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CRONICAS DE LA INQUISICION ESPAÑOLA

La traición del calificador

Valentín Justel Tejedor

España



Aquel martes de Enero el río Tajo refulgía con una intensidad inusual, casi sobrenatural. Su lámina de plata circuía la ciudad, como una falce acerada y corva. Las murallas, torres y minaretes se recortaban con procacidad, en el diáfano mediodía toledano. En el laberíntico entramado que formaban calles, pasajes y travesías, había una vivienda situada en la calle Santa Ana, muy próxima a los abruptos desfiladeros y peñascos, desde donde se podían otear, los días claros, las barriadas más alejadas de Toledo, como el arrabal de Santa Bárbara. En esta vivienda habitaba un singular personaje, que en círculos muy reducidos era conocida con el hipocorístico de "La Satana", aunque su verdadero nombre era Bernarda Osuna Minglanilla. Esta mujer de carácter ciertamente enigmático, y que frisaba la cincuentena, atendía a enfermos desahuciados por los doctos galenos, que acudían a ella en el más estricto secreto.

Las gentes decían que practicaba actos heréticos, bisbiseando expletivamente, los ensalmos y conjuros dictados por el Angel de las Tinieblas, mientras imponía sus manos untadas en aceites benzoicos.

La casa donde habitaba era extremadamente sencilla y paupérrima. El umbral estaba separado del exterior por un alistonado portón de madera, y un rancio cortinaje de albardín. En el interior, la vista no se extraviaba al contemplar el exiguo moblaje, formado por un viejo brasero, con rusientes carbones y ascuas; una lignaria mesa con tapete orbicular cinabrio, sobre el que se alzaba un lampadario con varias velas consumidas, que rezumaban cera incandescente; tres banquetas desvencijadas, una carcomida poltrona, y una gran alacena donde guardaba bajo llave, algunos ejemplares antiguos de magia y hechicería, componían el mísero ajuar doméstico.

Desde la estancia en penumbra, a través de un tosco ventanuco se vislumbraba un corralón con una sucia buzonera, el cual, estaba delimitado por un tapiado perímetro de ennegrecidos muros. Una parca techumbre de cañizo y tarugos cubría la lóbrega vivienda.

Paradójicamente, el Santo Oficio no había recibido ninguna delación, denunciando las malas prácticas que se venían ejerciendo en esta casa maldita, aunque sabido era en la barriada, que la demológica mujer profesaba la brujería y la nigromancia.

En aquellos días, un calificador perteneciente al Tribunal Inquisitorial con sede en Toledo, aquejado de una grave enfermedad, decidió acudir a la casa de la ensalmera aconsejado por un allegado, con la finalidad de sanar sus atroces males. Una vez en el siniestro lugar, el clérigo confuso por la celajosa atmósfera de penumbra y misterio (…)

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