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GUMERSINDO.

... y con está última carta me despido de la vida, yo que descubrí el secreto de Dios. Yo que mire más allá de la apariencia de los hombres y que descubrí...

Carlos Reyes Lima

Venezuela



“Esta carta redactada en un apuro existencial poético alucinado, es la prueba que el ciudadano Arnaldo Del Valle Faraco se suicidó

GUMERSINDO.
... y con está última carta me despido de la vida, yo que descubrí el secreto de Dios. Yo que mire más allá de la apariencia de los hombres y que descubrí...
Por los siglos de los siglos. Amén”.
“Esta carta redactada en un apuro existencial poético alucinado, es la prueba que el ciudadano Arnaldo Del Valle Faraco se suicidó, la carta en cuestión fue encontrada en la última pagina de un cuaderno con rastros de sangre que coinciden con la del cadáver hallado sentado en el escritorio de madera, ubicado a la derecha de una ventana sin cortinas, con gotas de sangre en los cristales. En el apartamento se nota un descuido enorme, negativos de fotografías y carpetas se confunden en el piso, también hay una cantidad no exacta de rollos de fotografías sin revelar. Una sombra de polvo delata el sitio donde se presume estaba el objeto con que el mencionado ciudadano se suicidó, objeto punzo- penetrante. Se sospecha que fue un bisturí quirúrgico, no encontrado en la escena del crimen.
El cadáver fue localizado a las 9 de la mañana del día 16-5-49 y se presume su muerte el día 13 del corriente mes. En horas de la noche. Se encontró las huellas de un gato sobre el charco de sangre y la carta transcrita con una mancha de sangre que hace imposible leer el último párrafo”. El Inspector de Guardia.
Gumersindo se sintió atraído por el escueto informe que en sus manos había caído, sin mayores detalles, solo una fecha 13 de Mayo 1949, justo el día de su nacimiento, motivo por el cual el sargento retirado comenzó su investigación privada, buscó en los archivos, en el depósito y en un rincón olvidado, en el último estante, al final del galpón, casi al borde del desecho, entre chuzos relegados: Chuzos caneros, chuzos de paseo, chuzos macheteros, mini chuzos, todo el arsenal de un reo, toda la defensa y la agresividad de la cárcel en un pedazo de hierro con filo; armas escuetas, joyas de coleccionistas. Expedientes roídos con números sin sentido, fotos en blanco y negro, amarillentas en sus bordes, y las imágenes de charcos y charcos de sangre, donde los fotógrafos-reporteros escudriñaban algún don estético de la muerte. Hombres muertos hace muchos años. Reconstruyendo muertes, escritos sin mayores pretensiones, registros de casas que hay que registrar, pretextos para justificar las muertes. Allí sin luz, en el último escondrijo, casi misterioso el expediente de Arnaldo Del Valle Fadaraco en una carpeta mohosa y una bolsa negra con rollos de fotografía sin revelar y una cámara de fotografía muy antigua de mecanismo muy singular, extraño diseño, de fabricación casera, construida con materiales de diferentes densidades, todos pintados de negro a pincel. Tomó la cámara, la limpió de tanto polvo. Intentó disparar, la cámara respondió con un clip largo. Al enfocar sobre los objetos, estos adquirían una coloración especial, una especie de velo, de sobre imagen. Esto lo impresionó y alimentó su curiosidad de policía. El lente con una combinación de óptica entre casera y profesional difuminaba la imagen. Sin ninguna explicación aparente los rollos tenían una escrupulosa numeración del 1 al infinito y una tarjeta del difunto con su dirección. Y la foto sin rostro. Un personaje que parece dormir sobre su sangre. El blanco y negro de la foto casi amarillo por los años. Supuso e hizo bien en pensar que el de la foto era el finado, Arnaldo.
Gumersindo reveló las fotos. Se dirigió tarjeta en mano a la dirección, una corazonada, una esperanza de encontrar el Edificio El Ávila, piso 2. Oficina 3, en la Avenida Lecuna, después de tantos años. Lo movía la duda y la contra duda; los años, la distancia de la muerte. Algo lo atraía, el caso no era un cangrejo, no era un caso para dar entrevistas en televisión, ni siquiera ejemplo de los talleres que dictaba en la Academia de policía. No había elementos para hacer una novela, ni un cuento. Era el horóscopo que se mezclaba en su necesidad de investigar: el mismo día que Gumersindo nacía, Arnaldo moría con el mismo instrumento: el bisturí, bueno para la cesárea, bueno para cortarse el cuello. En el fondo, esa era la razón, su último caso antes de la jubilación prematura. Lo marcaba que el suicidio había ocurrido el día de su nacimiento y por aproximación a la misma hora.
