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LOS ELEFANTES NO PUEDEN JUGAR AL TENIS

Meria Albari (Antonio Tortosa Sánchez)

ESPAÑA



Entre el momento supremo de nacer y el no menos supremo de la muerte, tenemos el periodo existencial de un mamífero inteligente. Dicho de esta manera tan general abarcaríamos a todos los mamíferos, pertenezcan  bien a la especie humana o a cualquiera  de las otras especies a las que la ciencia, oficial u oficiosa, le atribuye un atisbo de inteligencia. No entro a valorar cuanta inteligencia, de que tipo, ni cuales son las especies. Esto es algo que no me importa, ni viene al caso. Me quedo con la especie humana a la que se le ha atribuido una inteligencia superior. Se me podrá criticar que son inteligencias distintas, que no tienen comparación. Tampoco es la cuestión. Hablo de inteligencia a secas y en este sentido los humanos nos hemos apropiado de la "más inteligente".

Pero me estoy desviando del tema en cuestión que era "el periodo existencial que va del nacer al morir.

Se ha escrito mucho y bien -yo soy un profano en la materia- sobre el existencialismo -Sastre, Kierkegard, etc.-. En los sótanos de Saint Germain,  se le rindió culto hasta la exageración, -yo adoré durante un tiempo a una de sus diosas/musa, Juliette Grecó -posiblemente esté mal escrito-; de toda esta teoría, religión para algunos, se hizo una forma de vivir, de enfrentarse al mundo que nos rodea totalmente opuesta al "vitalismo" que defendían otros. Tenían, incluso, su enfermedad: la Angustia Vital; el Romanticismo puso de moda la Tuberculosis. Ambos utilizaron el suicidio a  "larga manu". Llama la atención, en ambos casos, que ni los defensores ni los detractores han podido definir con precisión en que consistía su pensamiento. Tenemos magníficos ensayos que intentan aclararnos,  acercarnos, a su filosofía pero  solamente hacen -por lo menos a mi- que liarnos. A este embrollo tenemos que añadir lo superficial: la moda  que se inventaron algunos para justificar algunas actitudes, sin dar demasiadas explicaciones, y que en la mayoría de los casos encerraban posturas cobardes. ¡Ojo! No estoy diciendo que los existencialistas o los vitalistas sean unos cobardes  a la  hora  de enfrentarse con la vida. ¡Ni mucho menos! Llamo cobardes a los creadores y vendedores de esa moda "a lo existencialista" y, por ende, a  los creadores de la moda "vitalista".

Ese intérvalo de tiempo, cada cual tiene derecho enfrentarlo como quiera; tendrá distintas connotaciones dependiendo de muchas variantes: religión, cultura, educación, país de nacimiento, clase social... la lista es interminable. Cualquier postura tomada en libertad,  y desde el respeto de la libertad de los demás, es válida y será acertada para el sujeto que la adopte; lo que no quiere decir  que necesariamente sea cierta sino que es cierta para "él" y sólo para "él". Si rectifica o no, es harina de otro costal y, de todas maneras, es igualmente lícito cambiar de opinión en un momento determinado.

Así pues existencia, que no es lo mismo que vida, conlleva la adopción de una serie de posturas  la mayoría de las veces impuestas por esa minoría  que se ha creído con el derecho divino de dar unas reglas -de cualquier tipo-; no se me interprete mal, la especie humana como ente social necesita de una reglamentación para poder  convivir. Somos lo suficientemente cafres como para matar a  nuestros propios hijos. Somos los mayores depredadores de este planeta tierra. Por eso son necesarias estas reglas. Yo sólo crítico a esa minoría que se cree con el poder absoluto y en posesión de la verdad absoluta, sean lideres políticos, religiosos o demás raleas.

La elección, en libertad, de determinadas actitudes nos hará adoptar una u otra postura.

La manera como entramos en este tiempo vital es algo que no depende de nosotros, que no controlamos -si fuera así, más de uno se negaría a en redondo a salir fuera- ; el acto, el maravilloso acto, de cómo nos iniciamos, de cómo empezamos a ser  y desde que momento -me importa un bledo la doctrina oficial- es algo que nada tiene que ver con teorías filosóficas, religiosas, morales, etc. Es el "acto" por excelencia, la ternura hecha deseo.

 La forma en que terminemos este recorrido, lo elijamos o no, cualquiera que sea nuestra edad -me refiero a las edades en que se tiene capacidad de elección-, siempre estará condicionada por ese vivir y/o existir  en sociedad -dijimos que el ser humano era un ser social-; este intérvalo, grande o pequeño, tendremos que cuidarlo y mimarlo, enriquecerlo y no permitir que nadie, sea quien sea, nos lo adultere. Si no tuvimos la libertad de entrar en él, tengamos, al menos,  la libertad de pasearnos por él como queramos. Seamos celosos, ¡muy celosos!,  de esta libertad.

Vemos, pues, que vida y existencia no es lo mismo. No, no estoy haciendo un juego de palabras fácil, esto es algo tan obvio que ahondar en el tema es, cuánto menos, una ofensa a la inteligencia del lector.

El talante con que enfrentemos este paso también  será diverso.

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II)

 

Yo soy una persona optimista por naturaleza; necesito, como buen mediterráneo, de la luz, del olor a mar, del fuego y, como hijo adoptivo de Almería, del silencio majestuoso del desierto. Esa necesidad lumínica, -el blanco y añil de las casas de los pescadores-, no quita para que sea un amante, en todos los sentidos, de la noche. El fuego cuando mejor se disfruta de él  es en la playa rindiéndole pleitesía a la luna: la celeste y las terrenales. El solsticio de verano lo bautizaron ya que no pudieron quitarlo y sus frutos, benditos frutos, anunciaran la primavera siguiente.

Pero también comparto, por mis venas andalusíes deben de correr algunas gotas de sangre arábiga -ocho siglos de dominación son muchos siglos-, un cierto sentido fatalista.

No existe contradicción entre este optimismo que decía antes y este fatalismo de ahora. En todo caso una mala utilización del término "fatalista", pero la verdad es que no encuentro otro más apropiado para lo que quiero decir. Hay en mi una cierta tendencia a no preocuparme demasiado de las cosas perecederas, de las cosas materiales.

 "Lo que tenga que suceder sucederá" tampoco es "conformismo" puesto que, si veo un rayo de esperanza, intentaré con todas mis fuerzas modificar el resultado. Es algo a caballo entre las dos cosas. Se que es difícil de comprender. Es una de mis múltiples contradicciones.

La postura, totalmente respetada aunque no compartida, de aquellos que a "este paseo nuestro" lo enfrentan como un obstáculo continuo, como un acumulo de sinsabores, como un inmenso agujero negro es algo que no encaja con mi manera de ser, ni siquiera con mi parte "fatalista".

No estamos hablando de una persona que siente placer  con el dolor, con ser humillada o maltratada para experimentar un goce sexual. No estamos hablando de sexo, ni de la importancia de éste en nuestras vidas que es mucha. Hablamos de actitudes.

Yo diría que junto a una marcado "fatalismo", que no es lo mismo que pesimismo puesto que el pesimista si tiene capacidad de reacción,  convive  con una actitud "acomodaticia", engañosa y egoísta. Es decir, vendo esta imagen, para que me dejen tranquilo y hacer lo que me venga en gana.

No deja de ser mi opinión, hecha, como dije al principio, desde el respeto mas profundo de todas las opiniones cualesquiera que sean éstas.

Y por cierto, los elefantes  no pueden jugar al tenis.

Este artículo tiene © del autor.

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