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INVENTARIO DEL BARRIO.

La historia se repite

Carlos Reyes Lima

España



INVENTARIO DEL BARRIO.

La historia se repite.
Ella detrás del mostrador muestra sus piernas de dama dorada; sus manos ágiles en eso de cobrar, de dar por medio cinco caramelos “vaca vieja; de adivinar el mandado, de olvidar el recado de tanto verla. Ella delante de la caja registradora. Observada desde el espejo del techo, colocado allí por el patrón para deleite de propios y extraños. Las bragas moradas, color atrayente para los fines propuestos de vender y exhibir la mercancía seca y los vinos nacionales, que el portugués vendía a diario en el Abasto 19 de abril.
Todos pasábamos la tarde mirando como quién no mira por el espejo el reflejo de la muchacha. Todos habíamos estado más de una noche con aquella lusitana de pantaletitas moradas, pero nuestra edad no nos permitía ser más que curiosos del sexo, advenedizos del amor. Soñadores con eyaculaciones precoses.
El portugués compró una mañana un equipo para hacer pesas. Dejó la ventana abierta de su apartamento, todos nos dimos a la tarea desde el tercer piso, en el apartamento de Manolo, de ver a la diosa de las piernas blancas salir en dormilona, con el color de la piel más blanco que de costumbre, a levantar pesas. De alguna parte, sin esperar salió un monóculo que algún padre utilizó para mirar espectáculos. Desde ese día fuimos todos profesionales del mirar, del husmear en el firmamento de ventanas y cuartos de amor, nuestra verdadera escuela de sexo nacía.
En el abasto la portuguesa quedó para el recuerdo húmedo. Ella presentía su baja de popularidad, se torno fría, arrisca. De sus bragas moradas paso a un sencillo y recatado rosado, la falda no subía como antes. Toda ella queda en el recuerdo infantil del amor. Ahora éramos hombres con instrumentos de precisión.
Miguel llegó una tarde con el último invento del mercado: “novedad” decía la caja amarilla. “Lentes infrarrojos para radiografiar detrás de la ropa”. La propaganda anunciaba que solo con esos lentes se podía mirar por debajo de la ropa, en la ilustración de la caja un hombre miraba a una mujer y esta se veía proyectada desnuda, casi desnuda. Los anteojos podían desnudar a las personas sin necesidad de estar pasando frío en las azoteas. Las expectativas eran demasiadas para esperar al otro día para probar tan maravilloso instrumento; ya de noche no funcionó, ni nuestra ropa interior se podía ver. Al día siguiente, al salir a la calle, Miguel probó el aparato y dijo ver todo. Cada uno de nosotros realizó lo propio, cada cual imaginaba ver los cuerpos desnudos, las piernas y hasta las curvas de alguna mesonera. Las narraciones de los cuerpos, el color de las pantaletas, el seno amplio de la gorda de la esquina. Nuestra curiosidad llegaba hasta el límite de las hermanas de nuestros amigos, de sus familiares cercanos. Era ley no ver con los anteojos a las madres, sería una falta de respeto total. Lo curioso era que la misma mujer al ser observada nunca coincidía con los criterios de belleza de cada espectador, cada cual tenia su color, su forma y hasta su imaginación para inventar proporciones sexuales, nunca antes vistas. A partir de allí nuestro grupo se dividió, cada cual asumió una teoría sobre el sexo. Los más intrépidos acudían a la casa de la hija del mecánico con la sola intención de ver el pequeño busto de la morena, de comprobar que el sexo femenino es maravilloso. Otros nos colábamos en el cine popular para ver alguna película de besos, de caricias y de trajes ceñidos a la piel que mostraban algún encanto natural. Del cine pasamos a las revistas horrendamente pornográficas, que no podíamos comprar, pero si ver, leer y hasta robar de la biblioteca de los hermanos.
El sexo se transformó en una Biblia de experiencias, de entrar en otras edades más llenas de calor humano.
Un día Pablo, que siempre se mostró alejado de nuestras tertulias de pro- hombres, llegó con la noticia de que sus padres también hacían el amor; los había visto una mañana de domingo por entre la puerta, por la abertura que solo mostraba lo parcial del hecho. Su padre sobre su madre, su madre gimiendo, sus cuerpos desnudos, ovillados. Él fuerte como un oso sobre ella, ella debajo aguantando todo el peso. Descubrimiento familiar que nos llenó de angustias, de sonidos, de vigilias.

Pablo murió de alguna enfermedad extraña, de alguna nostalgia infantil, murió y en nuestras conciencias de niños nació un sentimiento de culpa alimentado por el Padre Santiago, a todos nos hizo llorar las palabras del Padre desde el pulpito. Él cantaba con la voz más horrenda del universo, y en trance litúrgico invocaba la amistad de todos los compañeros, exclamaba con el boletín en la mano “lo inteligente que era el difunto”. “Lo grande que era Dios para acoger las inocentes almas de los niños en el limbo. El finado estará más cerca de la virgen, que siendo mujer sabría darle todos los cariños de una mujer-madre”. Allí descubrimos que en el cielo también hay sexo, que todos contra todos podían elaborar un manual de amor, un manual celestial del amor. Nos llenó de preguntas, de múltiples conjeturas sobre el sexo de Dios, nadie, ni el cura nos dio respuestas a tales preguntas. Teníamos nostalgia por Pablo, él había muerto sin hacer el amor, sin probar aquello que era lo más divino del mundo, todos juramos que antes de morir nuestro último deseo era hacer el amor en nuestro lecho de muerte.
En una excursión al Ávila, Miguel se perdió con Carolina, ellos dos simpatizaban, ellos dos se enamoraron, se besaron como en las películas. Ella apenada sangró, se colocó el abrigo de sobrefalda y la maestra la tomó en sus brazos y se la llevó al baño. Era terrible la cara de Miguel, su acto de amor se transformó en otra cosa, él no sabía que hacer, también lloró. Todos nos miramos a la cara, algo había cambiado para nuestro grupo cómplices del amor.
Ahora sé que Miguel es policía. A Manolo lo vi desde lejos, se casó con Carolina y están esperando otro bebé.
Todos nosotros descubrimos el sexo en la lusitana de bragas moradas, de piernas blancas. Y aún estoy esperando la respuesta del sexo de Dios, de lo bueno que sería saber sobre el cielo y si Pablo siente en el limbo la misma pasión que aquí en la tierra cuando se hace el amor. Y aún me acuesto asustado esperando que mis hijas me descubran por la rendija de la puerta cuando le hago el amor a mi Ana.

Carlos Reyes Lima
carlosreyeslima@yahoo.es

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