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EL AUTOBÚS AZUL.

Las parejas nunca se encuentran por azar, son una especie de calidoscopio de emociones y atracciones.

Carlos Reyes Lima

España



Cuento sobre los autobuses que pasan y dejan siempre pasajeros. Para eso sirven para llevar nuestras miserias.

EL AUTOBÚS AZUL.

Cuarenta páginas leo y son un gran desierto. Las parejas nunca se encuentran por azar, son una especie de calidoscopio de emociones y atracciones. Cantan algunas canciones tímidamente mortuorias, cargadas por un pasado glorioso o triste, pero al final llegan con algo más que amor. Son como espadas que nunca pierden el filo; son cuchillos que pueden cortar en lo interior y no dejan huellas, solo rincones desiertos.
Se mudaron los colores, el azul pertenece al autobús que vi pasar luego de descubrir el mar violento de Macuto, que es decir mar Caribe. Habrá algo de sórdido, de no entendido en el bar de madrugada, en el eterno preguntón de cinco de la mañana: quiere la hora exacta para mirar el mar, o para contemplarse en cada botella de anís que bebe, pide la hora y alarga la noche.
La tetera suena esperando el café, o mejor el nescafé. Los recuerdos en los aromas.
En el primer amor, miraba las nubes pasar y pensaba que Karla también las veía, que la lluvia y yo éramos una comunión con los helechos que aplauden en el centro de la tierra, sus ramas chocaban entre sí, parecían cantar. Cuando las escuchamos, ella a miles de kilómetros de mi selva, comprendimos que el amor se tenía que construir de lluvias imaginadas, de cuerpos sudorosos, pensados, de aromas de helechos musicales. Y sobre todo de nostalgias compartidas.
Y luego la morena, la pelirroja, la hermosa, la mujer papagayo, la mujer madre, la mujer silencio, la mujer noche, la mujer larga, la mujer corta, la mujer de senos de catedrales, mi amor de Cabimbú, la mujer poesía, la india cobriza en los muslos, regada y anunciada, descubierta como los Dioses Incas, bebida como sacrificio humano.
Y luego ustedes, bautizadas como mujeres olas, como mujeres vegetales para el pretexto del recuerdo.
El cigarro recién se acaba. Abra que prender otro. La música también llega al silencio, ruidos anunciados se posan en lugar de las palabras.
Tengo que buscar ruidos en alguna parte.
Regreso de una caminata. Hormigas voladoras que anuncian la lluvia, se pasean desafiantes por la pantalla del computador. Una mariposa (según mi madre anuncia las cartas por llegar) para mi una suerte de colores, un cariño pálido de día jueves.
Afuera el frío y la violencia, adentro las ganas de comprarse una pistola para matar las ideas, el disparo deja cadáveres, la computadora no, todo se borra, no quedan cuerpos de papeles anunciando las ideas y las cartas que necesitamos para sobrevivir una noche más en Caracas.

Carlos Reyes Lima.

carlosreyeslima@yahoo.es

Este artículo tiene © del autor.

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