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Cuento de navidad Kurpin el viejo sombrerero

Carmen María Camacho Adarve

España



Camina con el sombrero. Caído sobre los ojos. El cuello del abrigo levantado. El viejo sombrerero Kurpin inclinado hacia delante. Avanza penosamente contra el viento y la nieve, que lo azotan como queriendo derribarlo. Con las manos en los bolsillos, va contado con ágiles dedos lo que le ha rentado el día. Esta contento. Entre las monedas hay más de las grandes que otros días. En esto de contar, Kurpin el viejo sombrerero es un genio. Calculó la proporción: ¡nueve veces y pico más que la recaudación de un día ordinario!
Al viejo Kurpin no le gustaba la Nochebuena, se veía forzado a reconocer. Que en esta fecha las gentes dan más. Y con mejor cara. que durante el resto del año. Claro. También había más palabras que de ordinario: buenos deseos, consejos bondadosos, y a veces incluso alguna amable alusión. A las señales demasiado claras. De alegría mal disimulada. en la cara de Kurpin el sombrerero. Él odiaba las palabras, sobre todo -las bien intencionadas-: odiaba el empaque ceremonioso: las mujeres laboriosas que, antes de sacar la calderilla, se limpiaban, en el delantal. La masa de harina que se les había pegado a los dedos. Los hombres se daban aires de importancia. y ponían cara beatífica de apóstoles.
.

Sólo le faltaba entregar unos pocos sombreros de invierno; los de fiesta ya los habían recogido los mayordomos de las casas grandes. Luego celebraría la Nochebuena. Como él sabía. Todo lo demás era ridículo.

El viejo sombrerero. entró en la primera casa y subió al piso alto. Allí vivían personas humildes. “¡Mejor!”. Ya que las personas humildes. Pagan sin rechistar. más que las ricas, y gastan menos palabras, lo cual es más de agradecer. Puso -cara agria- y llamó a la puerta. No abrieron.

Pensaba llamar por segunda vez. Cuando llegó a sus oídos una voz tenue, delicada, que venía de dentro. ¿Era alguien que lloraba? Contuvo el aliento y escuchó. Sí, era un niño que lloraba; no con un berrido, agudo, caprichoso e impertinente, sino un hilillo débil, como hacen los animales cuando se quejan. Aquel quejido movió el corazón del viejo Kurpin.

¿Estás solo?- preguntó a través de la estrecha rendija entre la puerta y el marco.

No obtuvo respuesta. Sólo la dolorida voz del niño, rota por un débil lamento. Sacó la ganzúa. Sonó un ruido en la cerradura. El viejo sombrero empujó la puerta con cuidado.

La vivienda constaba de una sola habitación. En ella, un fogón, una mesa desvencijada, y una cama, sentada en el suelo, una niña que aparentaba tener unos cinco años.

- ¿Por qué lloras?- preguntó el viejo con voz delicada- ¿No sabes qué día es hoy? Hoy es…

La palabra “Nochebuena” no salía de la garganta de Kurpin. La niña, muy pálida, miraba asustada a aquel hombre extraño. Con su carita delgada y tierna, los ojos negros inmensos, -brillantes- como lunas de invierno, unos ricillos marrones y rebeldes caían por su frente, derramándose en cascada, sobre su espalda, la naricilla respingona, labios pequeñitos y rojos, como un fruto Navideño.

El viejo Kurpin se arrodilló junto a la niña y limpió sus lágrimas.

¿Te han dejado sola?- preguntó.

La pequeña asintió con la cabeza:

¡Doña Leonor se ha ido¡

Venia a entregarle un sombrero... ¿Sí? ¿Se ha ido la señora Leonor? ¿Es tu madre?

La niña fijó sus ojos grandes, maravillados de lunas de invierno, en los del viejo
Sombrero, y negó con la cabeza.

¿No es tu madre? ¡Aja! ya entiendo: Doña Leonor te ha recogido, para aprovechar, tu pensión de huérfana. Se va de compras y te deja sola. Está tarde, los comercios no cierran. ¡Te ha dejado sola¡ ¡Ah, sé muy bien qué es estar solo! -Dijo- con labios temblorosos.

¡Y precisamente esta noche, Nochebuena!

¡Qué extraña había sonado, aquella palabra en sus labios! La niña lo miró con ojos interrogantes.

¿Nochebuena?” –pregunto-

- Sí, Nochebuena —continúo Kurpin-. Hoy viene el niño Jesús.

¿El Niño Jesús?

Eso dice la gente. Pero la gente dice muchas cosas.

El viejo, no sabía qué hacer y menos aún qué decir. Pero. La impaciente espera que leyó, en los ojos de la niña acabó por hacerle ver claro.

Aunque a veces es verdad lo que dice la gente.

El Niño Jesús ¿viene hoy? ¿Sí? ¿De verdad?

¡De verdad! Kurpin -afirmaba con la cabeza- ¡Completamente de verdad!

Una hora después, el viejo Kurpin, entró de nuevo en la habitación, la niña se había dormido en un rincón. En su sueño movía suavemente los labios. Sólo Dios sabe. Quizá soñaba con el Niño Jesús. y hablaba con él. Kurpin dejó sobre la mesa todo lo que, a pesar de su prisa, había podido comprar: la pequeña muñeca con su vestido rojo - ¡unas botas altas forradas de lana y un abrigo de paño azul, muy elegante, que le había costado un dineral!, varios libros de cuentos, recortables, polvorones y las nueces doradas de su infancia.

Abrió la sombrerera -los dedos temblorosos de kurpin- acariciaron por última vez, la suavidad del fieltro azul exquisito de aquella joya. El “sombrero mágico” oculto durante muchos años –a miradas codiciosas- en la sombrerería. Ahora ya era de la pequeña.

Con mucho cuidado para no hacer ruido, salió de la habitación, cerró la puerta y bajó las escaleras. Cuando estuvo en la calle, sus dedos, según una vieja costumbre, sondearon el bolsillo del pantalón.

- ¡Vacío, completamente vacío!… ¡Viejo estúpido! —Gruñó- ¡Sí, viejo sombrerero estúpido!

Pero allá dentro, muy dentro, el viejo sombrerero Kurpin. Sentía que ninguna Nochebuena. había caminado con tanta alegría. Se quito el sombrero y con un gentil gesto. Saludo a la estrella de navidad. que coronaba el abeto de la plaza. Mientras. el viento y la nieve le azotaban la cara.

Este artículo tiene © del autor.

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