En la Avenida Lecuna hoy convertida en cementerio de viejos edificios, casas y talleres demolidos por el avance del Metro, del progreso, pero en una esquina el edificio de dos pisos, El Ávila solitario ante el desierto de escombros, de grandes bloques, de tanto polvo. La puerta del edificio estaba forzada, se podía entrar sin pedir permiso, un niño de la calle dormía en el zaguán. La oscuridad y la luz se hacían una en el pasillo. Llegó ante la puerta mohosa y envejecida marcada con el número 3. Gumersindo sintió que el corazón le latía, que allí detrás de la puerta el tiempo no había pasado.
Empujó la puerta con angustia, cedió sin violencia. En el apartamento todo estaba como el día del suicidio, todo tenía la misma disposición de 56 años atrás, el escritorio frente a la ventana, una fotografía muy vieja de un abuelo, muchas tarjetas de presentación, una caja de luces con negativos de una boda. El olor penetrante del ácido acético lo mareó por un instante, el vaho le picaba la garganta. El olor a vinagre acumulado por años no lo dejaba respirar. Intentó abrir las ventanas, el viento trajo otros sabores. Cerró la ventana con violencia, la luz y el olor del ácido fijador de la película podían desvanecer la evidencia, la magia del lugar. Se sintió impresionado, aturdido, reflexionaba en voz alta: cómo había sido posible la conservación del escenario del suicidio tan bien, tantos años y todo estaba igual. Descubría ante sus ojos un tesoro arqueológico y como quien busca señales de identidad se dio a la tarea de revisar cada cajón, cada rincón del apartamento.
Encontró un cuaderno con la misma letra de la carta hallada frente al cadáver del fotógrafo, leyó la primera frase... “la interpretación exacta de esos colores podía también estar en relación directa con el alma”. La última página tenía una gran mancha de sangre. Dejó el cuaderno impresionado, encontró mucho más rollos en orden simétrico, sin referencias escritas. Solo una especie de jeroglíficos trazados con un lápiz fino.
Encontró una vela, ya casi era noche. La llama azul de la vela lo ayudó a descubrir rincones, colores. El ir y venir de la llama lo guiaba en su búsqueda.
Del bolsillo del flux sacó las fotos reveladas, ahora descubría bajo la luz azul de la vela que en ellas no estaba la realidad tangente, sino una especie de visión interior de los personajes, de los paisajes, de las calles, de las texturas. Las fotos tenían una calma interior, una triste mirada mística; pero el almacenamiento las había desgastado, el descuido mostraba en los bordes un velo mágico, o una nueva manera de observar la realidad. En una hoja suelta del cuaderno intuyo descubrir el halo de las fotos “... todos los seres poseen una especie de manto, de fuerza interior que los marca, un estigma de vida, esa proyección es comúnmente conocida como el AURA, de ella se desprende el futuro, el pasado y el presente, en mis observaciones he sentido como un hombre que va a morir desprende una luz especial. Los amantes están cubiertos de un rojo intenso antes del acto carnal y luego esa misma luz se transforma en luz blanca casi perfecta. En los ladrones sus intenciones se notan por un reflejo casi violeta...”
Este juego de alquimia fascinaba al policía, en ello había algo de criminal, de archivo de vida, ese era el instrumento psicológico que desnudaba a las personas, mostraba sus adentros. Comprobándose las dobles intenciones de las gentes, tarea más de los Dioses que de seres humanos.
La foto de un perro famélico, hambriento, tenía según dicha teoría “alma”, el color que desprendían sus huesos estaba signado por un rosado pálido. Gumersindo quedó desnudo ante una realidad no-pensada. Tan descabelladas reflexiones sin motivos de ser comprobadas – verificadas - analizadas científicamente, o eran producto de un loco o de un brillante genio que debajo de la superficie había comprobado las verdades no develadas al ojo humano de los objetos, de los sujetos, cosas que no se pueden ocultar. Crear un instrumento de este tipo equivaldría en efectividad al detector de mentiras, pero no partiendo de las palabras, sino de los códigos del alma.
Salió a la calle con la oscuridad, las sombras delataban en cada rincón un escombro, un cementerio de edificios fantasmas, siluetas que escurridizas se esconden detrás de cada ladrillo, de cada parte de lo que ayer fue una casa, una esperanza. Una cuadra muerta de susto ante su propia muerte, un pueblo fantasma, un sitio sin paredes de memoria. Gumersindo apuró el paso al ritmo del aviso de lata de la barbería que bailoteaba con el viento, percusión de ánimos, repiques rápidos. La música se fue con él hasta que se perdió en las ruinas de su propio pensamiento.
