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¿ES POSIBLE REENCARNAR?

Ideas sobre la reencarnación

César Rubio Aracil

España



¿Reencarnar?, ¿para qué? Que reencarnen las flores, que no sufren.

No seré yo quien afirme o niegue la reencarnación como un hecho real, de acuerdo con la lógica, porque la ciencia, por el momento, no está en condiciones de estudiar fenómenos de esta índole; sin embargo, no creo en semejante posibilidad. Explicaré los motivos de mi escepticismo.

 El cuerpo humano (prescindo de referirme a la vida llamada irracional) es un extraordinario cúmulo de reacciones biológicas, químicas y físicas, de las cuales surge, al menos así lo creo, la conciencia. Cuando el organismo muere, la dislocación de las funciones vitales, como es obvio, evidencian el final de una existencia. Quedarán los átomos que configuraron al ser vivo, y, como sugiere el notable físico teórico francés, Jean Charon, posiblemente ciertos electrones humanos lleven la carga del psiquismo de la vida extinguida, pudiendo incluso asociarse a sistemas atómicos de otras vidas humanas, desaparecidas para crear un nuevo ser. Hasta aquí, aunque con reservas, admito la idea del citado científico; pero ya no puedo aceptar la continuidad individual, ni tan siquiera de la propia esencia que dotó al ser de sus particularidades. Algo distinto será especular en términos metafísicos. No obstante, el esoterismo serio tiene respuesta para defender la teoría de la reencarnación. Veamos cuál es su argumentación.

 Si pensamos únicamente de acuerdo con los conocimientos científicos actuales, no conseguiremos atisbar otros horizontes; pero si meditamos en la posibilidad de que tras la extinción puedan quedar otros elementos sutiles, la cuestión cambia de manera radical. Los ocultistas afirman que el ser humano está dotado de varios cuerpos: físico, etérico, astral, mental inferior, mental superior y cuerpo causal del ego. Cada uno de ellos cumple sus funciones, que sería prolijo detallar en este trabajo. Lo importante del asunto no es el estudio de estas formas, sino la posibilidad de que la materia humana -todavía no investigada todo lo a fondo que sería deseable- no sea solamente la que vemos y palpamos. Teniendo en cuenta que la física, por mucho que haya avanzado en su exploración de la materia, todavía no ha desarrollado por completo la teoría cuántica, ¿quién está en condiciones de negar la probabilidad de que existan partículas subatómicas, capaces de organizar estructuras vitales más complejas que las que conocemos? De aceptar este supuesto, la conciencia no tiene por qué desaparecer al producirse un fallecimiento, de acuerdo con la idea esotérica referenciada. Claro, creer en la reencarnación –lo que no significa perpetuar la individualidad- de la esencia humana a partir del desarrollo posterior del “cuerpo causal del ego”, es otra cuestión en la que no puedo creer. De cualquier manera, exista o no la reencarnación, tengo clarísimo que después de mi último adiós no seré lo que ahora soy: un ser con determinadas cualidades, totalmente diferenciadas de las del resto de seres humanos.

 Especulemos. Todo lo que nace, muere; sin embargo –aquí radica la idea fundamental de la reencarnación-, la física nos dice que nada se crea ni se destruye, sino que se transforma. Entonces, ¿en qué me he de transformar cuando me vaya? ¿En materia desorganizada? Aceptemos, aunque sea de manera provisional, esta idea. No obstante, se tratará de uno de los dos elementos que conforman el universo, el primero que vamos a citar: materia y acción o energía. Mas dicha materia ha experimentado emociones, sentimientos y deseos; es decir, ha vivido. ¿Estará esta materia particularizada, como dice Charon, cargada de mi psiquismo? Si el universo es todo uno; es decir, unidad, ¿por qué no creer en que cada planeta habitado sea una célula galáctica, y ésta, a su vez, una célula del cosmos, siendo los seres vivos partículas infinitesimales de lo que Es? Demasiado atrevimiento por mi parte, ¿no es verdad?, pero también un pensamiento más generoso que el de pretender eternizarme aunque sea como esencia.

 Yo no soy yo, tal como pretendo ser, sino una espora universal dispuesta a eternizar la Vida. “Dispuesta”, digo, porque aunque yo desee seguir viviendo tras mi paso a la otra orilla, se trata más que nada de una conducta egocéntrica fomentada por las religiones monoteístas; las que desde tiempos ancestrales nos han inculcado. para provecho de unos cuantos, las ideas de bien y mal, de pecado, penitencia y, de ser obedientes a los mandatos de Dios, el goce de la vida eterna. Por eso “algunos pudientes”, como me dice un buen amigo, “con donaciones a la Iglesia se están pagando el seguro celestial”.

César Rubio (Augustus)

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