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Amor de guagua

Carlos Reyes Lima

España




Abril, primavera. Me desnudo en flor para ti.

Es de mañana. Una luz baña todo, una luz que ella interpreta de primavera, yo de magia, de amor en buen despertar. Ella de negro, de falda, con aroma de sexo recién cumplido. Camina entre un puente, claro hay un encuentro, y yo allí espiando su andar sobre playeras. Ella camina, cruza la calle, un camión de cemento pasa, un augurio de estatua se hace vida. Ella apurando sus pasos, esperando un ir y venir de caderas, un movimiento lento, luego corre para huir de los coches en estampidas de escape. Todo esta allí, otra vez la luz, una luna de día, un castillo, unas cuevas, un medio mendigo que cambia dos monedas por una, buen comienzo para multiplicar su miseria.

Ella allí tomando la 3, ruta de cuestas y de paisajes cotidianos. Se sube a la guagua con sonrisa de vergüenza, esperando mi despedida en la parada, mi reacción de hombre que despide todo. Ahora una mujer joven pasa zapateando su traje de playa. Taconeando su andar feliz hacia el rayo de sol. Después la señora que espera una guagua equivocada. El obrero que despierta con frío y va, y solo va; cada quien multiplica la vida en rutas conocidas. Todos van. Y yo regreso.

Llega mi guagua. Mis manos saben a ella. Mis labios tienen besos largos. Mi memoria tiene la carta infinita que nunca terminare de escribir. Y ella está allí, frente a mi asiento. Me mira y desmira en su viaje a su trabajo. Seguro son dos minutos y ya está frente al ordenador. Busca en su correo, encuentra sus mensajes. Los lee y tiene un mensaje para mí, me lo escribe y lo recibo. Ahora yo en la habitación donde la sueño.

Ahora trato de dibujarla en una pagina en blanco. No la encuentro. Será qué nos cedimos el alma para enamorarnos. Qué decidimos dibujarnos nuestros cuerpos. Qué siempre nos escribimos en nuestra piel el verbo, la frase que necesitamos. O será qué tomamos la opción de hacer de nuestras vidas un acto fantástico, único.

Ella toma la guagua, yo la despido en un malabarismo de amor. Se separa. Vuela: es cometa, es mi mujer papagayo, mi mujer que imagino, mi mujer que respiro. Mi mujer libre. Mi mujer que escucho. Mi mujer que cuando dice: “vale”, con esa cadencia musical que es un sí, que me enamora en palabras. En sus viajes donde siempre fui su equipaje. De la risa que bebo como buen vino.

Me alegro de su placer que abrazo.

Y me enamoro cuando la veo con su sonrisa tímida, cuando la despido en la guagua. En una mañana de primavera. Y soy el polen que viaja y te encuentra vestida con falda para amarte.

Y en otro día

La mañana se hizo solo de café. De aroma. Del noticiero repitiéndose en noticias, en día habitual. Pero ella estaba allí. Alegrando su piel frente al espejo, desnuda. Y yo miraba su imagen y su cuerpo. Dejándome llevar por sus caderas en curva. Por sus senos de cúpulas de catedrales. De su sexo en selva. De su olor de despertar. Tratando de inaugurar la memoria con imágenes que quedaran en las manos, que traducidas a palabras, solo ella y yo, la comprendiéramos. Somos los oficiantes de ese rito universal. Recopilamos por el piso los ingredientes: un cuerpo desnudo, un espejo, una mañana de luz placida, alguna humedad ya mancha; nos desdoblamos como buenos actores ante un acto único, definitivo.

Antes de dormir vestiste la cama, hablaste de las sabanas limpias. De la energía de nuestros cuerpos. Y allí en espera, tu vientre lleno de preguntas. Lo roce para tener respuestas. No estaban en mi mano. Dormí sobre tus sabanas plegadas y me deje llevar por un sueño, por un pensar, en duermevela. Reímos y nos penetramos en el sueño. Así amaneció.

Tenías una piel azul, de peces. Dormías y yo soñaba tu sueño.

 

Este artículo tiene © del autor.

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