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CAMINOS DE CASTILLA

Valentín Justel Tejedor

España



La áurea llanada con su extendido piélago de cereal, enjoyecía de ámbar el horizonte castellano.

En el camino que conducía hacia el quiñón "El Picazo", un jayán de rostro cariaguileño, severamente rusiente por el dorado sol de mediodía; manos ajadas por la ruda labor cotidiana, y mirada pitarrosa, esquiva y desabrida, guíaba su carromato por entre las lientas pozas embarradas del lodo nocherniego. Durante la estival anochecida, la tronada había descargado sus llovedizos llantos sobre la anchurosa comarca, convirtiendo los polvorientos senderos en barrizales de lágrimas.

En la parte posterior del desvencijado carruaje, el labriego portaba los azadones, almocafres, garabatos, y alguna aguijada; avíos de labranza que utilizaría para cultivar los extensos sembradíos, durante las eternas mañanas de sol.

Al hacer camino, los inesperados salpicones del carromato sorprendían a su fiel cánido, que se adelantaba al paso de su amo, avanzando por la legamosa senda, cruzándose entre los cornijones de la sufrida bestia de albarda.

El solípedo, un longevo ejemplar de color ceniciento, y de no más de metro y medio de altura, rebuznaba gemebundo cada vez que el zanguango le azuzaba con desprecio los costillares. El podenco, un ejemplar de cabeza redonda, orejas tiesas, pelo pasaderamente largo, y cola enroscada ladraba con furia, cada vez que oía roznar al asno.

De este modo, tras recorrer buena parte de la trocha que conducía hasta la heredad, al llegar a la altura del atajadero, el cual se encontraba alzado, el muchacho observó que en el lado derecho de la acequia, atrapados entre unos verdes juncos, había unos ropajes sobre una mimbreada cesta. Así, mientras embelesado fijaba su mirada sobre el aparente fardo, un inconsolable vagido sorprendió y conmovió su zafio espíritu. Repentinamente, descendió del carromato y recogió a la criatura, que sollozaba con inusitado ímpetu(…)

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