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Yolanda

Yolanda duerme en un asiento de autobús; el autobús en un cementerio de autobuses

Carlos Reyes Lima

Venezuela



Yolanda asumió su andar encorvado, la joroba de la vejez. Cada rincón la marca, cada centímetro de cada escondrijo de cada vestigio de memoria. Le gusta el sonido del viento en las ventanas.

YOLANDA.

Yolanda duerme en un asiento de autobús; el autobús en un cementerio de autobuses; el cementerio en un barrio; el barrio en una ciudad como Caracas. Es su casa un aparato destartalado, goteras y vidrios rotos, fieros agujerados por el óxido. Ella solitaria, convive con los objetos de toda la vida. Calienta el café en el tablero olvidado, cuelga ropa en el pasa manos, único inventario de piezas: dos vestidos y la cobija roja, roída por el frío de las madrugadas. Objetos cotidianos míseros.
Yolanda asumió su andar encorvado, la joroba de la vejez. Cada rincón la marca, cada centímetro de cada escondrijo de cada vestigio de memoria. Le gusta el sonido del viento en las ventanas. De las murmuraciones de cada asiento roto, del techo envejecido.
Los mecánicos la ven pasar. Son capaces de pedirle un café y pagarle por el servicio. Ella solo tiene un hijo mocho de las dos piernas, mecánico, el mejor. Su habilidad para estar debajo de los carros sin gato, sin apoyo, no la supera nadie, su minusvalía física lo hace el campeón. Yolanda está orgullosa de su hijo, lo consiente, pero no viven juntos, cansados de verse las caras día tras día. De sentirse tristes, llenos de rencores en los días de limosnas. Hartos. Se cansaron de caminar por Caracas, el sobre la espalda encorvada de ella. Hasta adolescente cargó ese bulto sobre sus hombros, postergación del embarazo, prolongación de 16 años de cargar a su hijo. Hasta el día que una señora rica le regaló la silla de ruedas, en ruinas, pero el hijo, buen mecánico el re- construyó.
Yolanda pasa los días caminando por Caracas, su vestido de flores que imitan una naturaleza muerta, un mantel que camina. Sus sentimientos no saben de ternuras, fue en aquella oportunidad, cuando buscaba tomates podridos en el mercado, ella débil se supo defender, tomó un pedazo de madera y golpeó a un niño, y luego otro hasta caer agotada, mojada y todos esos niños piojosos, lacerados, miserables, le quitaron los tomates y se los tiraron al vestido de flores y verduras, tristes manchas de nueva sangre. Desde ese día cojea, ni un milímetro de sonrisa, ni un centímetro de caricias.
Las noches son largas para Yolanda, los bares del centro de Caracas son su guarida. Allí escucha a los ciegos murmurar sus cuentas. Multiplicando haberes, contando ganancias del día, pagando en odiosa actitud al lazarillo los céntimos de sobra. Los ciegos tienen vista de malicia; la mirada del ultrajado, las ironías de la pobreza; del poseedor de una dificultad, el arma no clara de la lástima y la actuación. El sabio limonero sabe de lucrativos aspectos. Un niño mira a Yolanda, se ven, se tocan con la mirada. El niño le quita el dinero al ciego y se los da a Yolanda que corre. Los ciegos, se presienten, se miran, le temen, son capaces de golpearla con el bastón. Los lazarillos se unen a ella, huyen en el anonimato de pasos. Reparten el botín de la miseria.
La noche es lenta, queda el burdel. Las putas paseándose desnudas de un extremo a otro del local pintado de rosado aceitoso. La fichera gorda. Los hombres buscando con placer y orgullo la vagina colectiva. El olor a desinfectante de piso, las putas bañadas en Lavande Clepatre escondiendo la humedad de sus sexos. Yolanda pide plata, limosna de sortilegio. Las prostitutas dan dinero por suerte. La vieja sale con dinero, sé lo guarda en su seno.
El camino es largo. Deambular por la autopista, los carros pasan veloces. El túnel iluminado de punta a punta, y ella caminando sola a merced de cien mil ruidos, de veloces luces rojas, amarillas y la lluvia allí, para penetrar los huesos, para cargar la vejez como un hijo sobre sus espaldas.
La casa. Los perros ladran, saludan con sus colas en trapecio. La cerilla y la vela en su sitio. No hay boletos de ida y vuelta para entrar en la madurez, en la vejez. No hay alcohol. Los vecinos de siempre: el muchacho con la lata de pega, la muchachita extraviada ayer, hoy con hogar permanente, indiferente unos a otros. Disparos y sirenas en el barrio.
Su autobús, su escondite sin ruedas. Su casa ambulante. Se levanta la falda con el frío de la madrugada, se acurruca debajo del asiento y se cubre el cuerpo con la cobija roja. No puede dormir, dormita en una media vela, evade el sueño compañero de la muerte. El frío, el hambre, el sonido de mil desesperados se reproduce en la acústica oxidada de su casa.
Yolanda se viste con su traje nuevo de telaraña. Blanco puro, manchado en algún trajín de despedidas, ajado, maltratado, marcado por manchas largas, simétricas.
Pasmosamente se baja del autobús, lentamente sin apuros pisa cada peldaño, avanzando en cámara lenta a su despedida. Debajo del autobús escarba la tierra, la rompe a pedazos, escruta entre sus manos el barro. Allí está el pañuelo con monedas, un pequeño sarcófago que ilumina a los difuntos, los objetos de siempre, los dientes, la dentadura, la montura de los lentes, el mecate... Alista su única pertenecía en la tierra, hace un paquete, las amarra con fuerza. Toma la botella de la vejez compartida.
Sale a la calle, es amanecer, la luz se confunde con la lluvia menuda que baña la calle. Silenciosos peatones se detienen en las esquinas. La plaza está sola. Ella en medio del sortilegio y el nacimiento del día.
Yolanda coloca sus recuerdos en círculo. El velo en la cara, paralela a la iglesia, en línea recta al santo que llora. Viste el piso con la cobija roja. Se acuesta en el medio de la plaza, inmóvil parece una estatua más. Sola en la esquina, muerta.
Los transeúntes pasan, presienten la muerte, se detienen a intervalos. Las viejas españolas se le acercan, respiran frío de muerte, lloran el destino de la vida. Miran y no tocan. Temor, aseo y hasta miseria en sus caras. Los perros lamen el cuerpo. Alguna abeja desprevenida se posa sobre el cuerpo dulce.
Llega la policía. Los médicos con batas blancas y guantes de goma la levantan. La tiran en el camión cava. El sonido seco, vacío va a chocar contra el limpia botas, toma la botella, el sarcófago, los dientes y sale a limpiar otro zapato.

carlosreyeslima@yahoo.es

Este artículo tiene © del autor.

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