En su casa bajo el cobijo de un café, observó una foto de las mujeres de la mala vida, las putas rodeadas de miseria, con niños en los brazos, en pose de descuido, sin alimentos, la foto dejaba ver en una percepción metafísica la muerte del niño. Código erótico en las poses aprendidas de las mujeres, tono verde en el vientre.
... Y aún en el sueño no dejó de ir, de regresar al estudio. Religiosamente se sentaba y lo dominaba la necesidad de ser Arnaldo, el fotógrafo.
Era viajero también el fotógrafo. Descubrió una secuencia fotográfica de la muerte. Una niña en brazos de su madre; un caballo sangrando al pie de la madre y la muerta. La niña no-tenía contornos; la madre estaba halada por una luz roja. En secuencia, la madre busca a su hija muerta, lloraba de rodillas sobre el cadáver, el jinete con su pistola ajusticiaba al animal. El caballo caía a los pies de madre y difunta.
Todo aquello le infundada terror, le dejaba por horas sentado en la reflexión más absoluta, su mirada se estacionaba sin sentido de un lugar a otro. Él había observado a las personas desde su exterior, no desde su espíritu. Aquel descubrimiento lo llenó de regocijo: él ya no estaba solo contra el mundo, un suicida tenía las mismas preocupaciones de él, y desde ese día quedó atrapado en la cámara de lecturas del alma.
También tomó fotos con igual meticulosidad, las clasificaba en números romanos, nunca las revelaba, solo iba a parar a la segunda gaveta del escritorio.
Las fotos familiares, los momentos del crecimiento de los hijos se convirtieron en necesario motivo de su lente. Las imágenes latentes en el negativo le conferían una doble revelación. El sujeto y objeto visto por la cámara era la verdadera proyección de los sentimientos.
Regresó día a día al pequeño estudio del fotógrafo, del difunto. Descubrió más piezas del rompecabezas, fotos con detalles diversos, una en particular mostraba al fotógrafo, un autorretrato: el fotógrafo desnudo a su alrededor un halo amarillo, lo curioso era que el paisaje no se definía, no había época precisa, no había elementos de comparación, no había paisaje social que definiera la época de la foto, ni siquiera el sitio exacto, podía ser él, pensó.
En un lugar oculto del escritorio había una foto vieja de una primera comunión, al fondo un niño corre para robar cámara, o colocarse en la posición adecuada, es solo un celaje en movimiento. Los sujetos del primer plano, los colocados en su posición, están definidos. Subrayado sobre la foto, el fotógrafo escribió sobre el celaje “ese soy yo haciendo la primera comunión, pero como soy huérfano no salí en la foto”... “desde ese día soy fotógrafo”... “para cobrar la orfandad”... Gumersindo imaginaba al fotógrafo que oficiaba en las noches su misa de venganza hacia la sociedad. En el cuarto oscuro, con una luz roja, con la posibilidad de cambiar las sombras, acudía a un acto de sortilegio, de doble provocación, de doble lectura del alma. El difunto había quedado como testigo anónimo de un acto de fe. Por ello fue toda la vida fotógrafo, por ello juzgó necesario adueñarse de la vida con una cámara fotográfica, su odio viene desde la primera ostia.
Gumersindo confundió su vida con la del suicida, él llego a pensarse otra persona, él se desdobló como un actor ante sí, se miró de reojo en un espejo, apuntó la cámara y no comprobó su imagen real, sino la proyección invertida de su verdadera personalidad, de su verdadero ser.
Cuando aquella mañana los sonidos de destrucción llegaban hasta el segundo piso, algo caía. Decidió escribir un libro sobre Dios y el alma, comenzó a llenar un cuaderno. El bisturí ya cortaba su garganta, en un último acto de vida, cuando aún la sangre caliente salpicaba los cuadernos y las fotografías con el Aura de los demás. Escribió su última línea..."me he hecho un auto retrato...” La cámara disparaba una y otra vez en automático, imprimía otro acto de muerte como hace 53 años. Clip largo, exposición de luz correcta, y la cámara tomaba conciencia de su papel: prolongar la imagen de Gumersindo para la posteridad.
Dentro de su agonía escuchó un golpe seco, miles de puntos de luz entraron liberadores marcados por el polvo; la luz llena el ambiente. Una gran bola de hierro choca contra las paredes destruyendo el edificio de dos pisos de la Avenida Lecuna. Miles de escombros ruedan por la calle, rollos, carpetas, negativos. Todo el pasado, el repertorio de recuerdos guardados en las paredes del estudio. Y confirmó, casi cuando la pared lo sepultaba, que la memoria no cabe en un cuaderno. La cámara se precipitó de su trípode. Cerrada, hermética, silenciosa se destacaba entre los escombros.

CARLOS REYES LIMA.
carlosreyeslima@yahho.es

Este artículo tiene © del autor.

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