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¿ESPAÑA UNIDA O ESPAÑA UNIFORMADA?

La intolerancia y la mentira como métodos de persuasión

César Rubio Aracil

España



La intolerancia sojuzga, y sólo convence a los dogmáticos y a quienes defienden intereses espurios.

Quienes defendemos la unidad de España y, por extensión, la unidad de los pueblos de la tierra, somos conscientes de que toda convivencia debe ir acompañada, para ser efectiva, del respeto a la diversidad. España, plural por antonomasia e históricamente imbricada en superpuestas capas culturales, no sólo idiomáticas, carece de las condiciones idóneas para ser convertida en un Estado cuyas características escapen a la acusada variedad que experimenta desde tiempos ancestrales. Debería ser, por tanto, un Estado plurinacional. Catalunya, Galicia, Euskadi y Castilla, principales componentes territoriales de nuestro suelo, con diferenciadas lenguas y costumbres, no pueden, por su propia naturaleza, vestir el mismo uniforme, como en la actualidad, desde hace siglos, sucede. Lo conveniente, a mi entender, sería que en la solapa de cada atuendo o en cualquier lugar visible de la vestimenta luciese la insignia aglutinadora; pero cada cual vestido a su manera.

 Desde siempre, el PP (con anterioridad AP) ha enarbolado y “defendido” la bandera nacional, como si dicho símbolo tuviese necesariamente que absorber in aeternum las propiedades cromáticas de la enseña, castigando con el flagelo del sofisma el derecho de otros distintivos emblemáticos a ser salvaguardados con idéntico ardor.

 Ahora el PSOE, consciente del delirio popular por la concordia y conocedor del peligro que entraña para sus votos quedar rezagado en el camino de la fe de carbonero, secunda las apetencias de la oposición, incrementando sus esfuerzos para llegar antes a la meta. ¿Hasta cuándo tanta falacia? ¿Acaso la mayor parte de los españoles no estaríamos dispuestos a cambiar el sacrosanto trapo y cualquier otro retal por una convivencia pacífica, un puesto de trabajo para todos/as y una cultura equiparada cuanto menos a las naciones europeas más avanzadas, como asimismo por una sanidad más efectiva y una educación ejemplar? Porque estoy seguro de que prima mucho más el pragmatismo del estómago y la auténtica libertad posible, que las insidias de ciertos políticos indecentes con tal de conservar su patrimonio, en no pocos casos robado con el descaro propio de un tironero. Mas, eso sí, la bandera por delante y las cuentas bancarias en los paraísos fiscales del planeta, mientras los de siempre estamos obligados a contribuir al erario público sin posibilidad de fuga: precisamente quienes daríamos 10 euros por un rincón con tal de no escuchar tanta barbaridad y el fragor insustancial de los enfrentamientos políticos en aras del voto. 

 España es diversa, querámoslo o no, y se deberían respetar estas hermosas cualidades. Es la única manera de aplacar las iras de quienes defienden, unos/as convencidos/as y otros/as por imperativos egoístas, el legítimo derecho a no ir uniformados. Yo, por ejemplo, nacido en Alicante, me siento catalán y no por ello me creo menos español que el señor Rajoy, porque por mis venas discurre la sangre de toda una nación que, a su vez, lleva en la esencia de su crúor la herencia helénica, la romana, la árabe, la celta y la de tantos pueblos que nos legaron su cultura. Sin embargo, por encima de “sentirme catalán” y español creo ser hijo de la tierra, y la única bandera que me motiva de verdad es la del internacionalismo solidario; sin fanatismos étnicos, religiosos o de otra índole, capaces de aplastar lo mejor del ser humano. Veamos si no, qué papel juega la mayoría simbólica, por la que somos capaces de matar a nuestros semejantes. Matamos por un gol mal recibido, por los credos políticos y religiosos, por la aversión a ciertos hermanos nuestros de otras razas, por defender a ultranza consignas que ni siquiera hemos estudiado ni conocemos de manera superficial. Sin embargo nos sentimos tocados por la mano de Dios o por la ciencia infusa que nos han inculcado, al considerarnos españoles. Yo, no. Más bien llevo grabado a fuego en mi carne el estigma de haber nacido en una nación intolerante. 

 No soy partidario de la atomización o disgregación de la unidad, pero sí del nacionalismo pasivo, el que nos invita a ser partícipes en el intercambio de culturas e ideologías, como también del sincretismo de cualquier clase. Utopía, ¿no es verdad? Tal vez romanticismo desfasado; pero prefiero notar en mis adentros la satisfacción de sentirme uno más entre los pocos/as que defendemos la libertad. Lo demás son historias, creadas y sustentadas por el demonio del poder y los “querubines” del dinero, unos y otros vestidos ora con sotana, mañana con toga y birrete.

 Pese a lo que nos cuentan los medios de comunicación, jerarcas políticos, purpurados e instituciones, España jamás será la España que todos/as deseamos, mientras se siga pontificando en aras de la falsa unidad que se mantiene contra viento y marea.

 César Rubio (Augustus)

Este artículo tiene © del autor.

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