde la creación de las Naciones Unidas los estados se divierten mucho en reuniones cumbres, foros internacionales, debates regionales y otras majaderías. En pomposas declaraciones finales dan cuenta de la serie interminable de magníficos acuerdos que toman ― y que jamás llegan a cumplir.
Por eso es que me olvido de ellos y me concentro en los pueblos.
Tenía los precedentes clásicos: la Ilustración Francesa, el Marxismo y sus textos, incluso Nietzche con sus escritos, todo ese bagaje de de obras y pensadores que con sus palabras propiciaron, para bien o para mal, cambios significativos en el estar siendo de4 la humanidad.
Ante mí se levantaba, por añadidura, una dificultad mayor: debía encontrar una fórmula mágica, para decirlo de alguna manera, en la que mis postulados no sirvieran de pretexto para generar cambios brutales y sangrientos.
 
 
 
(La hermana menor de la mora)
 
Él era un oportunista descarado, un mal ciudadano, un gigoló. Un individuo apático a las reglas de nuestra sociedad. Nada más pensaba en sí mismo. Y a mi hermana nada más la quería para templar y vivir a costa de ella. Me cansé de decírselo; pero, la pobre, estaba ciega. Por último fui a la policía y lo denuncié por vago, vividor y trapalero, y por escuchar emisoras extranjeras. Pero no sirvió de nada; lo dejaron hablar. Y el que lo deje hablar, se jode.
 
 
 
(La mora)
 
Me enseñó a hacer el amor. Hasta que lo conocí, yo me dejaba poseer y fuera. Te dije que quería complacerlo en todo. Muy pronto me di cuenta de que le encantaba la felación y, aunque al principio no me gustara tanto, comencé a hacerlo para verlo disfrutar, y terminé enviciándome. Después eso fue como un ritual: me esperaba desnudo y con las piernas abiertas, acostado en el centro de la cama, y yo trepaba como una gata, avanzando lentamente, hasta que mis rodillas estuvieran a la altura de las suyas, colocaba las palmas de mi manos a ambos lados de sus caderas, me dejaba caer sobre los codos y comenzaba a besarle con ternura los genitales, en un preludio que lo iba erizando, hasta que iniciaba una felación demorada, sin apuro. Me concentraba en eso, manteniéndome de rodillas, con las nalgas levantadas ― de manera que él pudiera mirármelas ― y luego comenzaba un movimiento coital, hasta que él me detuviera un instante, para no llegar tan pronto, y después de un breve respiro reiniciaba ese tipo de movimiento bucal hasta la nueva detención, una y otra vez, una y otra vez, hasta llegar al punto en el que ya los dos éramos un par de animales enloquecidos por el deseo, y nos enroscábamos a besarnos, mordernos, mirarnos ― de manera que en cuanto me penetraba sentía el primer orgasmo, y casi enseguida un segundo, un tercero, un cuarto orgasmo, antes de que él tuviera la primera eyaculación.
Ahí estábamos unos minutos abrazados, respirando como corredores de fondo al final de la carrera; nos aseábamos, y comenzábamos desde el principio, haciendo cambios de estilo.
Con una buena felación, y eso lo descubro gracias a él, los hombres no tienen límites para hacer el amor. Y aunque creí morirme cuando me abandonó, sus enseñanzas me sirvieron de mucho. Después de él, los hombres que han estado conmigo se han sentido unos supermachos; terminé enrollando a un belga, que me hizo esta casa y me tiene viviendo como una reina. Por eso cuando él viene no hallo que darle. Todo lo que tengo se lo debo. Y lo sigo queriendo, aunque ya nunca más viviremos juntos; creo que no soportaría perderlo por segunda vez.
 
 
 
(Él)
 
No tengo sabiduría especial alguna. Todo lo que sé lo aprendí de las mujeres. La mayoría de los hombres son egoístas sexuales. Buscan su propia satisfacción de manera instintiva, animal. Ese era mi comportamiento en la adolescencia. Recuerdo que M. fue mi primera noviecita , descontando dos o tres contactos esporádicos y casuales que tuve antes de estar con ella, y al cabo de dos años, en la cabina del Estadio de Béisbol de Manatí, después de varios encuentros donde ella no había llegado a sentir nada especial, por fin pude hacer que llegara al primer orgasmo.
Yo había caído, la semana anterior, en las garras de una adúltera insaciable que me enseñó a esperar el momento propicio para la penetración. Y me fue aleccionando sobre sus puntos vulnerables ― las famosas zonas erógenas ―, las caricias más apetecibles, al menos para ella, y la calma necesaria para gozar los preludios, sin buscar ciegamente la consumación.
Pero no me dice lo más importante: el goce infinito de ver a la hembra deshojándose como una rosa, abriéndose a la entrega, implorar la penetración como si en ello le fuera la vida.

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